Tuesday, May 30, 2017

Estoy herido pero todavía puedo pelear XI




¿Me caso o no me caso?
Ricardo Valenzuela
Había pasado la noche con la misteriosa dama en el hotel en que ellas se hospedaban en el centro de la ciudad. Eran las 11 de la mañana y apenas se estaba despertando para acordarse que había quedado de pasar por Suzette a las 9 para desayunar, y luego un paseo por el castillo de Chapultepec. Se sentía muy mal, las crudas cada día lo afectaban más, pero sobre todo, ya lo empezaba a invadir el sentimiento más cruel que conocía; la culpa. Le dolía la cabeza, sudaba copiosamente, la respiración era irregular, el corazón le palpitaba fuertemente. Al estar iniciando el clásico proceso de tortura que lo seguía siempre después de una parranda, la bella dama abre los ojos y dulcemente le dice; buenos días guapo. ¿Como dormiste? Ricardo inseguro le responde, me supongo que muy bien, pues casi no me acuerdo de nada. Le revira Rosa—que era su nombre—pues yo tampoco te pudo decir que tal dormiste, pero si lo feliz que me hiciste toda la noche.


 
Como siempre le sucedía en ese tipo de situaciones, el caudal de sentimientos negativos que lo atacaban lo habían inmovilizado. Los síntomas físicos de la cruda se agravaban a cada minuto. “Te vez mal mi amor, le dice Rosa.” Le molesta que lo llame mi amor, pero le responde; la cruda me está matando, necesito una cerveza. “Pero que falta de confianza” le dice Rosa, “solo hay que llamar al Room Service”. Ella toma el teléfono, ordena de inmediato y con carácter de urgente varias cervezas y, ¿por qué no?, también un par de bloody maries. A los pocos minutos aparece el camarero con la preciada carga, le dirige una fuerte mirada a Rosa que todavía estaba en su “ajuar de noche,”—y sin duda era una muy bella mujer. Deja la charola sobre la mesa y se retira. Ricardo como alguien extraviado y sediento en medio de un desierto, prácticamente de un solo trago ingiere la primera cerveza. De inmediato se siente mejor, lo empieza a invadir lo que uno de sus amigos llamaba; esa hermosa tarantita.

Después de la segunda cerveza el alcohol empieza a despejarlo y le hace sentir sus efectos. Los sentimientos negativos empiezan a ser substituidos por una suave euforia y sentimiento de bienestar. Después de unos minutos no sólo ya no se siente mal y culpable, se siente alegre y satisfecho de su conquista. Poco a poco le llegan algunos destellos de la noche anterior. Se da cuenta de que la habitación tenía dos camas y en la otra estaba todavía dormida una de las amigas de Rosa. Se sorprende y se preocupa. Al notarlo Rosa le dice; no te preocupes, ella también se divirtió mucho anoche observando el espectáculo. Es mas, le gruñe, durante un rato cuando me quedé dormida te fuiste a su cama. Pero como ya estabas tan borracho, no creo que haya pasado nada. Ricardo se sonríe, y se siente mejor, su ego se estaba alimentando.

Va por su tercera cerveza cuando la otra muchacha se despierta. Se da cuenta de que es tan bella o más que Rosa. Que lastima, se dice a sí mismo. Buenos días vaquero, le dice Marcia—era el nombre de la bella durmiente. Sale de entre las sabanas portando solo el sostén y unas pequeñas pantaletas. Se queda petrificado, era realmente una belleza; alta, esbelta, largas piernas torneadas, el busto firme, las nalgas dibujadas, definitivamente una escultura de mujer. Luego de ingerir su cuarta cerveza, Ricardo decide que ya es hora de reportarse al apartamento. Toma el teléfono y marca, contesta Héctor. Qhiubo chaparro le dice Ricardo; óyeme cabrón, le responde Héctor, te ha estado llamando Suzette toda la mañana llorando y nadie sabe donde andas, no tienes madre. No la hagas de tos pinche zotaco. Hazme un favor; llámala y dile que me jalaron de urgencia a guardia de sobre giros del banco y que no salgo hasta mañana. Ya ni la chingas, pero ahora si la estás regando, revira Héctor.

