Tuesday, April 10, 2018

Intervencionismo de Mises y Quesnay


REFLEXIONES LIBERTARIAS
Ricardo Valenzuela
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El socialismo ha estado perdiendo a sus adherentes que portan un pensamiento más lógico y profundo. Todas las investigaciones nos han demostrado cómo el socialismo es solo un impráctico quejido y ello ha tenido algún efecto, sobre todo, con sus fracasos experimentados en todo el mundo que han desconcertado a muchos de sus simpatizadores. Cada día crece más la idea de que una sociedad no puede prosperar sin propiedad privada y estado de derecho. Sin embargo, las agresiones que el sistema de propiedad privada de los medios de producción ha sufrido por mas de un siglo, han cimentado un prejuicio en contra del capitalismo que, a pesar del conocimiento y experiencia nos demuestra lo impracticable del socialismo, la gente se resiste para admitir abiertamente que se debe retornar a las bases liberales especialmente en temas de propiedad.


Es un hecho comprobado lo impracticable del socialismo y de la propiedad colectiva de los medios de producción. Pero, por otro lado, es también afirmada y defendida la idea que la propiedad privada de los medios de producción es algo diabólico. Surgen entonces los sabios queriendo encontrar una “tercera vía”, una forma de sociedad ubicada entre lo privado y lo público de esos medios de producción. En este experimento se permite la existencia de la propiedad privada, pero la forma en que los medios de producción son utilizados por emprendedores, capitalistas, terratenientes, es agresivamente regulada, intervenida, y controlada por autoritarios decretos y prohibiciones del gobierno. De esta manera, se forma una imagen conceptual de un mercado regulado, un capitalismo circunscrito mediante reglas autoritarias, una propiedad privada sin la ponzoña de su presunta estructura de dañina concomitancia, mediante la intervención de las autoridades.

Pero rápidamente podemos revisar lo que significa y la naturaleza de este sistema, con unos cuantos ejemplos de las consecuencias que emergen automáticamente con la intervención gubernamental en esa vía. Uno de los actos cruciales de esta intervención, es la forma como, con las luces apagadas, se ha pretendido fijar los precios de los bienes, productos y servicios, de una forma totalmente diferente a la que un mercado sin intervención hubiera determinado.

En el caso de los precios en un mercado libre, lo que habría sucedido en ausencia de esa intervención de las autoridades, sería que el costo de producción habría sido cubierto por los ingresos. Si es decretado por el gobierno un precio más bajo, los ingresos serían menores que los costos. Los comerciantes y los industriales, a menos que sean productos perecederos, los congelarían en sus bodegas sin llevarlos al mercado, esperando tiempos más favorables o pensando que el gobierno, invadido por sentido común, levante ese control. Si las autoridades no quieren que esos productos desaparezcan del mercado, consecuencia de su intervención, no se pueden limitar a fijar el precio; deberán también decretar y forzar que todos los productos almacenados sean vendidos al precio establecido. Pero ni aun esto sería suficiente. En el caso del precio que se hubiera determinado en un mercado sin intervenciones, oferta y demanda se hubieran conciliado y navegarían juntas sobre un mar en calma.

Ahora, como el precio fijado por el gobierno es tan bajo, la demanda se incrementaría mientras que la oferta permanecería sin cambio. Pero los productos almacenados no serían suficientes para satisfacer esa demanda que estaría preparada para pagar el precio prescrito, y una buena parte permanecería insatisfecha. El mecanismo del mercado, que siempre tiende a estabilizar oferta y demanda a través de las fluctuaciones del precio, (el lenguaje de los mercados) ya no estaría operando. La gente que estaba preparada para pagar el precio dictado por el gobierno abandonaría el mercado con las manos vacías. Los que estaban en la línea temprano o que pudieran explotar alguna conexión con el vendedor serian quienes adquirieran todo el inventario; el resto se marcharían sin sus provisiones y sin satisfacer su demanda. Entonces el gobierno con sus políticas estúpidas, para “resolver el problema” tendría que activar otra regulación definiendo qué cantidad del producto se debe vender a cada comprador al precio dictado.

Entonces surgiría un problema aún más difícil. Si el producir ese determinado bien ya no genera ganancias al precio decretado por el gobierno, el fabricante entonces reduciría o detendría totalmente su producción. Si el gobierno quiere que esa producción no desaparezca, de alguna forma deberá convencer a los industriales de continuar con esa manufactura, y para lograrlo, deberá también fijar los precios de su materia prima, de los productos semi terminados y los salarios de los obreros. Pero ese decreto seguramente no se limitaría solo a uno de los productos que las autoridades han calificado de “importancia vital” de la gran variedad que ofrece esa empresa, sino que arbitrariamente se aplicaría a toda la línea de su producción.

Deberán entonces regular el precio de todos los insumos y sueldos. Pero también deberán extender ese control sobre la conducta de los emprendedores, capitalistas, terratenientes y trabajadores. Si algunas de las líneas de producción son dejadas libres, el capital y trabajo las invadirán de inmediato y el gobierno fracasaría en su intento al controlar el primero de los productos. Y aquí vemos lo ilógico de estas medidas. El gobierno intervino esa línea de producción por considerarla de importancia clave y había que impulsarla para hacerla llegar a las clases populares a precios bajos. Pero se ha logrado todo lo contrario, escases del producto, precios elevados en el mercado negro, desaliento de la producción, confusión general, el surgimiento de un mercado negro. Eso es lo que a mí me parece diabólico   

Eso mismo podemos decir de la intervención del gobierno que siempre provoca lo contrario a lo que pretende y tanto promete, y de un sistema de política económica que atenta operar utilizando la intervención, no solicitada, que es contraria a la más elemental lógica económica. Acciones cuya práctica solo producen escases, pérdidas en los balances de las empresas, despidos masivos, y una cadena de controles que cuando llega a la fuente original, los agraviados hacen maletas para buscar campos mas verdes.

Tal vez entonces surja el gobierno ofreciendo precios de garantía a través de su nueva empresa surtidora de materias primas (nopalitos, trigo, frijol, maíz, tortillas, garbanzo, tunas) para luego enterarnos que, debido a su política de vender productos por debajo de su costo y, sobre todo, por la gran corrupción de las empresas públicas. Esta aventura tan particular se encuentra en bancarrota y debe ser rescatada por el mismo gobierno. ¿Cómo? Como siempre lo hacen, esperando no regresen a la impresión de dinero tan popular en los años 70, y se limiten solo al aumento de impuestos a todos los contribuyentes, incluyendo los que pretendieron favorecer con aquella primera intervención de un solo producto. Y ante ese tipo de intervención del gobierno, como pidiera François Quesnay, el creador del grupo Los Fisiócratas: “Laissez faire, laissez passer. Déjenme en paz, no se metan en mi vida y dejen que las cosas pasen”.  
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