Sunday, January 28, 2018

CAPITALISMO Y RELIGIONES



Alberto Mansueti
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Las masivas migraciones de católicos a Iglesias evangélicas en América latina, dan lugar a masivas cantidades de artículos, notas periodísticas, estudios académicos, etc., incluso en inglés, porque es tema favorito de profesores gringos.

Aquí tenemos el 40 % de los católicos del mundo, pero la migración arrecia, según los reportes del Pew Research Center. En 1970, unos 9 de cada 10 encuestados se declaraba “católico”; y hoy son 7. Casi el 20 % revista como “evangélico” o “protestante”, bautizados católicos más de la mitad.

Los obispos católicos escriben preocupados por “las sectas”; los jefes evangélicos celebran las “conversiones”; los eruditos en sociología religiosa se interrogan por “las causas”; y algunos liberales festejan también, porque aun agnósticos en su mayoría, recuerdan el librito de Max Weber: “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”.

 
Una pregunta hacen todos: “¿Cuáles diferencias ven tantos millones de católicos en las Iglesias evangélicas, que les llevan a cambiar su religión”? Pero yo me hago la pregunta contraria: “¿Cuáles semejanzas ven”? Es obvio que hay diferencias, y por eso se cambian; pero no deben ser tantas ni tan grandes, porque de otro modo nadie se cambiaría tan fácil, tan rápido, y tan masivamente. Ven y oyen cosas que les suenan familiares, por eso se hallan cómodos en su nuevo hogar.

En las semejanzas está la clave: la gran mayoría salta de un catolicismo popular, muy folklórico y algo sincrético, a un pentecostalismo popular, también muy folklórico y algo sincrético. Con poco estudio bíblico serio, porque en este catolicismo no hay casi Biblia, y en este pentecostalismo lo que abunda es repetir versículos fuera de contexto, y cada quien interpreta como quiere. El tránsito de una a la otra vía de “religiosidad popular”, es facilitado por un trasfondo común, procedente de la cosmovisión “dualista”: la de este mundo y el “otro mundo”, el sobrenatural, de los espíritus, típica de los cultos chamánicos originarios de América, con sus liturgias de conexión y pasaje entre ambos mundos.

Catolicismo y pentecostalismo populares tienen mucho parecido, entre sí, y con la santería; por eso tanta gente va a Misa y al culto evangélico, sin dejar de hacerse leer, de vez en cuando, la borra del café. Lo normal en el pueblo llano es el politeísmo, y “propiciar” a todos los dioses, diosas y espíritus, conforme todas las clases de ceremonias rituales, para no disgustar a nadie del “otro mundo”. Eso no es católico ni protestante ni cristiano; es anti-cristiano. Lo cristiano es el Reino de Dios, gobernando “así en la tierra como en el cielo”.

(1) El cristianismo “católico” (universal) de los antiguos Concilios ecuménicos (mundiales) sufrió una quiebra en 1054, con el Cisma de Oriente: el cristianismo “occidental” se separó del oriental. Y en Occidente hubo otra quiebra, con la Reforma; y desde el Concilio de Trento, 1545-63, surgieron el cristianismo “reformado” y el catolicismo “romano”. Pero en Roma, desde el siglo XIX, predominan las doctrinas de los jesuitas, cuya orden fue suprimida en 1773, y rehabilitada en 1814. Tras diversas pugnas, en el Concilio Vaticano I, 1869-1870, se separaron los “Viejos Católicos”; y en el Vaticano II, 1962-65, tradicionalistas y conservadores se apartaron del “mainstream”.

En esta América el catolicismo oficial es más “jesuita” que “romano”. Por eso el énfasis en la Virgen, los santos, el Papa, y todo lo que sea “anti-protestante”; incluido el anti-capitalismo, ya que se ve el capitalismo, y con bastante razón, como un fruto de la Reforma. ¿Y qué hay del catolicismo popular, ese de las novenas, rosarios, medallas y estampitas “milagrosas”, el culto a los santos, al Papa de turno, y peregrinajes al Vaticano? Es la versión folklórica y sincrética de esa forma jesuita de catolicismo.

