Thursday, June 8, 2017

El vaquero libertario y poeta IX




REFLEXIONES LIBERTARIAS
Ricardo Valenzuela
Vallian se tira sobre sus colchas y mirando las estrellas piensa. Que hombre tan admirable y fuera de serie. Repasando la plática con don Julián, finalmente se queda dormido. Amanece y Vallian se deshace de un paño grande con el que cubriera su cabeza haciéndole frente al frio. Era el alba y se distinguía el contorno de la sierra. Enfrente y sobre la nieve de su flanco, la raya negra de un barranco, preciso como la talla de una piedra grabada. La luz aumenta y se extiende desde las cimas hasta los fondos de los valles, al principio toca la escarcha y luego, los contrafuertes de la sierra, algunos picos aislados y las hondonadas en dirección de las rocallosas; después se estira sobre las llanuras, a veces blancas, pero luego secas, doradas—una inmensa extensión de pasto maduro.

 
El desayuno está listo, anuncia el cocinero negro en inglés. La colcha que cubría a Vallian está tiesa y cubierta de finas espinas blancas. Los pinos también están blancos. Es el anuncio del invierno que viene en camino. Vallian se levanta y se dirige al riachuelo que los arrulló anoche con su canto claro. Para poder lavarse la cara, tiene que romper una capa de hielo. Uno de los vaqueros que había ido en busca de las bestias, regresa y proceden a amarrar los caballos para sentarse a desayunar. Después hay que enrollar las cobijas, ayudar a cargar las mulas y ensillar los caballos. Se lavan los trastes. El cocinero se sube a la mula que lleva cascabeles. El campamento ha sido levantado.

Hace frio a la salida pero, después de un par de horas cabalgando, tiene que enrollar el poncho  y amarrarlo en las enancas, pues el sol empieza a calentar. El paisaje es indescriptiblemente hermoso, una sucesión infinita de valles y cerros. Caminan sin ruido bajo las ramas, sobre un grueso tapete de agujas de pino. Unas plantas finas como el musgo, cubren las rocas húmedas cerca del agua. En los cañones, los álamos tocados por las heladas nocturnas, semejan masas de cobre rojo, golpean sus hojas al menor soplo de aire, con un musical ruido metálico. Los pastizales de grama madura, con reflejos de oro viejo, ondean en los valles, ricos y lustrados como los brocados renacentistas de los conventos mexicanos.  

Después de cabalgar toda la mañana, era la hora del almuerzo. El menú de nuevo ofrecía asado de guajolote, pero además, asado de conejo recién cazado, frijoles, tortillas de harina, y de postre piloncillo. Sin el clásico descanso después del almuerzo, continuaba la cabalgata hasta bajar por un cañón al anochecer, y se detienen cuando encuentran los tres elementos para un buen campamento: agua, leña seca y la hierba para las bestias. Se amontonan las ramas secas para la noche. Tenían tiempo todavía de pescar algunas truchas en las cañadas usando como carnada chapulines. Con suerte pueden pescar también algunos bagres. Don Julián, el más experto en esas campeadas, comentaba del menú, que tal vez en los siguientes días se pudiera cazar un borrego para tener pierna rostizada. Sin embargo, opina que la mejor presa se encuentra en los chaparrales de Sonora, el jabalí plateado.

Habiendo dispuesto de la cena, don Julián y Vallian se sentaban con sus sendos cafés con piquete, para iniciar una nueva conversación. Vallian, habiendo comprobado la profundidad de los conocimientos de don Julián, crecía la gran admiración que ya le tenía y, casi como alumno, quería seguir sacudiendo ese gran árbol de sabiduría. De inmediato lo fusila. Mire jefe—era el nuevo sobrenombre que cariñosamente le dedicaba—Yo toda la vida he pensado que, con la belleza de la libertad, no debería de haber oposición a ello. Y con rabia me doy cuenta que no solo existe, sino que cada día gana más terreno y los avances logrados se están perdiendo ¿Por qué jefe? No entiendo los novillos caminando alegremente al matadero. ¿Por qué don Julián?

