Tuesday, June 13, 2017

Tiempos de populismo

Tiempos de populismo

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Por Álvaro Vargas Llosa
Un grupo de personas de ambos lados del Atlántico nos reunimos esta semana en Madrid para abordar, en un foro formal y una reunión informal, el fenómeno del populismo a propósito de la salida de un libro colectivo que he tenido el gusto de coordinar. Convergimos allí algunos de los autores y el prologuista para tratar de explicar las causas, las consecuencias y la amplitud de esta cuestión central de nuestro tiempo.
Allí estuvieron, debatiendo ideas en torno al populismo, entre muchos más, los chilenos Roberto Ampuero, Mauricio Rojas y Cristián Larroulet, los cubanos Yoani Sánchez y Carlos Alberto Montaner, las venezolanas María Corina Machado (por video, ya que la dictadura no la deja viajar) y Rocío Guijarro, el español Lorenzo Bernaldo de Quirós, el argentino Gerardo Bongiovanni, Mario Vargas Llosa y este servidor.
La primera constatación es que estamos, por primera vez en la historia, ante un populismo global. Ha habido periodos populistas en ciertos países o regiones, nunca un populismo “viralizado” por el mundo, como si se tratara de un videoclip de Shakira o un improbable perro verde que recibe cien millones de “golpes” en YouTube.


