Tuesday, May 23, 2017

Estoy herido pero todavía puedo pelear XI



¿Me caso o no me caso?
Ricardo Valenzuela
Había pasado la noche con la misteriosa dama en el hotel en que ellas se hospedaban en el centro de la ciudad. Eran las 11 de la mañana y apenas se estaba despertando para acordarse que había quedado de pasar por Suzette a las 9 para desayunar, y luego un paseo por el castillo de Chapultepec. Se sentía muy mal, las crudas cada día lo afectaban más, pero sobre todo, ya lo empezaba a invadir el sentimiento más cruel que conocía; la culpa. Le dolía la cabeza, sudaba copiosamente, la respiración era irregular, el corazón le palpitaba fuertemente. Al estar iniciando el clásico proceso de tortura que lo seguía siempre después de una parranda, la bella dama abre los ojos y dulcemente le dice; buenos días guapo. ¿Como dormiste? Ricardo inseguro le responde, me supongo que muy bien, pues casi no me acuerdo de nada. Le revira Rosa—que era su nombre—pues yo tampoco te pudo decir que tal dormiste, pero si lo feliz que me hiciste toda la noche.


Como siempre le sucedía en ese tipo de situaciones, el caudal de sentimientos negativos que lo atacaban lo habían inmovilizado. Los síntomas físicos de la cruda se agravaban a cada minuto. “Te vez mal mi amor, le dice Rosa.” Le molesta que lo llame mi amor, pero le responde; la cruda me está matando, necesito una cerveza. “Pero que falta de confianza” le dice Rosa, “solo hay que llamar al Room Service”. Ella toma el teléfono, ordena de inmediato y con carácter de urgente varias cervezas y, ¿por qué no?, también un par de bloody maries. A los pocos minutos aparece el camarero con la preciada carga, le dirige una fuerte mirada a Rosa que todavía estaba en su “ajuar de noche,”—y sin duda era una muy bella mujer. Deja la charola sobre la mesa y se retira. Ricardo como alguien extraviado y sediento en medio de un desierto, prácticamente de un solo trago ingiere la primera cerveza. De inmediato se siente mejor, lo empieza a invadir lo que uno de sus amigos llamaba; esa hermosa tarantita.

Después de la segunda cerveza el alcohol empieza a despejarlo y le hace sentir sus efectos. Los sentimientos negativos empiezan a ser substituidos por una suave euforia y sentimiento de bienestar. Después de unos minutos no sólo ya no se siente mal y culpable, se siente alegre y satisfecho de su conquista. Poco a poco le llegan algunos destellos de la noche anterior. Se da cuenta de que la habitación tenía dos camas y en la otra estaba todavía dormida una de las amigas de Rosa. Se sorprende y se preocupa. Al notarlo Rosa le dice; no te preocupes, ella también se divirtió mucho anoche observando el espectáculo. Es mas, le gruñe, durante un rato cuando me quedé dormida te fuiste a su cama. Pero como ya estabas tan borracho, no creo que haya pasado nada. Ricardo se sonríe, y se siente mejor, su ego se estaba alimentando.

Va por su tercera cerveza cuando la otra muchacha se despierta. Se da cuenta de que es tan bella o más que Rosa. Que lastima, se dice a sí mismo. Buenos días vaquero, le dice Marcia—era el nombre de la bella durmiente. Sale de entre las sabanas portando solo el sostén y unas pequeñas pantaletas. Se queda petrificado, era realmente una belleza; alta, esbelta, largas piernas torneadas, el busto firme, las nalgas dibujadas, definitivamente una escultura de mujer. Luego de ingerir su cuarta cerveza, Ricardo decide que ya es hora de reportarse al apartamento. Toma el teléfono y marca, contesta Héctor. Qhiubo chaparro le dice Ricardo; óyeme cabrón, le responde Héctor, te ha estado llamando Suzette toda la mañana llorando y nadie sabe donde andas, no tienes madre. No la hagas de tos pinche zotaco. Hazme un favor; llámala y dile que me jalaron de urgencia a guardia de sobre giros del banco y que no salgo hasta mañana. Ya ni la chingas, pero ahora si la estás regando, revira Héctor.

