Monday, May 1, 2017

La política de guerra de Trump en Siria

Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords. The author of a three-volume biography of John Maynard Keynes, he began his political career in the Labour party, b… read more

LONDRES – La última palabra en relación con el ataque con armas químicas en Khan Sheikhoun (provincia de Idlib, Siria) del 4 de abril, que dejó 85 muertos y una cifra estimada de 555 heridos, todavía no está dicha. Pero tres puntos, sobre la responsabilidad por el ataque, la respuesta militar de Estados Unidos y el efecto del episodio sobre el curso de la guerra civil en Siria, deben quedar claros.
En primer lugar, todos los gobiernos mienten, no por naturaleza, sino cuando les conviene y piensan que pueden hacerlo impunemente. Todo intento de establecer la verdad de lo sucedido debe basarse en esta premisa. Un buen punto de partida es que los gobiernos democráticos mienten menos que los regímenes autoritarios, porque les es más difícil hacerlo impunemente. De modo que la explicación del presidente ruso Vladimir Putin es preferible a la del presidente sirio Bashar al-Assad, y la del presidente estadounidense Donald Trump a la de Putin.

Assad dijo que la masacre fue un “invento”. Putin, en cambio, admite que sucedió, pero asegura que el arsenal de armas químicas estaba en territorio controlado por los rebeldes y que la liberación de los compuestos tóxicos fue deliberada (para desprestigiar al régimen) o accidental, como consecuencia de los bombardeos del gobierno. Finalmente, el gobierno de Trump señala pruebas concluyentes de que el de Assad planeó y ejecutó el ataque. Los tres piden una investigación “objetiva” de las circunstancias del “evento”, pero difieren en el carácter de esa “objetividad”.
Si bien las pruebas a las que alude Trump no se han hecho públicas, creo que lo más probable es que hubo un ataque con gas sarín y que fue ordenado por el régimen de Assad. Pero hay margen para la duda. Suponiendo que Assad no es completamente irracional, un ataque con gas sobre algunos rebeldes (y sobre civiles) ofrecía una ventaja militar tan pequeña que no compensaba el efecto probable en la opinión internacional, la mala posición en que dejaría a Rusia (aliada del régimen) y el peligro de provocar una respuesta estadounidense. Además, para justificar la invasión de Irak en 2003, Estados Unidos (y el Reino Unido) presentaron pruebas igualmente “concluyentes” de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva, que resultaron falsas. Y el incremento del “Estado de seguridad” aumenta la capacidad de los gobiernos democráticos de mentir impunemente.
El segundo punto es que Trump puso de manifiesto su inestabilidad psicológica. Después de proclamar una y otra vez que su objetivo como presidente era reparar la economía estadounidense, no hacer de gendarme del planeta, y advertir reiteradamente a Obama que no se metiera en una guerra declarada en Siria, hace precisamente lo contrario al lanzar 59 misiles Tomahawk contra una base aérea siria, tres días después de la masacre de Khan Sheikhoun. Puede que lo conmocionaran las imágenes de niños muertos y moribundos por TV, algo de lo que se informó abundantemente, pero hace mucho que hay evidencia visual de la brutalidad de Assad.
Tanto si su respuesta fue emocional, producto de la frustración por el fracaso de sus medidas de política interna, pensada para atemorizar a Corea del Norte o una mezcla de las tres cosas, coincide con lo que el psicólogo y premio Nobel Daniel Kahneman denominó “sistema 1” de pensamiento: la tendencia a reaccionar impulsivamente ante problemas complejos, cuando lo que se necesita es un análisis más cuidadoso (sistema 2).
La impulsividad de Trump es material para pesadillas, no sólo porque lo vuelve manipulable por actores con agendas mejor estudiadas, sino también por la cantidad de juguetes mortales que Trump tiene a su disposición. Compárese su respuesta impulsiva al ataque con sarín con la muy estudiada reacción del presidente John F. Kennedy y de sus asesores en octubre de 1962, cuando Nikita Khrushchev instaló los misiles nucleares en Cuba.
El tercer punto es que la declaración en Moscú del secretario de Estado, Rex Tillerson, de que “el reinado de la familia Assad está llegando a su fin”, no tiene sentido. De los 16 millones de sirios que permanecen en Siria, el 65,5% vive en territorio controlado por el gobierno. A menos que Tillerson tenga en mente una política encubierta para eliminar a Assad mediante asesinato o golpe de Estado, insistir en su salida del poder como condición para una solución política en Siria equivale a prolongar la guerra civil: más apoyo armado para la oposición implica más respaldo ruso para el régimen.
En cualquier caso, la política estadounidense (si la hay) es una política de guerra, sin límite de tiempo y con consecuencias incalculables. Como expresó muy cautamente el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos tras el ataque con Tomahawk: “Si parece que Trump está en camino de alcanzar una política equilibrada, lo cierto es que su impulsividad, su ignorancia de los asuntos internacionales, su naturaleza asistemática, su carácter conflictivo y su orientación ‘transaccional’ impiden probablemente la consolidación de una ‘doctrina Trump’ distintiva”.
Una política exterior prudente es completamente diferente de una respuesta “proporcional” a un hecho concreto, porque implica saber qué fines se buscan con los medios elegidos. Es decir, la política exterior demanda pensamiento estratégico. Trump no ha dado señales de poseerlo; de hecho, su impulsividad plantea el riesgo de crear en Siria un pozo mucho más hondo donde caigan Estados Unidos, Gran Bretaña y Rusia.
En 1903, un estudiante de la Universidad de Cambridge, un tal John Maynard Keynes, escribió un ensayo sobre el filósofo conservador Edmund Burke, que incluye una joya de sabiduría para nuestro tiempo. Dice Keynes: “Además del riesgo que supone cualquier método de progreso violento, hay otra cuestión que a menudo es necesario recalcar: no basta que el estado de cosas que buscamos sea mejor que el que lo precedió, sino que debe ser suficientemente mejor para compensar los males de la transición”.

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