Thursday, May 18, 2017

Estoy Herido pero todavía puedo pelear (VII)



Al DF en busca de mi destino
Ricardo Valenzuela


 Después de cinco años de estudios, parrandas, famosos pleitos, e, inclusive, 12 peleas como boxeador profesional, todas ganadas noqueando a mis contrincantes. Después de casi un año en San Francisco estudiando ingles, parrandas, hippies, e infinidad de aventuras amorosas, regresaba a mi ciudad natal de Hermosillo. A base de presiones había conseguido mis padres me apoyaran en un importante negocio de compra—venta de ganado, y este ciclo llegaba a su final. Los graves enfrentamientos con ambos, mi padre y mi madre, eran cada vez más intensos, fue cuando decidí era hora de liquidar mi ganado y apuntar mi proa hacia otros mares.

A mis 23 años había manejado una compra—venta de ganado financiada por un importante banco, y ahora vendía el ganado para exportación, como siempre había sido el plan, y el proyecto me dejaba una ganancia de más de $50,000 dólares que a fines de los años 80 era una barbaridad, especialmente para un chamaco como lo era yo. El último enfrentamiento con mi padre había sido causado cuando, en el pueblo de Mazatán, me agarrara a balazos con los hermanos de una dama con la cual había tenido un largo idilio, y ellos no estaban muy felices de la forma en que había terminado. Mi presencia en Hermosillo ya olía mal, e inclusive, muchos de mis amigos me aconsejaban largarme y casi, casi me empujaban.

AQUÍ LE CEDIA LA PALABRA A MI BUEN AMIGO BOLIVIANO, EL ARQUITECTO CARLOS MOGRO, QUIEN GENTILMENTE SE OFRECIO PARA AYUDARME EN ESTA INTRIGANTE AVENTURA, COMO REDACTOR Y EDITOR. DESGRACIADAMENTE CARLOS FALLECIO Y ELLO ME OBLIGO A TOMAR DE NUEVO ESA RESPONSABILIDAD A LA MITAD DE ESTE PROYECTO.
   

Eran los primeros días de Enero 1989, Ricardo ya había vendido todo su ganado en la operación de compra venta que le tomara todo el año pasado, y con una buena suma de dinero, ya tenía sus planes bien estructurados para iniciar la nueva aventura de su vida; El trasladarse a la ciudad de Mexico para establecerse en esa bella metrópoli, y al mismo tiempo para hacer una maestría en Finanzas en la UNAM. Los últimos meses del año recién terminado, habían sido de mucho trabajo, pero también de muchas fiestas y parrandas. La relación con su padre era ya insostenible pues prácticamente no podían estar en el mismo lugar sin que se iniciaran las hostilidades. Debía de marcharse, y pronto

Ricardo súbitamente irrumpe en el clásico y aburrido medio día de la familia Valenzuela, pasa con una pequeña maleta de viaje entre sus dos padres que en esos momentos descansaban en la estancia casera. Su madre le pregunta; ¿a donde vas? Ricardo le responde; a México. Lo interroga de nuevo Doña Celia; ¿de vacaciones? No, responde Ricardo, voy a iniciar mi verdadera vida, y al mismo tiempo privarlos de la molestia de estarme viendo. Doña Celia y Don Ricardo se miran con extrañeza pero sin decir una palabra continúan con sus lecturas. Ya de salida su padre le dice; "aquí voy estar esperando que me avisen te mataron en alguna cantina. Con la furia en su cara Ricardo Responde; "En 10 años voy a regresar para ser Presidente del Banco Ganadero, como siempre se lo dije a mi tata. Eran los primeros días de Enero de 1969. Ya en la calle en un auto esperaban a Ricardo dos de sus buenos amigos para llevarlo al aeropuerto en donde se encontraría con otro de ellos; Ernesto Yberri, su compañero de aventuras durante los siguientes dos años en la ciudad de Mexico. 

Ernesto y Ricardo se saludan en el aeropuerto con el estilo bromista que siempre había caracterizado su relación, desde que estudiaron en el Tecnológico de Monterrey, solo unos años atrás. Se dirigían precisamente a Monterrey en donde Ernesto había dejado su automóvil al terminar sus estudios de maestría, y de esa ciudad planeaban trasladarse a la gran metrópoli de México D. F., en donde iniciarían sus vidas profesionales. El vuelo de Hermosillo a la ciudad de Monterrey les tomaría aproximadamente dos horas, con una escala en Chihuahua. Durante todo ese tiempo los dos jóvenes profesionistas harían planes, con gran entusiasmo y optimismo, de cómo conquistar ese gran trofeo del Distrito Federal. 