Habiendo cumplido con su cometido, Ricardo se dispone a ingerir el bloddy mary que tan apetitoso se veía. Sin darse cuenta mira el reloj y ve que ya son las 2 de la tarde. Hey muchachas, les dice a ambas; que les parece si vamos a comer a un buen lugar donde haya música. Perfecto dice Marcia, me daré yo primero un baño, y nos vamos. Cuando ya los tres estaban listos, deciden ir al Caballo Bayo, un restaurante típico de comida mexicana y de gran ambiente. Al llegar al restaurante, los meseros de inmediato saludan a Ricardo con afecto pues era cliente especial, les dan una buena mesa y de nuevo empieza la fiesta. Ordena tequila para todos. Los tres amigos chocan las copas, se desean lo mejor, e ingieren el líquido como si fuera agua. La tarde transcurre rápido entre los tequilas, la comida, los brandis después de la comida, los mariachis. Para las 7 de la noche estaban todos de nuevo completamente borrachos.

Abandonan el restaurante para dirigirse a otro de los lugares preferidos de Ricardo, el hotel Presidente, en donde permanentemente cantaba Cuco Sánchez. Como de costumbre, los meseros de inmediato lo reconocen y le dan la mejor mesa—cosa que impresiona a las muchachas. Ordenen de nuevo tequila, brindan igual y lo ingieren como agua. A eso de las 11 de la noche, Ricardo siente que estaba muy pasado y sin duda las muchachas. Rosa inclusive se empieza a sentir mal. Deciden que es hora de retirarse, paga la cuenta y salen del lugar para dirigir el auto hacia la zona de la Alameda. Siente que la calle se le hace chica y casi no puede manejar. Finalmente y casi por arte de magia, llegan al Hotel del Prado que era donde se hospedaban. Ricardo se da cuenta de que Rosa se había dormido. Estaciona el auto y casi en peso sacan a Rosa del estacionamiento.

Toman el elevador hasta el sexto piso, entran a la habitación. Marcia le pide a Ricardo, ayúdame a ponerla en su cama. Lo hace y Rosa se queda profundamente dormida. Bien le dice Marcia; ahora es mi turno, se le avalancha y lo empieza a besar con gran pasión. Ricardo primero se sorprende para luego responder a los besos con la misma pasión. El alcohol lo había adormecido y embrutecido pero no tanto para no responder a tan bella mujer. Ambos se desvisten para terminar en la cama contigua en un arrebato que recordaría durante mucho tiempo. Después del encuentro Marcia cae también en un profundo sueño, mas no así Ricardo; el siempre había tenido ese problema, el alcohol le atacaba el sueño, no podía dormir. Se pone de pie y se da cuenta que sobre la mesa había una botella de tequila, le da un fuerte sorbo, de inmediato se reconforta, les da un ultimo vistazo a las dos mujeres, y abandona la habitación. 

Las siguientes horas de esa todavía joven noche, serían algo que recordaría durante el resto de su vida. El había traído consigo la botella de tequila que estaba en el cuarto. Dirige su auto hacia el Hotel Aristos con la intención de seguir la parranda. Sin embargo, al llegar al Hotel se da cuenta que en el transcurso de solo unos minutos, se había terminado el contenido de la botella y estaba ahora si, definitivamente intoxicado. Las siguientes tal vez cuatro a cinco horas serian para Ricardo un infierno del cual por poco no sale. De repente la noche se convierte para en una pesadilla. Pierde la consciencia, pero no el conocimiento, y así continua deambulando. De vez en vez recupera algo de consciencia para darse cuenta de que andaba en la Villa de Guadalupe, la pierde de nuevo para recuperarla parcialmente y encontrarse en Ciudad Universitaria.

Durante todas esas horas vaga—el supone—por todo el Valle de México como alguien que entra y sale de un coma, pero en este caso un como alcohólico. En los ratos en que parcialmente recuperaba la consciencia, había momentos en los que no sabia en que ciudad del país estaba. A veces creía estar en Hermosillo, después en Monterrey, luego en Los Angeles. Recuerda vagamente como en medio de ese horripilante ataque de alcoholismo, se dedicaba a alcanzar a otros autos para amenazarlos con una pistola que portaba. Recuerda también vagamente como inclusive, había hecho un alto en donde estaba un grupo de gentes, también para amenzarlos con la pistola. Después tiene todo borrado  hasta despertar al día siguiente en el apartamento, sin acordarse ni explicarse como había llegado.