Habiendo cumplido con su cometido, Ricardo se dispone a ingerir el bloddy mary que tan apetitoso se veía. Sin darse cuenta mira el reloj y ve que ya son las 2 de la tarde. Hey muchachas, les dice a ambas; que les parece si vamos a comer a un buen lugar donde haya música. Perfecto dice Marcia, me daré yo primero un baño, y nos vamos. Cuando ya los tres estaban listos, deciden ir al Caballo Bayo, un restaurante típico de comida mexicana y de gran ambiente. Al llegar al restaurante, los meseros de inmediato saludan a Ricardo con afecto pues era cliente especial, les dan una buena mesa y de nuevo empieza la fiesta. Ordena tequila para todos. Los tres amigos chocan las copas, se desean lo mejor, e ingieren el líquido como si fuera agua. La tarde transcurre rápido entre los tequilas, la comida, los brandis después de la comida, los mariachis. Para las 7 de la noche estaban todos de nuevo completamente borrachos.

Abandonan el restaurante para dirigirse a otro de los lugares preferidos de Ricardo, el hotel Presidente, en donde permanentemente cantaba Cuco Sánchez. Como de costumbre, los meseros de inmediato lo reconocen y le dan la mejor mesa—cosa que impresiona a las muchachas. Ordenen de nuevo tequila, brindan igual y lo ingieren como agua. A eso de las 11 de la noche, Ricardo siente que estaba muy pasado y sin duda las muchachas. Rosa inclusive se empieza a sentir mal. Deciden que es hora de retirarse, paga la cuenta y salen del lugar para dirigir el auto hacia la zona de la Alameda. Siente que la calle se le hace chica y casi no puede manejar. Finalmente y casi por arte de magia, llegan al Hotel del Prado que era donde se hospedaban. Ricardo se da cuenta de que Rosa se había dormido. Estaciona el auto y casi en peso sacan a Rosa del estacionamiento.

Toman el elevador hasta el sexto piso, entran a la habitación. Marcia le pide a Ricardo, ayúdame a ponerla en su cama. Lo hace y Rosa se queda profundamente dormida. Bien le dice Marcia; ahora es mi turno, se le avalancha y lo empieza a besar con gran pasión. Ricardo primero se sorprende para luego responder a los besos con la misma pasión. El alcohol lo había adormecido y embrutecido pero no tanto para no responder a tan bella mujer. Ambos se desvisten para terminar en la cama contigua en un arrebato que recordaría durante mucho tiempo. Después del encuentro Marcia cae también en un profundo sueño, mas no así Ricardo; el siempre había tenido ese problema, el alcohol le atacaba el sueño, no podía dormir. Se pone de pie y se da cuenta que sobre la mesa había una botella de tequila, le da un fuerte sorbo, de inmediato se reconforta, les da un ultimo vistazo a las dos mujeres, y abandona la habitación. 

Las siguientes horas de esa todavía joven noche, serían algo que recordaría durante el resto de su vida. El había traído consigo la botella de tequila que estaba en el cuarto. Dirige su auto hacia el Hotel Aristos con la intención de seguir la parranda. Sin embargo, al llegar al Hotel se da cuenta que en el transcurso de solo unos minutos, se había terminado el contenido de la botella y estaba ahora si, definitivamente intoxicado. Las siguientes tal vez cuatro a cinco horas serian para Ricardo un infierno del cual por poco no sale. De repente la noche se convierte para en una pesadilla. Pierde la consciencia, pero no el conocimiento, y así continua deambulando. De vez en vez recupera algo de consciencia para darse cuenta de que andaba en la Villa de Guadalupe, la pierde de nuevo para recuperarla parcialmente y encontrarse en Ciudad Universitaria.

Durante todas esas horas vaga—el supone—por todo el Valle de México como alguien que entra y sale de un coma, pero en este caso un como alcohólico. En los ratos en que parcialmente recuperaba la consciencia, había momentos en los que no sabia en que ciudad del país estaba. A veces creía estar en Hermosillo, después en Monterrey, luego en Los Angeles. Recuerda vagamente como en medio de ese horripilante ataque de alcoholismo, se dedicaba a alcanzar a otros autos para amenazarlos con una pistola que portaba. Recuerda también vagamente como inclusive, había hecho un alto en donde estaba un grupo de gentes, también para amenzarlos con la pistola. Después tiene todo borrado  hasta despertar al día siguiente en el apartamento, sin acordarse ni explicarse como había llegado.

