Thursday, May 25, 2017

Lutero, 500 años después: protestantes, capitalistas y ateos


A principios del siglo XX Max Weber escribió un célebre libro en el que se preguntaba por los orígenes del capitalismo y los vinculaba con los principios éticos de la Reforma. ¿Tenía razón?

Foto: Joseph Fiennes encarna al cerebro de la Reforma en 'Lutero' (2003)
Joseph Fiennes encarna al cerebro de la Reforma en 'Lutero' (2003)

Hace quinientos años justos, en 1517, en un remoto pueblo del este de Alemania, se inició la penúltima gran revolución religiosa en Europa. Y quizá, solo quizá, se pusieron las bases para la fundación del capitalismo. En 1517, un agustino alemán de treinta años llamado Martín Lutero, que no había destacado particularmente como profesor universitario, se levantó contra la iglesia católica. En esa época se habían vuelto muy habituales las indulgencias, unos certificados emitidos por la iglesia, a cambio de dinero, que reducían el castigo por los pecados cometidos por el pagador. Con ese dinero, la iglesia construía templos, pagaba a sacerdotes y conservaba su asombroso patrimonio cultural.



Poco antes, en un intento de conseguir más fondos, la iglesia también había empezado a aceptar pagos para reducir las penas de personas ya fallecidas que supuestamente se hallaban en el purgatorio, por lo que cada vez más los familiares corrían a pagar para que sus parientes muertos ascendieran más rápidamente al cielo y se ahorraran sufrimientos.
El agustino no pudo tolerar esta práctica, que le parecía un escándalo y contraria a la doctrina cristiana, y redactó 95 tesis -breves fragmentos que cabían en un pedazo de papel- en contra de las indulgencias. Como era costumbre en esa época en las ciudades universitarias para anunciar disputas teológicas, es probable -no seguro- que el religioso clavara el papel en la puerta de la principal iglesia de Wittenberg, donde todo el mundo pudiera verlo.

Una revolución teológica

Esta revolución, llamada la Reforma, tenía muchísimas implicaciones teológicas, y no soy la persona más adecuada para explicarlas (la biografía de Martín Lutero del profesor de teología Thomas Kaufmann publicada recientemente por la editorial Trotta, o la de Lyndal Roper, que en unos días publicará Taurus, son buenas guías para entenderlas). Pero, en términos generales, suponía una crítica a lo que se consideraba una inmensa corrupción de la iglesia católica romana y a la infalibilidad papal, y una defensa de las ideas centrales basadas en que la fe (sola fide) era la única justificación religiosa y que la Biblia (sola scriptura) era la única fuente autorizada en cuestiones de creencias y moral.
'Lutero'. (Taurus)
'Lutero'. (Taurus)
Los protestantes, con Lutero a la cabeza, defendían además que la lengua vehicular de la religión fuera la de la gente, es decir, no el latín sino, en su caso, el alemán. Una de las razones por las que la Reforma adquirió una enorme fuerza fue que se sirvió de la aún reciente invención de la imprenta para producir decenas de miles de ejemplares de la Biblia (con traducción del propio Lutero) e infinidad de panfletos religiosos en alemán, que circulaban a gran velocidad entre unos creyentes cada vez más alfabetizados y capaces de leer en su propia lengua, pero difícilmente en latín.
Demos un salto. Casi cuatro siglos más tarde, en 1904 y 1905, un sociólogo también alemán, Max Weber, escribió un célebre libro en el que se preguntaba por los orígenes del capitalismo y los vinculaba con los principios éticos del protestantismo. El libro se titulaba 'La ética protestante y el espíritu del capitalismo' (Alianza) y tuvo una enorme influencia entre los intelectuales posteriores que pretendían entender el capitalismo.
Según Weber, la ética protestante, y en especial la del calvinismo, se basaba en la austeridad, el trabajo duro, el ahorro y la inversión
Según Weber, la ética protestante, y en especial la del calvinismo, una rama del protestantismo, se basaba en la austeridad, el trabajo duro, el ahorro y la inversión, la creación de riqueza y la necesidad de que los creyentes se centraran en mejorar en el mundo presente y material, en lugar de pensar exclusivamente en las recompensas de la otra vida. Todo esto tiene muchas implicaciones teológicas que, de nuevo, no sabría explicar del todo, pero que apuntaban que la actividad humana, el trabajo bien hecho, el rigor con las cuentas, eran en sí mismas una actividad religiosa, además del rezo o la contemplación. El propio Weber era consciente de que esto era una explicación solo parcial (también era una refutación del materialismo marxista, que ignoraba o desdeñaba las ideas espirituales en su estudio del capitalismo).
Pero a pesar de ello esta interpretación cundió; especialmente, como pueden imaginar, entre los capitalistas de religión protestante, que veían en ella una afirmación de que su ética era superior, o al menos más productiva, que las de los demás. Hoy día, sigue siendo una interpretación interesante, pero no sé cuánto crédito hay que darle.