Al abrir los ojos al día siguiente después de haberlos mantenido cerrados durante un buen rato aun ya despierto; empieza a recordar pequeños trozos de lo acontecido no solo la noche anterior, sino los últimos dos días. No puede creer lo que pasa por su memoria. Los efectos de la cruda inician su devastadora acción, el corazón le palpita aceleradamente, las manos le tiemblan, siente que la sangre le corre hirviendo por las venas, no puede respirar. Luego viene el peor de los arribos, el sentimiento de culpa que tanto lo atormentaba. Se siente el hombre más vil y más ruin del Universo. No acaba de entender lo que la había acontecido la noche anterior. Creía haber tenido una pesadilla. En esos momentos se le escurren un par de lágrimas por sus mejillas. ¿Que explicación le daría a Suzette? ¿Que mentira inventaría en esta ocasión? Porque esa era el arma con la que mejor se defendía; la mentira.

Por primera vez en sus escasos 24 años piensa que algún cambio importante tiene que hacer en su vida, porque si sigue por la misma ruta, algo le va a acontecer. Lo sucedido los últimos dos días simplemente lo aterra. En esos momentos le viene el pensamiento de que tal vez le convenía finalmente casarse con Suzette y retirarse de esa vida. El matrimonio lo asentaría, lo alejaría de sus parrandas y correrías. Ya no tomaría como lo estaba haciendo. Finalmente salta de la cama para tomar un baño y comunicarse con Suzette. Su cuerpo en esos momentos le empieza a exigir alcohol, lo piensa por un instante, pero decide no dárselo. Llama a Suzette quien se encontraba preocupada, pero más que otra cosa, terriblemente ofendida, adolorida y decepcionada. Después de argumentar durante algunos minutos por teléfono, finalmente acepta verlo esa misma mañana. 

Recoge a Suzette en casa de sus familiares a media mañana. Al momento de abordar el automóvil, ella explota con todos los sentimientos que la habían tenido atrapada ese fatal par de días. La rabia la ciega y casi no la deja hablar, empieza a llorar y calla momentáneamente. Ricardo aprovecha ese silencio para iniciar su defensa. Si algo se reconocía el mismo, era eso, una gran facilidad de palabra, un gran argumentador y mejor actor. Era sin duda un gran comunicador y con sus palabras seducía a hombres y mujeres. Tenía también otro gran activo, una gran creatividad e imaginación de escritor de novelas. Cuando Suzette se recupera de su exabrupto, Ricardo ya hábilmente había adelantado lo suficiente su argumento—totalmente fabricado—como para que la muchacha lo escuchara. Lo deja seguir hablando pues escuchaba algo que ella quería escuchar, verdad o mentira, ya no importaba, era lo que quería escuchar.

Después de la avalancha de palabras, argumentos, explicaciones, verdades, mentiras, finalmente llega la parte más importante. Ricardo le dice a Suzette; Me siento muy solo, te extraño demasiado, necesito mas estabilidad en mi vida y aunque no creo estar preparado financieramente, quiero que ya nos casemos. A la muchacha se le ilumina la cara. Como por arte de magia olvida todo lo sucedido en los días anteriores. ¿Estás seguro, le pregunta? Como nunca le responde, ya es hora de que estemos juntos. Suzette lloraba, pero ahora de felicidad, se avalancha hacia él, le da un gran beso y le dice, te voy hacer muy feliz. Y yo a ti, le responde Ricardo. Después de platicar algunos detalles, deciden que la boda se efectúe en unos cuantos meses durante las primeras vacaciones de Ricardo. Para esas fechas, su entrenamiento estaría terminado y él ya asignado en algún puesto de responsabilidad. El muchacho acababa de practicar un ritual que marcaría su vida durante los siguientes años; “actuar movido y presionado por un doloroso sentimiento de culpa.” 

Unos días después Suzette se regresa a Nogales para iniciar los preparativos de la boda pues, era ya casi Octubre. Habían decidido que la boda se efectuara en Marzo. El entrenamiento de Ricardo iba ya muy adelantado y el se inclinaba por solicitar que el final del mismo lo asignaran a la “línea,” es decir, a la operación era lo que más le había gustado, probablemente como subgerente de una sucursal. Después del horripilante episodio de la noche de coma alcohólico, Ricardo decide que necesita un entorno menos seductor que el que había tenido hasta esos momentos en la zona rosa. El y Hector—el más calmado del grupo—se mudan a una casa de asistencia con ambiente familiar. De esa forma estarían mejor atendidos y según Ricardo, como ya estaba por casarse, pues los tiempos de soltero pasarían a la historia.

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