Wednesday, May 3, 2017

La batalla en contra del populismo será larga y muy difícil

Tal cual

Ángel Verdugo
 
Lo visto en Reino Unido con el Brexit y en EU con la victoria de Donald Trump son apenas las primeras batallas de una guerra —incruenta— de las ideas.

Mucho bien nos haría dejar de lado toda ilusión al respecto. Lo visto en Reino Unido con el Brexit y en Estados Unidos con la victoria y consecuente llegada de Donald Trump a la Presidencia de su país son apenas las primeras batallas de una guerra –incruenta por supuesto– de las ideas; una guerra prolongada que deberá desembocar y concretarse en un profundo cambio cultural.
Este cambio deberá ser aceptado de manera voluntaria y convencida por millones de ingleses, estadunidenses, franceses, italianos, austriacos, polacos, alemanes, y por los habitantes de decenas de países en el mundo.



Hoy, años y años de pifias y evadir las responsabilidades más elementales por parte de los políticos en casi todos los países, en relación con la inevitable globalidad e interdependencia de las economías, ha fortalecido una visión negativa de ella y estimulado –como consecuencia natural de la ignorancia y del simplismo propio de quienes, ignorando un tema pontifican acerca de él–, el rechazo del libre comercio, el multilateralismo y la interdependencia para abrazar el nacionalismo y una visión casi autárquica.
De la misma manera, esa ignorancia tiene efectos perversos en la parte que tiene que ver con las relaciones humanas; el racismo y la xenofobia –junto con la intolerancia hacia el ajeno y sus visiones culturales y religiosas–, lograron legitimarse entre millones de aquéllos que, en vez de entender que sus problemas estructurales son resultado de leyes obsoletas o incompletas –cuando no de políticas públicas erradas y/o demagógicas–, pretenden hoy echar las culpas en el ajeno y también, ¿por qué no?, en las organizaciones multilaterales y los organismos que gobiernan en éste o aquel bloque económico o militar.
Cambiar esta mentalidad, esta forma de ver el mundo en los tiempos que corren y en los que correrán los próximos 50 o 100 años, exigirá primero, de la clase política de los países, un convencimiento profundo de la necesidad de demostrar –con hechos– a los habitantes de sus países, las bondades y utilidad, así como de la inevitabilidad del libre comercio, la interdependencia y las economías abiertas.
Una vez logrado esto, viene la parte más difícil: cómo explicar para convencer a miles de millones de habitantes en el planeta de aquello que hoy es rechazado en no pocos países. ¿Cómo convencer a decenas o centenas de millones de adultos mayores, de que eso que piensan es una tontería y representa, para decirlo claro, el peor daño que su país sufriría de insistir en esa visión cerrada y proteccionista?
Todo eso que hoy vemos en no pocos países en el mundo, ¿es lógico que sea replicado en México? ¿En verdad el futuro de las generaciones que vienen, será tan negro como muchos nos afirman hoy? ¿Acaso no hay remedio y, de haberlo, cómo podríamos concretarlo, hacerlo realidad? ¿Acaso con ese voluntarismo acedo que suele fascinar a nuestros políticos? ¿Será suficiente aquello de echarle ganas?
La construcción de ese mejor futuro no será cosa fácil ni rápida; el cambio a promover generará fuertes resistencias. Primero, de los que han obtenido durante años privilegios mil, y segundo, de la clase política en muchos países quienes, tampoco querrán perder los privilegios hechos al amparo del poder.
La tarea no será fácil; los menores de 60 años tendrán que entenderlo lo más pronto posible, y empezar a trabajar para aspirar a construir un mejor futuro, ya no para ellos, sino para los suyos.

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