Monday, October 30, 2017

LA MUERTE DE UN HOMBRE BUENO



Enrique Woolfolk RIP
Ricardo Valenzuela
 
Como afina la canción de José Alfredo; Lo conocí de chamacos, fuimos juntos a la escuela. Fuimos juntos a la escuela del Padre Javier en el viejo Hermosillo, cuando la ciudad hacia el oeste terminaba en el estadio de la Universidad, después seguían las verdes milpas. Hacia el norte terminaba en la colonia Pitic, y de ahí brotaban los mezquitales que luego invadían el contorno de El Mirador, en donde muchos de mis amigos debutaran en la ciencia de la vagancia. Al sur terminaba cuando el rio de Sonora la detenía con su geografía, lo que también sucedía hacia al este, con el obstáculo que le presentaba la presa Abelardo Rodríguez.

 
Se me perdía unos años cuando el iniciaba una peregrinación por todas las escuelas de Hermosillo, en donde rompería record de expulsiones. Nos encontrábamos de nuevo en la secundaria del Colegio Regis, ya ubicado en la Colonia Pitic. Enrique arribaba a esa institución cargando ya una reputación de peleonero y buscabullas, a quien la mayoría de los estudiantes le tenían pavor.  Pasábamos tiempo juntos en los ranchos de mi abuelo, en donde se forjara una muy buena amistad entre nosotros, tal vez por eso le dedicaran el sobrenombre de Cheroplas.

Pasaron los años y todo el grupo de amigos abandonábamos Hermosillo, para iniciar nuestros estudios profesionales. No el Cheroplas, quien continuaba su peregrinar todas por las escuelas de la ciudad, sin encontrar alguna que lo pudiera domar. Y llegaba entonces la época, como dijera Alberto Cortez, de regresos a menudo al Hermosillo querido, y ahí siempre nos recibía el Cheroplas para iniciar la fiesta que duraba todo el periodo de vacaciones. En ese proceso nacería nuestro deporte favorito; recorrer cantinas en busca de contrincantes con quién cambiar golpes. Y cuando no encontrábamos sayos, nos agarrábamos él y yo, solo por deporte y no caer en la frustración. Me dejaría de recuerdo un tobillo roto y un hombro dislocado.

Terminábamos nuestros estudios profesionales para iniciar una nueva vida. Yo también iniciaba otra importante etapa; el matrimonio. Ya casado me presentaba en Bancomer en la ciudad de México, mi lugar de trabajo, me asignaban como gerente a una oficina, y ahí cerca rentaba un departamento con mi nueva esposa. En eso aparece el Cheroplas quien, después de sus interminables peleas con su padre, se aventuraba a la gran ciudad en busca de su destino. No tenía a donde llegar ni dinero para rentar, pero utilizando su gran ingenio, en el mismo edificio en que yo vivía, nunca supe cómo, abrió uno de los departamentos vacantes y ahí se asiló gratis por un par de meses. Tanto que el mil usos que le daba mantenimiento al edificio, en varias ocasiones le preguntaba a mi mujer; Señora ¿Pues cuál de los dos es su marido?

Batalló durante algún tiempo trabajando en lo que podía. Con la ayuda de la Isela Vega y su hermano Pancho, buscó, inclusive, dedicarse al canto puesto que portaba una hermosa voz de tenor. Los años seguían pasando y yo regresaba a Hermosillo para incorporarme al Banco Ganadero, y ya Enrique, finalmente se había colocado en la industria maquiladora en Nogales. Como el hombre de valores y de recio carácter que era, había huido del peligroso ambiente artístico del DF, pero un peligro similar lo esperaba en Nogales. Lo caminó, pero sin dudarlo, de inmediato lo abandonó. Progresaba rápido en esa industria, y finalmente, ya entrado en años, contraía matrimonio.