Al abrir los ojos al día siguiente después de haberlos mantenido cerrados durante un buen rato aun ya despierto; empieza a recordar pequeños trozos de lo acontecido no solo la noche anterior, sino los últimos dos días. No puede creer lo que pasa por su memoria. Los efectos de la cruda inician su devastadora acción, el corazón le palpita aceleradamente, las manos le tiemblan, siente que la sangre le corre hirviendo por las venas, no puede respirar. Luego viene el peor de los arribos, el sentimiento de culpa que tanto lo atormentaba. Se siente el hombre más vil y más ruin del Universo. No acaba de entender lo que la había acontecido la noche anterior. Creía haber tenido una pesadilla. En esos momentos se le escurren un par de lágrimas por sus mejillas. ¿Que explicación le daría a Suzette? ¿Que mentira inventaría en esta ocasión? Porque esa era el arma con la que mejor se defendía; la mentira.

Por primera vez en sus escasos 24 años piensa que algún cambio importante tiene que hacer en su vida, porque si sigue por la misma ruta, algo le va a acontecer. Lo sucedido los últimos dos días simplemente lo aterra. En esos momentos le viene el pensamiento de que tal vez le convenía finalmente casarse con Suzette y retirarse de esa vida. El matrimonio lo asentaría, lo alejaría de sus parrandas y correrías. Ya no tomaría como lo estaba haciendo. Finalmente salta de la cama para tomar un baño y comunicarse con Suzette. Su cuerpo en esos momentos le empieza a exigir alcohol, lo piensa por un instante, pero decide no dárselo. Llama a Suzette quien se encontraba preocupada, pero más que otra cosa, terriblemente ofendida, adolorida y decepcionada. Después de argumentar durante algunos minutos por teléfono, finalmente acepta verlo esa misma mañana. 

Recoge a Suzette en casa de sus familiares a media mañana. Al momento de abordar el automóvil, ella explota con todos los sentimientos que la habían tenido atrapada ese fatal par de días. La rabia la ciega y casi no la deja hablar, empieza a llorar y calla momentáneamente. Ricardo aprovecha ese silencio para iniciar su defensa. Si algo se reconocía el mismo, era eso, una gran facilidad de palabra, un gran argumentador y mejor actor. Era sin duda un gran comunicador y con sus palabras seducía a hombres y mujeres. Tenía también otro gran activo, una gran creatividad e imaginación de escritor de novelas. Cuando Suzette se recupera de su exabrupto, Ricardo ya hábilmente había adelantado lo suficiente su argumento—totalmente fabricado—como para que la muchacha lo escuchara. Lo deja seguir hablando pues escuchaba algo que ella quería escuchar, verdad o mentira, ya no importaba, era lo que quería escuchar.

Después de la avalancha de palabras, argumentos, explicaciones, verdades, mentiras, finalmente llega la parte más importante. Ricardo le dice a Suzette; Me siento muy solo, te extraño demasiado, necesito mas estabilidad en mi vida y aunque no creo estar preparado financieramente, quiero que ya nos casemos. A la muchacha se le ilumina la cara. Como por arte de magia olvida todo lo sucedido en los días anteriores. ¿Estás seguro, le pregunta? Como nunca le responde, ya es hora de que estemos juntos. Suzette lloraba, pero ahora de felicidad, se avalancha hacia él, le da un gran beso y le dice, te voy hacer muy feliz. Y yo a ti, le responde Ricardo. Después de platicar algunos detalles, deciden que la boda se efectúe en unos cuantos meses durante las primeras vacaciones de Ricardo. Para esas fechas, su entrenamiento estaría terminado y él ya asignado en algún puesto de responsabilidad. El muchacho acababa de practicar un ritual que marcaría su vida durante los siguientes años; “actuar movido y presionado por un doloroso sentimiento de culpa.” 

