Wednesday, May 3, 2017

¿Le entregará el PAN las llaves de Los Pinos a AMLO?

Leo Zuckermann

Los panistas están divididos. De eso no hay duda. La duda es si podrán unirse en torno al que vaya a ser su candidato o candidata en 2018.
En esto de la vida interna de los partidos políticos aplica el famoso dicho de “ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre”. Un partido en el que no hay divisiones ni debates no es un verdadero partido: es un instrumento de la élite que lo domina. Un partido muy dividido que se la pasa discutiendo sin llegar a resoluciones que todos disciplinadamente respetan tampoco es un verdadero partido: es una tertulia que no aspira a gobernar nada. Un partido real es aquel en el que hay diferencias que se debaten, se resuelven institucionalmente y todos acatan la resolución trabajando en unidad.



Históricamente, el PAN era un verdadero partido antes de llegar al poder en el 2000. Había divergencias de opinión que se ventilaban en interesantes debates. Muy distinto a lo que ocurría en el PRI, que era un mero instrumento electoral del Presidente. Las asambleas priistas, salvo un par de ellas, eran aburridísimas: los delegados se dedicaban a exaltar las decisiones del jefe del Ejecutivo en turno.
El PRI, en este sentido, se parecía al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) con la diferencia que su líder cambiaba cada sexenio. Una anécdota pinta de cuerpo entero este tipo de instrumentos legitimadores de regímenes autoritarios. Cuando Nikita Jrushchov finalmente se afianzó como sucesor de Stalin en la URSS, denunció los abusos, excesos y crímenes de su antecesor en una asamblea del PCUS. En medio del discurso, alguien de la audiencia gritó: “Camarada Jrushchov, ¿y dónde estaba usted cuando ocurrían esas barbaridades?”. El nuevo líder demandó que se levantara de inmediato el que había dicho eso, pero nadie se paró. “Ahí, camarada, al amparo de la oscuridad estaba yo como usted”, remató Jrushchov.
Así eran los priistas frente al Presidente en turno: unidos en torno a su jefe. No así los panistas, quienes sí aireaban y debatían sus diferencias. Algo queda, por fortuna, en el PAN actual de esa tradición. La pregunta es si, después de debatir, los diferentes grupos llegarán a un acuerdo que todos respetarán; si podrán procesar institucionalmente sus divisiones internas.
Se ve difícil por lo que observamos en días pasados durante el Consejo Nacional de ese partido. El expresidente Calderón, de nuevo, amagó con renunciar a su militancia panista. El grupo calderonista está molesto por la percepción de que el dirigente nacional del partido, Ricardo Anaya, está utilizando su puesto para imponerse como el próximo candidato presidencial del PAN, dejando en el camino a Margarita Zavala. El tercer posible candidato, Rafael Moreno Valle, quien está gastando un dineral para darse a conocer en el electorado nacional, sin que ninguna autoridad investigue de dónde sale tanto dinero, tiene la misma queja en contra de Anaya. Por su parte, el joven dirigente insiste en que hay que dejar pasar las elecciones de este año para luego proceder a definir las reglas de la elección interna de su candidato presidencial.
El hecho es que los panistas están divididos. De eso no hay duda. La duda es si podrán unirse en torno al que vaya a ser su candidato o candidata. Reitero: se ve difícil. Si el candidato es Anaya, el grupo calderonista, incluyendo a Felipe, pensará que le quitaron la candidatura a Margarita a la mala; que ella iba arriba en las encuestas y, ya sea por manipulación del padrón de militantes, por las ventajas que tuvo el dirigente del partido o por ambas, la competencia fue dispareja. Los otros aspirantes presidenciales, heridos en su orgullo, seguramente creerán lo mismo: que Anaya ganó a la mala.
Es exactamente lo que le pasó al PRI con Roberto Madrazo en 2006. Todos los aspirantes perdedores se quedaron con la impresión de que el tabasqueño había utilizado la dirigencia nacional partidista para quedarse injustamente con la candidatura. Muchos de ellos bajaron los brazos en la elección: no trabajaron activamente para que el PRI ganara. Divididos, los priistas cayeron al tercer lugar en 2006.
¿Y si gana Margarita la candidatura? La verdad no sabemos cómo reaccionaría Anaya y el grupo que lo apoya. En su meteórica carrera política, el queretano más bien se ha acostumbrado a ganar. Es más durito que bonito: no se tienta el corazón para demoler a políticos de peso como Gustavo Madero o Manlio Fabio Beltrones.
Bien por el PAN por ser un partido auténtico en el que se ventilan y debaten sus diferencias. Mal si no logran ponerse de acuerdo y salir para lo que viene en 2018. Con un PRI con pocas posibilidades de ganar la Presidencia, según se aprecia en las encuestas, los panistas le estarían haciéndole un gran favor a López Obrador entregándole las llaves de Los Pinos al candidato de Morena.

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