(2) El cristianismo protestante fue bien en su tarea hasta el siglo XIX; pero pese al “fundamentalismo”, no le hizo fuerte resistencia al “liberalismo teológico” (modernismo), al romanticismo, al evolucionismo, al socialismo, existencialismo, y a todos los “ismos” siguientes. Al margen de las Iglesias establecidas y sus seminarios académicos nació el “revivalism”, con el “Segundo Gran Despertar”, en Angloamérica, entre 1790 y 1820, y su “bautismo en el Espíritu Santo”, con vivo agitar de emociones y sentimientos. Y el “pentecostalismo”, con el “Avivamiento de la calle Azusa”, en Los Ángeles, 1906, y el popular predicador William Seymour, de la Iglesia Metodista Afro-americana. El pentecostalismo es anti-doctrinario y sincrético: toma creencias protestantes, y otras que supone del “cristianismo primitivo”, reales o imaginarias; y entre las reales, algunas heréticas, como las gnósticas, y las desviaciones judaizantes.

Y aquí el protestantismo oficial es más “modernista” que “evangélico”; hace tiempo se ha plegado a la “corrección política”, y a las Agendas feminista, ecologista, de izquierda, y pro-LGTB. ¿Y qué hay del pentecostalismo popular, el que “habla en lenguas”, el de las sanidades, prosperidades y “liberaciones” milagrosas, el diezmo, el culto al Pastor (o a la Pastora, al Apóstol o Profeta), y los peregrinajes a “la tierra de Israel”? Lo que ya vino sincrético de fábrica, se hizo más sincrético en esta versión popular de esa forma de cristianismo no católico. Por eso sus ambivalencias y contradicciones: unos pastores adhieren al anti-capitalismo inflexible de los jesuitas, y otros hacen voto de riqueza, cual cardenales renacentistas; unos rechazan la política y lo relacionado con ella, y otros se inscriben para candidatos, o fungen de “príncipes electores”, aunque no con agendas políticas sino eclesiásticas.

(3) La ética del capitalismo es “protestante”; pero no sólo protestante. Leyendo bien a Max Weber y autores weberianos, se sabe que es la ética “mosaica”; la Biblia hebrea, con sus Diez Mandamientos, de Israel en tiempos de los Jueces: trabajo honesto, disciplina, ahorro, gobierno limitado, comercio libre y empresa. Es todo. Pero es la misma de los cristianos “católicos” cuando las reformas previas a Lutero, las cluniacense y cisterciense, siglos X y XII respectivamente. Sus monasterios benedictinos fueron también empresas capitalistas racionales y exitosas; y como siempre pasa con el capitalismo, trajo mucho progreso y bienestar a mucha gente. Cuando en el siglo XV el monacato estaba muy degradado, se hizo la reforma protestante, con su vuelta a la ética mosaica o “judeo-cristiana”.

Pero no todo judaísmo siguió siempre “mosaico”: surgió el talmudismo en la Edad Media, con sus escuelas y tradiciones rabínicas; y en los siglos XIX y XX, el judaísmo también fue afectado por la catarata de “ismos”, hasta el sionismo, o sea judeo-socialismo. Al Islam le pasó también: en diversos países de todo el mundo, musulmanes fueran calmos y pacíficos agricultores, artesanos, profesionales, industriales y comerciantes, según esos mismos cánones morales; y después surgieron los rechazos violentos a la cultura, tecnología, ética, capitalismo y civilización occidentales, tanto entre los sunnitas como entre los chiítas. Y de ellos nacieron los terrorismos.

Capitalismo liberal, el bueno, tendremos si hay líderes cristianos, católicos y protestantes, con información idónea para dejar los “misticismos” irracionales, tan típicos de la invasiva cosmovisión dualista de todos los paganismos esotéricos, viejos y nuevos, como la “New Age”, con sus magias y conjuros; y volver a la cosmovisión cristiana bíblica e histórica o clásica, consecuentemente, pero sin sectarismos. De otro modo seguirán dominando las ideas comunistas, socialistas y mercantilistas, y los politiqueros acomodaticios. O quizá algo peor, (¡Dios no quiera!): islamismo; y del malo.

¡Saludo para los buenos!

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