Unos días después Suzette se regresa a Nogales para iniciar los preparativos de la boda pues, era ya casi Octubre. Habían decidido que la boda se efectuara en Marzo. El entrenamiento de Ricardo iba ya muy adelantado y el se inclinaba por solicitar que el final del mismo lo asignaran a la “línea,” es decir, a la operación era lo que más le había gustado, probablemente como subgerente de una sucursal. Después del horripilante episodio de la noche de coma alcohólico, Ricardo decide que necesita un entorno menos seductor que el que había tenido hasta esos momentos en la zona rosa. El y Hector—el más calmado del grupo—se mudan a una casa de asistencia con ambiente familiar. De esa forma estarían mejor atendidos y según Ricardo, como ya estaba por casarse, pues los tiempos de soltero pasarían a la historia.


Estoy herido pero todavía puedo pelear XII
¿Voy a la línea o al staff?
Ricardo Valenzuela

Continúa su entrenamiento con el mismo entusiasmo de siempre. A medida que avanzaba mas le gustaba. El nuevo ambiente de la casa de asistencia le había caído bien, la señora era una buena mujer, sus hijos buenos muchachos y muy serios. La comida y la atención eran muy buenas y estaba feliz con ese cambio. En el mes de Noviembre su plan profesional da un giro inesperado. Enrique Estrada, el encargado del Grupo de Ejecutivos en Desarrollo, le notifica que el jefe del Departamento de Desarrollo Organizacional tenía interés en que lo asignaran a su equipo. Ricardo de inmediato le confirma su deseo de ir a la línea no al staff. Sin embargo, Estrada insiste en que por protocolo tenga una entrevista con Arturo Alvaradejo, el jefe de dicho departamento y un ejecutivo prestigiado en el grupo. La reunión se efectúa y Alvaradejo, quien era casi igual de seductor que Ricardo, luego de varias reuniones le ofrece un paquete interesante, especialmente en lo referente a ingresos, y lo convence para sumarse a su grupo. 

Aun cuando le faltaba unos meses para terminar el entrenamiento, Alvaradejo solicita que Ricardo le sea asignado de inmediato para de esa forma concentrar el final de dicho entrenamiento en esa nueva área; la de desarrollo organizacional. Ricardo inicia así un nuevo programa ya concentrado a su nueva responsabilidad que le parece interesante. A los varios días Arturo Alvaradejo le notifica el que, como parte de este nuevo entrenamiento, será enviado a tomar un seminario de administración por objetivos al Tecnológico de Monterrey. A Ricardo se le ilumina la cara, el seminario sonaba muy interesante, pero sobre todo, regresar a su alma mater y a esa ciudad que tanto quería y en la que tenia tantos amigos. Se hacen los arreglos, y al día siguiente sale a su destino. El vuelo era directo y después de una hora le palpita el corazón al ver desde el aire la bella ciudad en la cual había dejado tantos recuerdos.

Ricardo llega a Monterrey en Noviembre de 1969 en un México que ya estaba en ebullición por el cambio político que se avecinaba. Díaz Ordaz terminaría su mandato el año siguiente, pero era ya hora del famoso “destape.” México durante las últimas décadas se había debatido entre un socialismo a la mexicana, y una economía de mercado también muy sui generis, que se había bautizado como economía mixta-siendo en realidad un capitalismo crony y de Estado. En EU Richard Nixon acababa de tomar posesión como presidente, en medio de lo que era una confrontación entre las dos grandes potencias del mundo en la llamada guerra fría. La Unión Soviética cada día más agresivamente expandía sus tentáculos para dominar el mundo. Muchos intelectuales a nivel mundial afirmaban que el comunismo le ganaba la partida a la libertad. Estábamos por iniciar la década de los 70s, una década que marcaría al mundo para siempre.

Aun cuando la administración de Díaz Ordaz estadísticamente ofrecía cuentas muy halagadoras, era un hecho que México se había rezagado en su desarrollo tanto económico como político, y se requerían cambios urgentes e importantes. La gran depresión de 1929 en los EU había hecho resurgir una nueva forma de gobernar que el gran Von Mises había calificado como “intervencionismo.” Un estado asumiendo funciones que nunca había tenido y, en lugar del papel que los padres fundadores habían claramente establecido en su constitución, protección de vida, libertad y propiedad, habían pasado a invadir todas las esferas de la sociedad. Los personajes más importantes de la primera parte del Siglo XX, sin duda habían sido Keynes en Inglaterra, y Rossebelt en los EU. Esos dos hombres habían cambiado la forma de hacer política, pero sobre todo, la función del Estado en el manejo económico de las naciones. El Estado había pasado de ser el árbitro, a ser el gestor, promotor, rector calificador y repartidor de las economías del mundo occidental. 

