Thursday, June 22, 2017

¿Está tomando forma la doctrina de Trump?

Michael J. Boskin is Professor of Economics at Stanford University and Senior Fellow at the Hoover Institution. He was Chairman of George H. W. Bush’s Council of Economic Advisers from 1989 to 1993, and headed the so-called Boskin Commission, a congressional advisory body that highlighted errors in … read more
STANFORD – La estrategia transaccional del presidente norteamericano, Donald Trump, frente a los acuerdos multinacionales es muy diferente de la de sus antecesores. Mientras que los presidentes anteriores han visto los acuerdos internacionales en el contexto de una estrategia comercial y de seguridad más amplia por parte de Estados Unidos, Trump los ve de manera aislada. En su opinión, muchos acuerdos en los que Estados Unidos es un país firmante fueron mal negociados, son excesivamente engorrosos o están desactualizados y no son adecuados para las cambiantes condiciones económicas y de seguridad.
Después de asumir el cargo, Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico (TPP por su sigla en inglés), un acuerdo entre 12 países de la Costa del Pacífico que habría creado la mayor zona de libre comercio del mundo. Pero dice que negociará mejores tratados bilaterales con esos países y otros. Y, después de escuchar a los líderes de Canadá y México, ha optado por "renegociar" el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, en lugar de desmantelarlo por completo, como había prometido durante su campaña.
Más recientemente, en su primer viaje presidencial al exterior, Trump tomó algunas primeras medidas en Oriente Medio. Sin embargo, en un discurso ante líderes de la OTAN, eliminó una frase que habría reafirmado explícitamente el compromiso de Estados Unidos con la defensa colectiva según el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, disgustando a sus aliados, y aparentemente también a algunos de sus principales asesores. (Más recientemente, terminó pronunciándose a favor de la cláusula).
Entender la estrategia del presidente requiere ir más allá del circo mediático frívolo y en parte autoinfligido que rodea cada uno de sus tuits. Por el contrario, deberíamos observar el propio análisis que hace Trump de los acuerdos existentes en el contexto de sus opiniones sobre cuestiones como la seguridad nacional y los empleos e ingresos de la clase trabajadora.
Consideremos la reciente decisión de Trump de retirar a Estados Unidos del acuerdo climático de París -decisión que enfrentó una condena generalizada por parte de líderes extranjeros, ambientalistas y muchos CEOs, que denunciaron la retirada de Estados Unidos del liderazgo global.
Tengo poca simpatía por los extremistas a ambos lados de esta cuestión: quienes piensan que el calentamiento global es una farsa y quienes utilizan el miedo a un inminente Armagedón para exigir una regulación gubernamental de la economía de mano dura. La mayoría de nosotros estaría de acuerdo en que deberíamos tener un conjunto de políticas realistas para abordar los riesgos potencialmente serios que el cambio climático va a plantear en el futuro, y a un costo razonable.
El acuerdo climático de París, por su parte, habría tenido un impacto mínimo en el clima, aun si cada país hubiera cumplido realmente con los objetivos de reducción de emisiones no vinculantes que se habían planteado. Los grandes países quemadores de carbón como China y la India pueden seguir emitiendo gases de tipo invernadero hasta 2030, lo cual atenuará cualquier reducción neta de las emisiones globales. Peor aún, los costos de este giro hacia los países en desarrollo recaerán sobre los estados productores de carbón y los sectores industriales de alto consumo de energía de las economías avanzadas, y esos costos estarán compensados en parte por energías renovables altamente subsidiadas.
En la década pasada, Estados Unidos ha reducido sus emisiones más que cualquier otro país, porque la revolución del fracking ha permitido que el gas natural económico sustituyera al carbón en la generación de energía, impidiendo al mismo tiempo un contragolpe en materia de precios contra las energías renovables. Esta tendencia continuará en el futuro previsible. Y, ahora que otros países empiezan a erradicar el carbón al producir o importar gas natural limpio y barato, también reducirán sus emisiones.
En el largo plazo, la única manera de limitar los serios problemas relacionados con el clima es desarrollar mejores estrategias de adaptación, tecnologías de captura y secuestro de carbono y fuentes de energía renovable que puedan alcanzar escala sin subsidios gubernamentales. Si bien los costos comerciales de la energía eólica y solar están bajando, estas tecnologías siguen necesitando fuertes subsidios y mandatos de uso cuando representan menos del 3% de la producción de energía global.  
Según el acuerdo de París, se supone que Estados Unidos y otros países ricos deben aportar 100.000 millones de dólares cada año para sustentar sistemas de energía limpia en países en desarrollo, inclusive muchos países que ya no serían considerados pobres. Si la historia sirve de guía, un porcentaje considerable de estos aportes será destinado a otros fines, o irá a parar a los bolsillos de funcionarios corruptos. Es más, es poco probable que el Congreso de Estados Unidos alguna vez hubiera asignado estos fondos por empezar, más allá de la decisión de Trump.
El ex presidente norteamericano Barack Obama solamente invocó autoridad ejecutiva para firmar el acuerdo de París (como lo hizo también con el acuerdo nuclear de Irán). Y mientras que las directivas presidenciales pasadas han sido reversibles, ya sea inmediatamente o en el lapso de un período muy breve, el compromiso que hizo Obama según el acuerdo de París tiene un proceso de retirada de cuatro años que es vinculante para su sucesor. Esta expansión radical del poder ejecutivo probablemente no habría podido superar un cuestionamiento legal.
Yendo más al grano, el acuerdo de París es un tratado y, por lo tanto, debería haber pasado por el Senado de Estados Unidos para su ratificación, lo que habría exigido una súper mayoría de dos tercios. En verdad, otros gobiernos que se sumaron al acuerdo hoy lo están sometiendo a sus respectivas legislaturas para una ratificación como tratado.
En términos de perspectiva, vale la pena recordar que el ex presidente norteamericano Bill Clinton nunca presentó el Protocolo de Kioto ante el Senado, en particular porque 95 senadores se habían referido a una "sensación del Senado" en contra del mismo. De manera que, cuando el presidente George W. Bush retiró a Estados Unidos de ese acuerdo, se basó en el mismo argumento que hoy está utilizando Trump para retirar a Estados Unidos del acuerdo de París.
Aun así, habría sido preferible que Estados Unidos hubiera permanecido en el acuerdo de París. Mantener sentado a la mesa le habría dado a Estados Unidos más apalancamiento en futuros compromisos y acuerdos, inclusive en otras cuestiones. Trump podría haber ajustado los objetivos de emisiones y los compromisos financieros "determinados nacionalmente" de Estados Unidos y, por qué no, haber aumentado las posibilidades de que el acuerdo de París obtuviera una ratificación del Senado.
Trump se ve a sí mismo como un gran negociador. Pero todavía está por verse si su estrategia de renegociación o retirada de acuerdos individuales resultará efectiva, fomentando o afectando la estabilidad geopolítica. Si la apuesta que está haciendo, un acuerdo por vez, no produce un efecto indeseado, podría definir una nueva doctrina para el rol de Estados Unidos en el mundo -por lo menos para la base de votantes marginados de la clase trabajadora.

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