Al despegar el avión del viejo aeropuerto de Hermosillo, Ricardo se asoma por la ventanilla para observar su querida ciudad, y a los pocos minutos al este de la misma, tiene también la oportunidad de ver el rancho familiar que tanto representaba para él. Lo invade nostalgia y algo de tristeza. El último problema con su padre, Don Ricardo, había alcanzado proporciones ya serias tanto que Don Ricardo le había expresado su arrepentimiento de haberle dado su mismo nombre. Se sentía triste también al pensar que dejaba atrás a su novia, Suzette, una hermosa muchacha de Nogales, Arizona con la cual ya había formalizado su noviazgo con el anillo de compromiso que le entregó solamente unos días antes durante la Navidad. Él sentía que tal vez la estaba haciendo perder tiempo, pues su futuro en ese momento era incierto.

Se sentía triste y frustrado puesto que los últimos meses habían sido de gran desorden, parrandas, escándalos, enfrentamientos con su padre. Pero más frustrado que triste al haberse dado cuenta que la promesa de su primo Arcadio Valenzuela, quien ahora encabezaba el Banco Ganadero, de darle una oportunidad en el mismo, no se había concretado. Esto lo afectaba en forma especial porque su primo Arcadio, siendo mas de 10 años mayor, era uno de los héroes de su niñez, alguien a quien siempre había admirado profundamente. El pensamiento de que su primo lo hubiera engañado, lo hacía sentirse decepcionado y triste. Sin embargo, Ricardo no tenía idea del papel tan importante que representaría su primo en el futuro que ya lo esperaba, entre las sombras de ese horizonte al ahora iba a su encuentro.

La pareja de amigos cruzaban el país en este vuelo casi de costa a costa, en medio de un México que se preparaba a despedir la década de los 60s que tantos cambios habían acarreado consigo a nivel mundial, y que desafortunadamente para nuestro país, marcaría el final de una etapa que, durante los siguientes 15 años, los mexicanos recordaríamos con gran frustración, dolor y nostalgia. El Presidente Díaz Ordaz se encontraba en la última etapa de su administración que desde el punto de vista económico era a luces de todo mundo, un rotundo éxito. La inflación permanecía controlada prácticamente a los niveles de la de los EU; el crecimiento de la economía se situaba en 7%, los intereses razonables, desempleo inexistente, el peso firme, la deuda externa era de 3 billones de dólares, en fin, el “desarrollo estabilizador” en todo su apogeo.

Sin embargo, la obra de Díaz Ordáz desafortunadamente se teñía de sangre ante los acontecimientos del año anterior. El gobierno federal había reprimido el movimiento estudiantil encabezado por el Consejo Nacional de Huelga, en los eventos que culminaron con la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en el barrio de Tlatelolco. El Consejo Nacional de Huelga—a quien todo mundo identificaba como camorristas de la UNAM--- había iniciado un movimiento de protesta que amenazaba con desestabilizar el país, e inclusive ponía en duda la celebración de los juegos olímpicos de ese año que se deberían de llevar a cabo en nuestro país. Aun cuando los orígenes y los líderes de tal movimiento eran de ideología marxista tan de moda en esos años, se identificaba también con el deseo nacional reprimido por una apertura democrática que definitivamente en México no existía.

Ricardo no se imaginaba el mundo tan diferente que le esperaba, a lo que él en esos momentos percibía después de haber hecho todos sus estudios en colegios privados, y al haber recibido títulos en economía y administración de empresas en tal vez la Universidad mas exclusiva y conservadora del país; el Tecnológico de Monterrey. La década que estaba por terminar se había distinguido por una revolución cultural y cambios drásticos en los valores de las sociedades a nivel mundial. Era la década de la guerra de Viet Nam que tanto dividía a los americanos y al mundo en general, la década del asesinato del Presidente Kennedy y su hermano Bobby cuando él también buscaba la presidencia. Era la década de The New Society de Johnson en los EU que lanzaba a ese país a una espiral socialista que años después se tendría que corregir con gran dolor, solo para repetir el regreso al socialismo una y otra vez.

Sin embargo, en los EU en unos cuantos días tomaría posesión como el nuevo presidente, Richard Nixon, el primer mandatario republicano después de dos administraciones demócratas. La guerra de Viet Nam había destrozado al presidente Johnson, física y moralmente de tal forma que, no había aceptado ofrecer su candidatura para un segundo término. El asesinato tan cuestionado—en cuanto a sus investigaciones—del presidente Kennedy, había provocado una nueva actitud en la sociedad americana de pérdida total de la confianza en su gobierno, y muy particularmente en el partido demócrata. Nixon, era ahora la gran esperanza de reconciliación, pero sobre todo, la gran esperanza para finalizar el doloroso conflicto de Viet Nam que ya costaba mas de 50,000 vidas.  