México durante los años 1950 - 1969 había registrado un comportamiento macroeconómico admirable. El Producto Interno Bruto había crecido a un promedio de casi 7% anual y la inflación había promediado el 4% anual. Esto fue lo que se conoció como el Desarrollo Estabilizador que simplemente fue el resultado de abolir una serie de instituciones y prácticas heredadas de la revolución mexicana, combinado también con un comportamiento más estable de los mercados mundiales. Era importante también señalar que, la revolución habiendo destruido todo el país, cualquier tipo de crecimiento partiendo de cero, obviamente lucía como gran hazaña. Durante esa época esos elementos estructurales del programa económico fueron apoyados por una política monetaria y fiscal sumamente estricta. El endeudamiento del sector publico permaneció consistentemente por abajo de un 3% del PIB, mientras que los instrumentos de control monetario fueron orientados al objetivo de estabilidad de precios y tipos de cambio. Uno de los arquitectos de esta pasmosa estabilidad había sido el eterno Secretario de Hacienda Ortiz Mena, un chihuahuense con raíces en Sonora.

Ricardo regresaba a la casa que lo había formado profesionalmente. Durante casi toda la década de los 60s el Tecnológico había sido su casa intelectual. Sin embargo, no lo había preparado para lo que lo esperaba con el inicio de los años 70, en los que el desarrollo estabilizador sería tirado por la borda, dando paso a uno de los periodos de inestabilidad más largos y dolorosos de la historia de nuestro país. Había arribado a Monterrey y se hospedaba en el viejo Hotel Monterrey ubicado en la calle Morelos en el centro de la ciudad. A los varios días de estancia en esa ciudad, se desayuna con la noticia de que el partido (PRI) acababa de designar como candidato a la presidencia de la República al Secretario de Gobernación, Luis Echeverría. Recibe la noticia con escepticismo, pues en esa época no le interesaba la política, y no tenía la menor idea de quien era ese hombre premiado con la lotería del poder.

Sin embargo, se decía que el candidato Echeverría era un político joven, de una nueva generación y nuevas ideas. Muchos mexicanos pensantes se habían pronunciado por el Secretario de Hacienda Ortiz Mena, a quien consideraban un gran economista y definitivamente el responsable del buen  comportamiento económico del país durante los últimos años. Ricardo leía los periódicos y pensaba; “bien, iniciaré mi carrera bancaria ya en el verdadero campo de batalla, al mismo tiempo que inicia esta nueva administración.” Ante ese panorama había asistido al primer día del desarrollo de su seminario en el campus del Tec., y le parecía interesante a secas. Él había esperado algo diferente. Había también ya tenido la oportunidad de saludar a algunos de sus amigos, entre ellos a Luis Donaldo Colosio todavía estudiante del Tec, quien tendría un importante papel en el futuro del país.

Desde el primer día un nutrido grupo de sonorenses que todavía permanecían estudiando en el Tec, lo habían contactado para invitarle unas cuantas cervezas en el bar de Sanborns, para recordar las travesuras en las que participara solo unos años antes. Ahí estaba con sus buenos amigos, Gabriel Corella de Nogales, el Chito Santisteban de Chihuahua, la Güera Sanz también de Chihuahua y gran jugador de básquet y, finalmente, el gran chingón Manuel Pereda de Chihuahua, con el cual hubiera pasado muchas horas de parranda en esa ciudad, y también algunas en el bote cortesía de los pleitos que seguido armaban.

Al tercer día de su estancia en Monterrey lo contacta uno de sus viejos amigos, Adrián Álvarez, quien era de también Chihuahua y estudiaba leyes en la Universidad de Nuevo León. Estando de nuevo en el bar de Sanborn’s tomándose unas cervezas para celebrar el encuentro, conocen a un par de hermosas muchachas americanas que se identifican como maestras precisamente del colegio Americano de Monterrey. De inmediato la personalidad carismática de Adrián las cautiva, se unen a la mesa de ambos, y se inicia una fiesta que duraría el resto de su estancia en Monterrey. Ricardo queda impresionado con la belleza de Lisa, maestra de secundaria del propio colegio. Esa noche la pasa con ella y al día siguiente se muda a su casa en la colonia del valle, en donde, debido al trato de rey que ella le proporciona, permanece ahí hasta el final del seminario. La experiencia para Ricardo había sido diferente, Lisa lo había atendido y mimado como nunca alguien lo hubiera hecho, como ella misma lo describió; te atiendo como si fuera tu esposa. El problema era que a Lisa le gustaba tanto el trago como a Ricardo, y se le prendía el foco rojo.