Responde don Julián. Es importante explorar un poco de historia del cómo y por qué, este fenómeno se está desarrollando. En cierto sentido, a lo largo de la historia no han existido más que dos filosofías políticas: la libertad y el poder. En la primera se debería disponer de libertad total para vivir la vida como se desee, siempre y cuando se respeten los mismos derechos de los otros miembros de la sociedad. En la segunda, se debería otorgar a ciertos miembros de la sociedad la facultad de utilizar la fuerza, y obligar a otros para actuar de una forma distinta a la que erigirían si tuvieran esa libertad, la libertad de elegir.

No es de extrañar que la filosofía del poder haya seducido siempre mucho más, a quienes lo ejercen. Esa filosofía ha sido denominada de muchas formas: cesarismo, despotismo oriental, teocracia, socialismo, fascismo, comunismo, monarquismo, estado de bienestar etc. y las diferencias entre las bases de cada uno de esos sistemas, no han hecho sino sepultar sus principales similitudes. La filosofía de la libertad también ha sido denominada de varias formas, pero sus defensores siempre han coincidido en el respeto por el individuo. La confianza en la capacidad del hombre común para tomar decisiones acertadas sobre su vida, y la hostilidad hacia quienes recurren a la violencia para lograr sus objetivos. Y la mejor definición es la de Jefferson en los documentos de independencia.
Las dos vertientes principales del pensamiento occidental (griega y judeocristiana) contribuyeron a desarrollar el concepto de libertad. Y en las sagradas escrituras tenemos mensajes muy poderosos. Según el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel vivía sin rey ni autoridad coercitiva alguna, y se gobernaba en virtud de su acuerdo mutuo con Dios, sin recurrir a ningún tipo de fuerza. El libro primero de Samuel nos dice, los judíos fueron a ver a Samuel y le dijeron: “Danos un rey que nos juzgue y nos proteja como hacen las demás naciones”. Pero cuando Samuel transmitió a Dios la petición del pueblo judío, Dios respondió:
“Así será, y el rey que reinará sobre ustedes, se llevará a vuestros hijos a sus ejércitos para enviarlos a la guerra. Se llevará a vuestras hijas como sirvientas a su cocina. Les arrebatará sus campos y vuestras plantaciones de olivos, sus casas, para entregarlos a sus amigos y sus sirvientes. Y se llevará también el diezmo de vuestra semilla, vuestros viñedos y vuestras ovejas. Y vosotros seréis sus sirvientes sin derecho a protestar. Y ese día os lamentaréis de vuestro rey que vosotros mismos habréis escogido, y el Señor no escuchará vuestros lamentos ese día”.
Ese mensaje mata sietes, es una poderosa advertencia de lo que le esperaba a la humanidad si entregábamos nuestras vidas al poder. Y desgraciadamente es lo que ha venido ocurriendo durante los últimos 3,000 años.
A pesar de que el pueblo de Israel ignoró esta horrible advertencia e instauró la monarquía, el pasaje citado nos recuerda constantemente que los orígenes del Estado no se encuentran, bajo ningún concepto, en la inspiración divina. El impacto de la advertencia de Dios no sólo resonó en el antiguo Israel, sino que también ha llegado hasta los tiempos modernos. Thomas Paine (1737-1809) lo menciona en su ensayo Sentido común, para recordar a los americanos que, en los 3.000 años transcurridos desde los tiempos de Samuel, “los pocos reyes buenos” que le sucedieron, no pudieron borrar el pecado original de la monarquía. El gran historiador de la libertad, lord Acton (1835-1869), tras haber supuesto que todos los lectores británicos de este siglo XIX, estarían familiarizados con esta cita bíblica, se refirió por casualidad a la “trascendental protesta” de Samuel.
Si bien los judíos instauraron la monarquía, es probable que fueran los primeros en desarrollar la idea del sometimiento del rey a una ley superior. En otras civilizaciones, el rey era la ley, en muchos casos porque era considerado un ser divino. Por el contrario, los judíos declararon ante el faraón de Egipto y ante sus propios reyes que un rey sigue siendo un hombre, y que todos los hombres deben someterse a la ley de Dios.
Y llegamos a nuestros días mata sietes. Hace menos de 100 años los colonos americanos se rebelaron contra el poder. Querían formar una república comercial, sin monarquía, sin aristocracia, sin iglesias poderosas, sin ejércitos mercenarios. Una república en libertad, donde todos sus ciudadanos fueran iguales, pero iguales ante la ley. Todo ello bajo el manto de un gobierno pequeño que se dedicara solamente a proteger vida, libertad, propiedad, y garantizara el cumplimiento de los contratos.

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