¿La ruina del capitalismo?

Demos otro salto. Años sesenta del siglo XX. El capitalismo estadounidense genera riqueza sin parar, pero ya es un capitalismo distinto. Las élites protestantes siguen enfrentándose al comunismo porque lo consideran una negación absoluta de los principios individualistas de su religión, según los cuales (estoy simplificando) debes labrarte tu provenir y no vivir a expensas del esfuerzo de los demás. Pero algo está pasando y lo detecta el también sociólogo Daniel Bell, un intelectual interesantísimo que dio bandazos ideológicos, pero coherentes en sí mismos, desde una especie de socialdemocracia a un neoconservadurismo sofisticado. En 'Las contradicciones culturales del capitalismo' (Alianza), de 1976, Dell asume que el capitalismo es un sistema basado en el rigor, la austeridad de las personas y del gobierno, la modestia de las costumbres y la responsabilidad en las cuentas. Pero ve dos cosas que le asustan, porque le parecen incompatibles con el espíritu capitalista.
'Las contradicciones del capitalismo'
'Las contradicciones del capitalismo'
Por un lado, cada vez más, el gobierno asume gastos insensatos para salvaguardar las vidas de gente que quizá sea pobre porque no es muy responsable, o lo suficientemente austera y racional en su manejo del dinero; se trata de un estado del bienestar que no premia las conductas responsables y el trabajo, sino que pone impuestos a la gente con esos comportamientos para financiar a los que incumplen.
Por el otro, el capitalismo es cada vez menos austero y más hedonista; el trabajo ya no es considerado -sobre todo por los más jóvenes, era el tiempo de los posthippies y la contestación anticapitalista- una muestra de virtud sino una lata de la que hay que escapar, y la acumulación de dinero ya no se interpreta como una recompensa a la virtud, sino como un medio para gastar sin tasa y con extravagancia. Para Bell, esta contradicción del capitalismo moderno con sus orígenes amenazaba con acabar con él, con derruir el sistema y la civilización.
Nos chifla hacer tesis y más tesis sobre el capitalismo y su fin. Pero es un sistema que parece asombrosamente resistente
No sé si Weber se equivocó, pero Bell sí lo hizo. El capitalismo es de los fenómenos humanos más sobreinterpretados de todos los tiempos, y a los intelectuales les (nos) chifla hacer tesis y más tesis sobre su origen, su carácter y su destrucción final. Pero también es un sistema que parece asombrosamente resistente.
Naturalmente, al clavar sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg hace quinientos años, Lutero no pretendía generar un nuevo sistema económico, pero quizá lo hizo. Y si fue así, su éxito, además de asombroso, fue completamente inesperado.
He escrito antes que el protestantismo fue la penúltima gran revolución religiosa de Europa. La última es, por supuesto, la expansión del ateísmo. Bell, de manera indirecta, creía que eso podía acabar con el capitalismo. No se lo crean.

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