Thursday, May 11, 2017

Peña y Trump comparten creencias

"No perdamos rumbo”, dijo el presidente Peña el 7 de mayo en Hunucmá, Yucatán. ¿Cuál es ese rumbo que no hay que perder?

Peña se refiere al de un gobierno “que cree en la empresa privada, en la libre competencia”, que hace todo por atraer inversiones y que dice estar confiado en que la desigualdad y la pobreza desparecerán cuando sea tanta la riqueza que se genere, que se derramará hasta los “menos favorecidos”.

La creencia básica de todo eso es en el mercado como único sistema eficaz, mientras opere sin alteraciones; pretender seguir un proyecto de desarrollo con un rumbo definido y con el que estuvieran en sintonía leyes, instituciones, programas y acciones políticas, es contrario a la lógica del mercado.

Bajo el predominio del mercado estorban los propósitos sociales de gobierno, y los instrumentos políticos y económicos para llevarlo a cabo sólo interferirían con la inalterable lógica mercantil.

El papel del gobierno es no alterar el funcionamiento del mercado y ser confiable -diría Peña- para las grandes inversiones. Para conseguirlo, debe limitarse a cosas como promover las privatizaciones, la liberalización comercial interna y exterior, la desregulación y la disciplina fiscal con reducción del gasto público (Este último punto le falló a Luis Videgaray cuando estuvo en Hacienda).

En lo básico, es lo mismo que persigue el populismo de derecha que representa Donald Trump: menos gobierno en la economía, más ventajas a las empresas y menos compromiso con el bienestar social.

En sus primeros cien días, el presidente estadounidense avanzó en la reducción de impuestos a las corporaciones, en restarles exigencias en regulación ambiental y en remplazar el Obamacare con algo que reducirá la cobertura del seguro y elevará el costo del cuidado de la salud a los más vulnerables.

México ha estado gobernado en los últimos treinta años bajo la lógica de que lo que importa en el desarrollo, son solamente las inversiones; el balance de esa visión de Estado en muchos países, que preocupa hasta al Banco Mundial y el FMI, es mayor desigualdad, mayor precariedad de los empleos y, por consecuencia de todo ello, muy bajo crecimiento de las inversiones y de la riqueza.

Ya va siendo hora de reconocer que el neoliberalismo es un fracaso y que la visión de Estado necesita volver hacia el bienestar social que, en una economía de mercado, sólo es sustentable en buenos empleos y mejores salarios.

México experimentó durante el siglo pasado, con notable éxito, el progreso económico sin descuidar el interés social. El Estado que entonces lo logró, no existe más y sin embargo, que se sepa, nadie en el Poder Ejecutivo, en el Legislativo o en el Judicial, está pensando cómo tendría que ser el Estado que pudiera conciliar el fomento a las inversiones con el interés general.

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