Sunday, June 24, 2018

La envidia se hace legítima II


REFLEXIONES LIBERTARIAS
Ricardo Valenzuela
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Dese finales de la segunda guerra mundial, prominentes teólogos y clérigos han expresado sus vociferosas preocupaciones, domesticas e internacionales, de la diferencia de ingresos y riqueza. Ante ello ha surgido un amplio consenso y sus abanderados van desde papas hasta fieros clérigos marxistas. Su argumento es que la justicia social requiere el que los ingresos sean substancialmente igualados, porque las diferencias reflejan explotación, opresión, discriminación, privilegios inmerecidos, y es urgente se lleve a cabo una agresiva redistribución a través de organizaciones políticas, como un deber cristiano. Estas opiniones son particularmente común, insistentes y estridentes en discusiones acerca de las diferencias económicas entre occidente y el Tercer Mundo, pero desde puntos de vista totalmente distorsionados.

El tema en gran parte de los documentos papales de los últimos cien años, son las diferencias económicas siempre descritas como fuente de situaciones que reflejan injusticias. De acuerdo con esos documentos, “las grandes diferencias económicas reflejan la perversión de esa desigualdad, y del estado natural que se debería esperar del hecho que Dios creo el mundo para toda la humanidad y al hombre a su imagen y semejanza. Pero todas esas diferencias provienen de la explotación y opresión del débil por el fuerte, incluyendo la negación de oportunidades para aquellos más débiles”. Ya la iglesia mostraba sus colores cuando otros papas, como Leon XIII, habían expresado su desprecio al capitalismo culpándolo de todos los males de la humanidad. Es cuando los papas van al combate contra quienes tienen las mejores armas intelectuales, pero ellos armados no con ideas firmes, sino con ocurrencias.

Uno de los últimos papas en el Segundo Concilio del Vaticano afirmaba: “Dios creo la tierra y todo lo que contiene para el uso de todos los seres humanos”. Luego citaba a san Ambrosio; “Tu no regalas tus posesiones al pobre. Lo que le estás entregando es de él. Porque ha sido dado para el uso común de todos los hombres y que tu te has arrogado. La tierra fue dada para todos y no solamente para los ricos”. Estos pasajes son reproducidos en posters y panfletos en muchas iglesias del mundo occidental y llevan clara dedicatoria refiriéndose al Tercer Mundo, repitiendo la tierra pertenece a todos, sin embargo, tres cuartas partes de ese “todos” no participan en la asignación.

Después de condenar la riqueza, a los ricos, terratenientes, especuladores, banqueros, culpándolos de todos los males de la tierra, proceden a expresar algunas pistas para la acción. Pero las sugerencias son contradictorias. Sin embargo, la dirección general es clara sobre estas líneas: “Los cristianos deben de hacer un esfuerzo para resolver la injusticia social, cultural y, especialmente, las diferencias económicas que, de acuerdo con el Papa, a veces le lloran al cielo. La acción individual es insuficiente para lidiar con estos problemas. Se requiere una acción colectiva y para que sea efectiva, debe ser política”. Pero una razón mas importante para que esta acción sea colectiva es que, en la opinión del Papa, los gobiernos siempre actúan para lograr el bien común. Aquí yo le recomendaría al Papa que, antes de expresar tal tontería, lea la obra con la que Buchanan ganó el premio Nobel de economía: “The Public Choice”, con la cual destruye ese mito del gobierno para el pueblo.       

El consenso clerical moderno endorsado, por el Papa, apoya y justifica la envidia y el resentimiento cuando le confieren legitimación moral y validez intelectual. Insistiendo en una redistribución manejada por organizaciones políticas dentro y entre los países, también provocan esos sentimientos. Muchos clérigos y académicos aparentemente con altos niveles de educación tradicionalmente han portado una actitud hostil hacia quienes se sumergen activamente en el proceso de creación de riqueza, y un desdén por sus resultados. Aparentemente no entienden que, para repartir, primero debe haber algo que repartir y es lo que hombres dedicados a crear valor y riqueza, llevan a cabo, no el gobierno compasivo que ellos describen.

Envidia y resentimiento son poderosos sentimientos que corroen el alma de quienes los clavan en su corazón. Lo que el Papa regularmente afirma, sirve para alentar uno de los siete pecados capitales. El despertar esos sentimientos es provocar conflictos y tensiones. De esta forma conflictos originándose en su politización o en otras influencias, se extienden, se intensifican para convertirse en fuerzas brutas. El temor de ser expuesto a la envidia y a sus consecuencias políticas y sociales, inhibe el comportamiento económico y detiene su marcha. La frase “la tierra pertenece a todos” epitomiza el empuje central de las afirmaciones del Papa para prender la mecha de la envidia, o algo peor. Este eslogan se ha convertido en un inflamatorio lamento de la propaganda contra el mundo occidental y contra la gente que trata de hacer bien las cosas. El mensaje es claro, “tres cuartas partes de la humanidad sufre de pobreza provocada por la voracidad y deshonestidad de los ricos y, especialmente, por la a dominación de instituciones financieras occidentales y compañías multinacionales”.

En 1979 se publicaba un boletín típico de este movimiento. El titulo era “La tierra pertenece a todos” y contiene una resolución de todos los obispos brasileños—que claman ser las voces de los que no tienen voces—afirmando que nada cambiaria en su país sin reformas fundamentales en los países avanzados donde se localizan los centros de dominación y capital privado. Insisten en que cambios radicales son requeridos en Occidente para establecer un nuevo orden económico internacional, subrayando luego, confiscaciones de riqueza en larga escala como restitución de supuestamente errores económicos pasados, son requeridas. Esas demandas políticas, ellos las describían como la esencia del mensaje de Cristo. Este evento también nos presenta claramente algo que ha sido la gran especialidad de la iglesia católica, provocar y reforzar los sentimientos de culpa como una forma de control. Los exponentes de las culpas rutinariamente se exculpan ellos mismos de sus acusaciones; ellos no dicen “mea culpa” tampoco “nostra culpa”, o vestra culpa. Porque acusaciones de culpa colectiva van de la mano con el declive de responsabilidad personal y el sentimiento de pecado.    

Cuando los católicos pensábamos la iglesia se había olvidado de las ideas de los escolásticos de Salamanca, aparecía una brillante luz en el océano de su confusión. Monseñor Bernard Bududira, obispo de Burundi en África, cimbraba a la iglesia con un inspirador artículo afirmando que es la cultura la que obstaculiza el progreso material: “El mejoramiento de la persona depende de el mismo, de sus actitudes mentales y, especialmente, en su actitud hacia el trabajo. La aceptación incuestionable de la naturaleza de sus inesperados cambios ha cubierto al tercer mundo, incluyendo África. El hombre se ve a si mismo no como quien hace historia sino sufriéndola. La vida ya está ordenada por el destino lo que priva a la gente para que desarrolle su potencial. La gente se convierte en pasiva, no activa, y es luego sofocada por la obligación del gran sistema familiar neutralizando la ambición, la creatividad y la imaginación. Su iniciativa es destruida por la dependencia de grupos triviales que no permiten la innovación y consideran los esfuerzos para el cambio y progreso como rebelión”.

La iglesia para reencontrar la verdad requiere una fuerza excepcional que rescate la fe y así renazca la esperanza de que esa verdad triunfará, pero no con la ayuda de clérigos modernos, sino con hombres como el Obispo Bududira.
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