Wednesday, May 3, 2017

Llegó la factura

Federico Reyes Heroles 
 
La Academia acierta. Egoísmo: aprecio excesivo de una persona por sí misma. La consecuencia lógica en la visión del mundo de un egoísta es que los demás son lo de menos. Si el egoísmo aplicado a las personas es dramático, para una nación puede ser devastador. Nos llegó la factura del egoísmo de los últimos tiempos.

Pocos ponían en duda las desviaciones del sistema autoritario que nos gobernó por más de medio siglo. Pero tampoco el fenómeno era complejo: social, económico, cultural y, por supuesto, de la estructura política. Complejidad porque el autoritarismo priista obtuvo un alto crecimiento económico por un periodo prolongado con generación de bienestar, estabilidad política, movilidad social ascendente, por eso perduró. Todo es cierto, sostenido en estructuras no democráticas. Le llegó su hora. La alternancia fue ascendiendo desde los municipios hasta que en 2000 le tocó al Ejecutivo federal.



Setenta años de corrupción y mal gobierno fue la tesis que consiguió el cambio. La caricatura vendió muy bien. La expectativa de la alternancia era altísima y la gestión de Fox tuvo logros importantes: la primera versión del Sistema Nacional de Acceso a la Información Pública, estabilidad económica, apertura comercial. Pero Fox fue víctima de la propia mecánica —la caricatura— que lo llevó al poder. Como no estuvo a la altura de las expectativas creadas, él mismo pasó a ser parte de ella. Muchos lo criticaron por no modificar las “estructuras autoritarias”. ¿Podía hacerlo en seis años?
El hecho es que en la campaña de 2006 la cantaleta simplona amplió sus horizontes. Setenta y seis años de corrupción y mal gobierno, la alternancia no sirvió de nada. Nueva inyección de veneno ahora de la izquierda, veneno que se va acumulando. PRI y PAN son la misma porquería. Seis años después, en 2012, ese discurso se radicalizó: todo lo que viene del pasado no sirve de nada, hay que refundar a México. Las corruptelas, por supuesto de priistas, pero también de panistas y perredistas y aledaños, fueron muy útiles al veneno. La ponzoña se potencializó. El Señor de las Ligas, los contratos, los ocultamientos, etcétera. Un joven mexicano que votó por primera ocasión en el año 2000 a los 18 años, votará —si es el caso— en 2018, a los 36, envenenado. Seguramente tendrá una familia, un empleo, pero lo único que habrá escuchado al ir a votar es que México es una vergüenza en todo. Ése es el ánimo, por eso a México ya no le sirve sólo el cambio de partidos, lo que necesita es redentores.
Pero entonces cómo explicar a la decimosegunda economía del mundo, campeona en exportaciones igual de automóviles que de productos agroalimentarios. Qué decir de la novena potencia turística, del país que ha logrado llevar electricidad casi al 100% de la población, agua al 96.1 por ciento. ¿Quién construyó ese país si todo es una porquería? El aparato educativo, con todos sus defectos, tiene en primaria cobertura universal, en secundaria está por alcanzarse. La educación media superior ya logró —muy buena noticia— el 82% de cobertura. Claro que hay deficiencias, en educación superior y en inversión en ciencia y tecnología. La seguridad es una pesadilla y las corruptelas en todos los frentes avasallan. Por eso la caricatura se repite: nada que rescatar. El señor de la sonrisita cínica, AMLO, que nunca ha podido explicar ni al de las ligas ni ahora las bolsitas, vamos, ni siquiera sus ingresos, se siente con autoridad para escupir en nuestra historia. ¿Pura oscuridad?
El resultado de la estrategia egoísta quedó plasmado en una encuesta reciente de El Financiero realizada por Alejandro Moreno. La credibilidad de los mexicanos está destrozada. Un 71% no cree en los medios de comunicación, que antes estaban en la parte media de la tabla; las redes sociales no salen mejor, 67% no les cree; la sociedad civil —ese ángel redentor— goza de la incredulidad del 73% de los mexicanos; el Inegi sale mal; el gobierno se arrastra en esto, sólo el 11% le cree, saque usted la cuenta. El desprestigio de la clase política, todos los colores incluidos, llega al 89 por ciento. Podemos ya imaginar el lodazal que propiciarán las campañas. El debate del Estado de México fue una muestrita. El escepticismo es tal que 68% de los mexicanos afirma que, aunque los políticos digan la verdad, la gente no les cree. Ahora el pasado ya no es criatura exclusiva del PRI. Hay varios involucrados. ¿Qué hacemos?
En qué creer, si la política no es el medio para dirimir diferencias y encauzar la gobernanza, por dónde debemos irnos. Las caricaturas y las sistemáticas inyecciones de veneno han ahogado la posibilidad de leer la realidad, han destrozado cualquier credibilidad en las instituciones. Peor aún, ya hirieron de muerte a la esperanza en la construcción de un futuro mejor. ¿Y ahora?

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