La vida le sonrió por algunos años, hasta que se contagiara con el virus de Colosio. Siendo su cuñado uno de los hombres más cercanos al candidato, abandonaba Nogales para ir a residir en Obregón. Había ya iniciado un buen negocio de comercialización de pinturas y, sobándose el bigote con Colosio presidente, se jugaba un albur, pero de los peligrosos, todo o nada, haciendo planes e inversiones para cubrir el país entero con su pintura. Pero, como él tanto afirmaba, la suerte lo abandonó al momento que el disparo a la cabeza del candidato, provocara una avalancha que también a él lo arrollara. Sus sueños naufragaban y con ellos sus activos y su futuro. Regresaba a Hermosillo herido, pero no derrotado. La suerte lo seguía evadiendo y, al verlo cargando esa cruz, le propuse regresara a Tucson desligándose de todo, y le ofrecía asilo en mi casa.

Ahí se iniciaba el periodo de vida en el cual realmente llegué a conocer al verdadero Enrique Woolfolk, mi amigo. No era el cheroplas de nuestra época de juventud. Se empezó a develar ante mí un hombre completamente diferente, lo que se convirtiera en una de las experiencias más interesantes de mi vida. Desde los primeros días que lo tuve de huésped, emergía ante mí un hombre inteligente, prudente, sensible, no el cheroplas escandaloso de otras épocas, sino un hombre que siempre pensaba lo que iba a decir, y si consideraba no tenía una respuesta inteligente, mostraba la virtud del silencio. Era tal mi sorpresa que una noche, después de una larga conversación lo interrumpo para fusilarlo con un par de preguntas ¿Quién chingados eres? Y ¿Qué hiciste con mi amigo el cheroplas?

Desde su arribo a mi casa, ya no necesité contratar alguien para que fuera a meter orden en mi desorden. El feroz cheroplas se levantaba de madrugada y armado luego con la escoba y el plumero, dejaba la casa brillando de orden y de limpieza. Después emergía como un excelente Chef de alta cocina, y era tal mi asombro, que en plan de broma un día le pregunto. Pinche gordoplas ¿Desde cuándo te volviste joto? El tranquilamente sonreía sin responder. Salía luego a una terraza, para durante horas sumirse en sus pensamientos, y en la lectura de sus revistas de mecánica, que era su pasión.

Al pasar los meses pude conocer lo profundo de su integridad, su honestidad que elevaba a los límites. Era tan compulsivamente organizado en sus cosas personales, que llegaba hasta la exageración de llevar una impecable contabilidad de sus gastos, sus compras, sus cuentas, el que envidiarían los grandes auditores. Pero más que otra cosa, era un gran amigo, generoso con lo poco que tenía. Era un hombre de detalles y gran realizador. A pesar de que en sus últimos años había recibido malos tratos, ataques a su integridad, desprecios de parte de algunas gentes que para el eran importantes, para nadie guardaba resentimientos. A pesar de lo mucho que sufrió todos esos años, nunca se doblegó. Había ahora cambiado su residencia de nuevo a Nogales.

Hace un par de meses recibí una llamada para informarme había sufrido un derrame cerebral, por lo que estaba hospitalizado. De inmediato lo fui a ver y me pareció no era tan grave y de alguna forma se podría recuperar. Abandonaba el hospital para ir a una casa de recuperación pero, cuando lo visitaba, lo veía un poco callado, introvertido, perdido en sus pensamientos. Hace unos 10 días me avisaron que había caído en un profundo sueño, y despertaba solo a ratos. De nuevo era trasladado al hospital y ahí se sumergía en un profundo coma. El sábado pasado me avisaron se agravaba, apurado me fui al hospital. Ya lo estaban acompañando Humberto Tapia y su esposa Lyla. Estaba ya agonizando. Lo tomamos de sus manos, Lyla le hablaba al oído pidiéndole no resistir e iniciar su jornada final. Abrió los ojos por un par de segundos, y el vernos lo tranquilizó, los cerró de nuevo, exhaló un fuerte suspiro y falleció.

El hombre bueno se había marchado.          
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