Hubo populismo en la Rusia del siglo XIX, cuando un grupo de intelectuales decidió que era posible saltar del subdesarrollo al socialismo sin pasar por el capitalismo desarrollado, como creía Marx. Estos intelectuales, los “Narodnik”, se llamaban populistas. Lo hubo también, en pleno siglo XIX, en Estados Unidos, donde surgió el primer partido con ese nombre. La Europa de los años 20 y 30 vivió una etapa populista que derivó en movimientos fascistas. América Latina, quizá la zona del mundo que ha experimentado la mayor recurrencia de este fenómeno, ha sido populista, al menos parcialmente, desde hace más de medio siglo. Pero no habíamos visto nunca algo semejante a lo de hoy: populismo en Estados Unidos, Europa, América Latina y Asia (donde Duterte, el mandamás filipino, encarna una versión extrema).
¿Por qué? No es difícil concluir que la globalización encierra esta ironía: es capaz de globalizar rápidamente todo, incluyendo la antiglobalización. Por tanto es capaz de dar dimensión mundial a cualquier tendencia que parta de una región o país y toque un nervio sensible en otras partes. Así como las redes sociales dieron velocidad y multiplicación a la “Primavera Arabe”, un hecho esperanzador aunque hoy revertido por la tenaz prevalencia del autoritarismo y el fanatismo, también han sido capaces de diseminar mentiras, hoy conocidas como “fake news”, vertiginosamente. Hillary Clinton, por ejemplo, fue víctima de muchas de ellas y su campaña nunca pudo desbaratarlas, en parte por ineptitud y en parte porque su trayectoria en algunos casos hacía creíbles los embustes de sus críticos.
Un ejemplo salta a los ojos. La indignación ciudadana que estalló en 2011 como consecuencia de la profundidad y prolongación de la secuela de la crisis financiera de 2007/8 saltó de España a Estados Unidos en un santiamén. Nació en la Puerta del Sol, en Madrid, el 15 de mayo de 2011, cuando acamparon un grupo de personas en esa emblemática plaza gritando consignas contra el “establishment”; no pasaron muchos meses antes de que se vieran escenas parecidas en el Zuccotti Park de Manhattan bajo el membrete de “Occupy”.
Es cierto: también en el pasado, en épocas menos globalizadas, con comunicaciones menos instantáneas, hemos visto fenómenos sociales o culturales expandirse por Occidente como incendio en hojas secas. Lo que se llama la “contracultura” de los años 60 en Estados Unidos o “mayo del 68” en Francia fueron expresiones contemporáneas de rebeldía contra ciertas conductas y contra los símbolos de la autoridad. Pero la globalización de tendencias tiene hoy más velocidad y amplitud. No quiere decir esto que el hecho de que el populismo tenga esa presencia universal hoy en día se deba a que las comunicaciones han globalizado esa práctica y ese tipo de discurso político. Las comunicaciones son sólo uno de los factores que explican esa globalización. Otro más importante es lo que los filósofos alemanes llamaban el “zeitgeist”, o sea el espíritu de los tiempos, y lo que Hegel en particular denominó el “volkgeist” o “espíritu del pueblo”. El populismo habita hoy en líderes y ciudadanos de muy distintas regiones del mundo por razones que no pueden explicarse por una simple moda peripatética. Carece de sentido explicar el voto de Trump en Michigan por la coleta de Pablo Iglesias, el líder de Podemos, en Madrid o el hecho de que Marine Le Pen pasara a segunda vuelta en las recientes elecciones por las críticas contra la globalización imperialista provenientes de Evo Morales o Nicolás Maduro.
La segunda constatación es que todos los populismos de hoy tienen cosas muy importantes en común pero también diferencias. ¿Cuáles son los principales vasos comunicantes? Tal vez podamos resumirlos en cuatro ideas. Una sería la comunicación personal entre el caudillo y el pueblo por encima de las instituciones o estructuras intermedias de la democracia (el populismo por lo general se da en democracia en una primera instancia). La segunda tiene que ver con un claro desdén por las reglas de juego y las formas -el lenguaje, la actitud, el sentido de límites- tolerantes y propias de consensos básicos. La tercera es la construcción de un pasado mítico y un futuro utópico que nunca pueden contrastarse con la realidad. Finalmente, el enfrentamiento entre una elite y una base social.
Este enfrentamiento -el cuarto gran elemento que tienen los populismos en común- no siempre es socioeconómico. Suele serlo en el populismo latinoamericano, donde las desigualdades son mayores y por tanto propicias para la demagogia clasista. Pero hay lugares donde puede darse en términos más bien culturales. Por ejemplo, en Estados Unidos el odio populista de la base contra la elite no es el del pobre contra el rico (puesto que el “pobre” ese en realidad de clase media) sino la del ciudadano de a pie contra quienes ocupan un lugar de privilegio y profesan valores que se consideran contrarios a la tradición o la herencia estadounidense (por ejemplo, ese odio se extiende contra Hollywood, al que en épocas de John Wayne se veía desde una cierta base social como difusor de valores patrióticos y hoy se ve como caballo de Troya de valores extranjerizantes o socialistoides).
Los matices que sí diferencian a los distintos populismos tienen algo que ver -ellos sí- con la ideología o la tribu política. Los populistas que provienen de la izquierda tienden a poner un énfasis mayor en el estatismo (por ejemplo, el líder laborista británico llevó en su reciente programa electoral una propuesta de nacionalizaciones que había desaparecido de la plataforma de aquel centenario partido desde hacía décadas). También tienden a buscar la “igualdad”. Las distintas vertientes del socialismo chileno surgidas en los últimos años, que cuestionan el modelo que hasta hace poco gozaba de un consenso en la clase política (por llamarla de algún modo), han puesto un fuerte acento igualitario en su discurso.
En cambio, el populismo de derecha tiene una dimensión nacionalista muy propio de movimientos como el de Le Pen o el Ukip británico. También en Trump el nacionalismo es un fuego crepitante. Steve Bannon, uno de sus asesores principales y creador de la red de comunicaciones de la “derecha alternative” Breitbart News, ha elaborado un discurso muy potente sobre al papel del nacionalismo como “rescate” de una esencia que se estaría perdiendo por culpa de la globalización y, por supuesto, de la inmigración. El Estado-nación es al populismo de derecha lo que la “justicia social” es al populismo de izquierda.
Pero las diferencias no se limitan a la dinámica izquierda-derecha. Dentro de la propia derecha populista hay marcadas diferencias. Un sector mezcla el nacionalismo xenófobo con un cierto liberalismo económico, mientras que otro desconfía abiertamente de la libre empresa. El Ukip británico está en el primer grupo y Marine Le Pen o Viktor Orbán en el segundo.
Hay una tercera corriente en el populismo de derecha que apuesta muy decididamente por el orden público como elemento aglutinante de la base política. Es el caso de Duterte en Filipinas, que ha violado los derechos humanos sistemáticamente con el pretexto de combatir el narcotráfico.
Dicho todo esto, y para complicar más las cosas, es sorprendente constatar que las diferencias son menos marcadas entre los votantes populistas que entre los líderes populistas. Es la razón por la cual hay votantes del viejo Partido Comunista francés en el Frente Nacional  y hubo votantes de Bernie Sanders, el populista demócrata, que se inclinaron por Trump en las recientes elecciones estadounidenses.
¿Qué factores transversales llevan hoy a ciudadanos de países y regiones tan diversas a prestar oídos al populismo? Los más poderosos parecen estos: las dislocaciones temporales que en el campo económico ha provocado la globalización, con su movilidad y velocidad mareantes; el terrorismo y otros asedios contra la paz social y la seguridad, que han traído a la superficie miedos y desconfianzas que estaban bajo mayor control emocional y psicológico en otros tiempos; la vulgarización de la política y su contrapartida, la corrupción, que si bien ha existido siempre tiene hoy una mayor incidencia porque la crisis financiera y la Gran Recesión han acentuado la sensación de que la ciudadanía es víctima de aquellos que la representan; ligada a lo anterior, se da, por último, una crisis de representación, tal vez acelerada por la revolución informática, que ha convertido a cada ciudadano en un partido y en un periódico unipersonal: la intermediación, elemento clave de la democracia liberal a través del sistema de partidos, está en decadencia y aún no está claro qué forma tomará en el futuro.
A diferencia del comunismo y el fascismo, a los que es posible enfrentarse golpe a golpe, el populismo plantea -y esta es mi postrera reflexión- una dificultad mayor a la hora de plantar cara al adversario. Al no ser una ideología y tener una morfología cambiante y difusa, no siempre es fácil identificar el peligro inmediato ni por tanto ilustrar, ante el público, dónde está la amenaza directa. En última instancia el populismo es el enemigo de la democracia liberal, los derechos civiles, la economía de mercado y la globalización, pero a menudo eso sólo acaba siendo claro para mucha gente cuando el daño está hecho. Millones de venezolanos que hoy darían un brazo por deshacerse de Maduro votaron a favor del chavismo en numerosos procesos electorales (independientemente del hecho de que muchos de ellos fueron muy poco limpios).
Vivimos tiempos populistas. Será para la derecha y la izquierda liberales, el gran adversario de los próximos años en medio mundo. Apasionante reto, estremecedora perspectiva.

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