El par de semanas en Monterrey le dan a Ricardo la oportunidad de ver de nuevo a su admirado maestro, el Dr. Georgio Berni, jefe del departamento de economía del Tecnológico, quien tanto lo había ayudado y orientado en sus años de estudiante. Platicaron durante largas horas de infinidad de temas, pero especialmente de la situación de México. Berni era de la vieja guardia de economistas. De los economistas formados antes de que el Keynesianismo invadiera el mundo. El creía en los mercados libres originales, los que habían regido al mundo durante todo el siglo XIX y la primera parte del que se vivía en esos momentos. No creía en el estado intruso que se había desarrollado desde los años 30s. ¿Sabes una cosa Valenzuela? le afirmaba el ultimo día que lo vio: “Este estado intruso en los próximos años se va a desarrollar mas y con mas tentáculos, se vienen tiempos de gran opresión estatal y de gran sufrimiento para la humanidad.”

Las palabras de Berni le parecían exageradas, pero años después comprendería que realmente habían sido una profecía. El maestro también le había afirmado: “Todo el mundo está feliz con la llegada de Nixon a la presidencia de los EU, y ahora con la candidatura de Echeverría en México. A mi no me gusta ninguno de ellos. Nixon me parece un hombre sin ideología, y en política no tenerla, es deshonestidad y sobre todo confusión. Es como tomar el timón de un barco sin saber a donde quieres ir, y dejarlo a merced de la marejada. Echeverría me recuerda mucho a Mussolini. En mi juventud tuve esa horrible pesadilla, el atestiguar la forma en que aprisionó a Italia para llevarla al desastre a base de autocracia, demagogia, promesas populistas, y después a base de violencia y más autocracia. Además, continuaba, nadie conoce a ese hombre, nadie sabe quienes son sus padres, es todo un misterio, pero misterio aterrador. ”  

Continua Berni: Es una pena que la economía mundial se esté colectivizando, que se esté matando la iniciativa individual. Pero te digo otra cosa Valenzuela, esto no va a funcionar. Todos estos experimentos estatistas que desgraciadamente se están instalando en los países que siempre han sido el ejemplo para el mundo, como EU,  ahora Inglaterra, y desde finales de la guerra en todo Europa, van a fracasar. Y con los fracasos vienen los cambios. Estos van a provocar el regreso de las ideas de libertad económica que tanto se han atacado, pero son las que en su momento desarrollaron a los países ricos del mundo. Tal vez a mi no me toque verlo, no sé si a ti, pero a nuestros hijos y nietos definitivamente, no tengas duda. Termina tu carrera de economía Valenzuela, eres más economista que administrador. Termínala porque te digo otra cosa, a futuro, el mundo estará regido por los economistas y tú necesitas enseñar tus credenciales de economista porque además eres líder. Ricardo con sus prisas por iniciar su aventura, había dejado un par de clases pendientes para terminar la carrera de economía. En los Siguientes años las pagaría en un curso de verano.

Después de esa reunión, Ricardo se queda profundamente preocupado y sobre todo reflexivo, efectivamente le habían quedado pendientes dos clases de la carrera de economía que por desesperado no había presentado a titulo cuando Berni se lo ofreció, al momento de recibirse como Lic. En Administración. Estaba totalmente de acuerdo con la afirmación de Berni en el sentido que él era más economista que administrador, e inclusive financiero. Le preocupaba también las predicciones del maestro, no podía visualizar un mundo totalmente controlado por los gobiernos, una economía sin libertad, de gente supeditada y dependiendo cada día más de los gobiernos. El mismo Berni en su época de estudiante le había regalado una copia de la obra de Von Mises; “La Acción Humana,” que sin duda había sido el manifiesto de la libertad en contra de la opresión de los gobiernos. En esos momentos sin estar totalmente consciente, en lo profundo de su ser, se había introducido la semilla del liberalismo.

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