Thursday, June 22, 2017

Trump... ¿pacificador?

Shlomo Ben-Ami, a former Israeli foreign minister, is Vice President of the Toledo International Center for Peace. He is the author of Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy.
MADRID – Hace medio siglo, Israel ganó la Guerra de los Seis Días contra sus vecinos árabes, ocupó territorios en la Franja de Gaza y Cisjordania, y estableció su dominio sobre millones de palestinos. En las décadas que siguieron, los palestinos trataron de librarse de la opresiva ocupación israelí por casi todos los medios (incluidos la resistencia civil, el conflicto armado y la diplomacia internacional), sin ningún éxito. Ahora tratarán algo nuevo: negociar con el presidente estadounidense Donald Trump.
Todos los presidentes de Estados Unidos desde 1967 trataron de resolver el conflicto entre Israel y Palestina. Bill Clinton fue quien ofreció los parámetros más completos y juiciosos para un acuerdo de paz que haya concebido algún estadista extranjero. Aun así, Trump afirma sin el menor empacho que él logrará un acuerdo, algo que en su opinión “no es tan difícil como la gente piensa”.
No hace falta decir que el optimismo de Trump no es contagioso. Los israelíes y los palestinos tienen cada vez menos esperanzas de que pueda haber una solución aceptable para los dos lados. Pero hasta ahora, el espectro de un estado binacional atrapado en una guerra civil permanente evitó que los actores pertinentes tiraran la toalla. Ahora parece que de pronto los palestinos y la izquierda israelí se entusiasmaron con Trump, aunque tal vez eso sea más señal de desesperación que de posibilidades auténticas de avance.
Para Trump, el atractivo más probable de mediar un acuerdo de paz es el efecto que tendría en su legado. A pesar de que ya tiene bastante de qué ocuparse (de la osadía nuclear de Corea del Norte a la intrusión rusa en esferas de influencia occidentales) y de que las posibilidades de que tenga éxito en esta empresa son escasísimas, la perspectiva de lograr un “gran acuerdo” allí donde todos sus predecesores fracasaron es demasiado tentadora para dejarla pasar.
Pero independientemente de su motivación, es verdad que Trump cuenta con algunas ventajas significativas. A diferencia del político típico de la Costa Este, Trump no depende de votos y donaciones de la comunidad judía estadounidense, así que nada le impide criticar o incluso amenazar públicamente a Israel.
Ya el año pasado, Trump se diferenció de todos los interlocutores estadounidenses anteriores, al declarar que sería “neutral” en relación con el conflicto entre Israel y Palestina. Si bien después se alejó de esa inédita y polémica retórica de neutralidad, sigue en pie el hecho de que a su base de apoyo principal (varones blancos de clase trabajadora disgustados) le interesa muy poco Israel.
Además, Trump tiene a su favor condiciones regionales sumamente favorables. Los principales actores árabes en Medio Oriente se han mostrado últimamente más dispuestos que nunca a ofrecer incentivos a Israel para buscar la paz con los palestinos.
Esa determinación quedó de manifiesto en la reciente visita de Trump a Arabia Saudita. En un gesto ostentoso con cincuenta líderes árabes sunitas reunidos en Riad, dijeron a Trump que un acuerdo de paz entre Israel y Palestina sentaría las bases de una gran alianza proestadounidense árabe‑israelí contra el terrorismo islamista y el resurgimiento de Irán. Semejante cooperación estratégica no sería aceptable para el pueblo árabe de no mediar dicho acuerdo.
En esto ayuda que, a diferencia de la mayoría de sus predecesores, Trump está lanzando sus intentos de lograr un acuerdo de paz al principio de su gobierno, en vez de al final, lo que otorga a su posición un sentido de vigor, convicción y compromiso. Además, no necesita elaborar posibles soluciones desde cero: casi todas las estrategias para un proceso de paz ya se probaron en algún momento, así que no hace falta creatividad de los negociadores.
Lo que sí hace falta es voluntad política. Los líderes tendrán que mostrar coraje y ofrecer concesiones sumamente impopulares en algunos asuntos contenciosos clave. Por desgracia, tal vez esa sea la única área en que Trump no aventaja a sus predecesores.
Hoy Israel tiene el gobierno más fanáticamente derechista de su historia, y el primer ministro Binyamin Netanyahu se ha negado una y otra vez a cortar con su base electoral nacionalista en nombre de la paz. La idea de que un gobierno así acepte condiciones incluso más generosas hacia los palestinos que los parámetros de paz de Clinton parece ciencia ficción.
Los palestinos tampoco están muy preparados para hacer concesiones. En los últimos veinte años, han rechazado ofertas de gobiernos israelíes mucho más progresistas que el de Netanyahu. En cualquier caso, el presidente Mahmoud Abbas carece de legitimidad para darle la espalda al legado de su predecesor Yasser Arafat y confrontar a Hamas respecto de la necesidad de hacer concesiones en elementos centrales del discurso nacional palestino.
Siendo un novato en diplomacia, es posible que Trump no comprenda lo difícil que ha sido mantener encarriladas las negociaciones entre israelíes y palestinos. Pero su experiencia de vida debería bastarle para entender mejor que muchos el obstáculo que supone el ego cuando se trata de hacer concesiones, por pequeñas que sean. Y en el caso de Israel y Palestina, más de una vez el proceso de paz quedó interrumpido por desacuerdos relativamente menores.
En esto, la impaciencia de Trump puede ser una desventaja. El conflicto entre Israel y Palestina concentra mucha historia en una geografía muy pequeña, así que los detalles son importantes. Pero a Trump parecen interesarle poco la historia, la geografía y los detalles.
Los israelíes y los palestinos están unidos en una deplorable alianza de inercia y cobardía política, por temor a que cuestionar el statu quo provoque una explosión de violencia. El mejor resultado para Trump sería lograr un muy necesario reacomodamiento de la política israelí y un borrón y cuenta nueva para los divididos palestinos.
Convencer a las dirigencias israelí y palestina de que asuman el riesgo político implícito en hacer concesiones demandará mucha presión de Estados Unidos y de los vecinos árabes de Israel. Hasta entonces, los líderes políticos a ambos lados seguirán dando a sus pueblos no lo que necesitan, sino lo que les resulta cómodo.

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