Después del largo vuelo finalmente los dos amigos arribaban a la ciudad que los había acogido en sus años de universitarios y a la que tanto querían. Monterrey se presentaba ante sus ojos esa noche con su gran resplandor de lo que era; una gran metrópoli y tal vez el único bastión del verdadero capitalismo—un capitalismo tan especial como Ricardo años después descubriría—en un México que ya se enfilaba hacia los años 70, años que pondrían a prueba el alma y la reciedumbre de todos los mexicanos. Ricardo siempre había admirado la labor de los regiomontanos y muy particularmente al Patriarca de la ciudad; Don Eugenio Garza Sada a quien había tenido la oportunidad de conocer en sus años de estudiante, en los que seguido se iba a las instalaciones del Tec. de aventón con Don Eugenio cuando este asistía a las juntas de Consejo. Le impresionaba como siempre lo reconocía y lo llamaba por su nombre. Ese semestre en el cual don Eugenio una vez a la semana le daba aventón al Tec, los recordaría Ricardo como mas productivos que sus 5 años de estudios profesionales

La estancia de dos días en Monterrey le permitió a Ricardo recordar los felices tiempos de estudiante. Recorrió de punta a punta la ciudad y los lugares que tantos recuerdos le traían. El centro con su flamante Plaza Zaragoza, el café de Sanborn’s en donde tantas horas había dedicado a sus platicas de café con sus amigos, el Hotel Ancira en donde seguido se reunía también con sus amigos pero para ingerir cantidades industriales de cerveza Bohemia. Ya no existía en Bar Imperial, sitio de su primera parranda cuando arribó a la ciudad apenas a sus escasos 16 años. En compañía de Ernesto recorrieron durante una tarde entera el barrio del Obispado, con sus consiguientes vueltas a la Plaza de la Purísima que ya no era lo que ellos habían conocido. Finalmente cerraron su corta estancia en esa imponente ciudad, con una buen milanesa del restaurante Flores que tanto los favoreció como estudiantes. 

Ambos jóvenes profesionistas se reian cuando, al aparecer en todos esos lugares, los comesales o visitantes que se encontraban en ellos, susurraban unos a otros; mira, ese es el Chero Valenzuela, alguien que hizo historia en los años que deambuló en esta ciudad. Se dice que ha sido el estudiante mas desmadriento en la historia del Tec. Y lo mas curioso, terminó dos carreras y el unico problema que tuvo con el Tec, fue cuando lo corrieran del internado por faltar a dormir durante cinco dias seguidos. 

Al día siguiente los dos jóvenes se enfilan en el auto de Ernesto hacia su destino; la ciudad de México. Ambos, según ellos, zarpaban con un arsenal sin duda suficiente para conquistar esa babel que era el centro del poder de un México ya viejo y cansado de tantos años de patriarquismo, del monótono avanzar del priismo revolucionario. Ambos eran jóvenes, inteligentes, portaban títulos del Tecnológico de Monterrey, eran altos—, eran bien parecidos, sus nombres eran reconocidos en cualquier parte del país como de “familias conocidas de Sonora,” y aun cuando en esa época no existía el término, a estos jóvenes aventureros se les podría haber etiquetado como YUPIS, palabra para hoy en día describir a la mayoría de ejecutivos de Wall Street como jóvenes, solteros, profesionales y con gran futuro.

Les tomó prácticamente todo el día el recorrer la distancia de mas de 1000 Km. que separan a la ciudad de Monterrey del Distrito Federal. Durante las más de 10 horas de viaje, los dos esbozaban uno al otro sus agresivos planes para conquistar el mundo. Después de haber recorrido los estados de San Luis Potosí y Querétaro, finalmente, desde una loma a la entrada del Valle de México, divisan la imponente ciudad. Ambos jóvenes sienten un fuerte escalofrío recorrerles el cuerpo, la respiración se torna mas agitada, el corazón les palpita con mas rapidez. Finalmente el sueño de su niñez, después de su adolescencia y la primera parte de su juventud—el arribar y conquistar la misteriosa ciudad de México—ha iniciado la primera etapa de su desarrollo. Hacen un alto en el camino para poder realmente apreciar el panorama, sonríe uno al otro, se dan la mano e inician la etapa final del ansiado viaje.

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