Saturday, May 20, 2017

Estoy herido pero todavía puedo pelear IX



Ricardo Valenzuela
El resto del mes de Enero transcurre para nuestros jóvenes entre las entrevistas, el proceso de conocer la ciudad, pero más que otra cosa, entre las salidas nocturnas de copas, amigos, música, y mujeres bellas. Eran ya clientes asiduos y muy conocidos de los principales bares de la zona rosa; pero gran parte de su tiempo lo pasaban en el bar del Hotel Aristos que se ubicaba a solamente a una cuadra del apartamento. Ricardo pensaba; “esto si es vida, una gran ciudad, infinidad de mujeres bellas, lejos de mi padre. ¿Qué más puedo pedir?” Lugo pensaba; si esto es sin tener la tranquilidad de un ingreso constante, ya me imagino con un buen trabajo y dinero fluyendo. En los primeros días de Febrero, Ricardo recibe una llamada de las gentes que lo habían entrevistado en Banamex solicitando su presencia en el banco. De inmediato se traslada sumamente nervioso a las oficinas principales en el centro histórico de la ciudad. Era el primer resultado de sus gestiones.

Es recibido por la plana mayor de la División de Recursos Humanos del banco, y acto seguido le notifican que el resultado de los exámenes ha sido muy satisfactorio, por lo cual están dispuestos a contratarlo. Se queda bastante confuso y extrañado ante tal afirmación, pues él estaba seguro de que el resultado de los mismos sería lo que le impediría su entrada a uno de los exclusivos grupos de ejecutivos en desarrollo. Ricardo con asombro y nerviosismo les pregunta. ¿Cómo estuvieron mis exámenes de coeficiente intelectual? Rescatando unos documentos del expediente, el encargado de ellas le responde; “excelentes, el resultado fue de Superior +, es decir, es usted punto menos que genio.” Ricardo se pasa una mano sobre la frente con incredulidad pensando y cuestionándose; ¿Se habrán equivocado? ¿No serán los resultados de otra persona? ¡Esto no puede ser, estos pendejos se equivocaron! 


Acto seguido, totalmente desconcertado, les notifica tener una serie de actividades pendientes, que no le permitían en esos momentos tomar su decisión, por lo que les solicita unos días para darles su respuesta. La realidad era que se encontraba tan sorprendido y confundido por el resultado de los famosos exámenes—sobre todo el de inteligencia—que no se sentía con el ánimo de decidir algo tan importante en esos momentos. El jefe del departamento molesto le dice; “le estamos ofreciendo una gran oportunidad y nos dice lo tiene que pensar, no entiendo ¿está usted consciente de la cantidad de jóvenes profesionistas que matarían por una oportunidad como esta?” Ricardo le responde, yo tampoco entiendo, se despide cortésmente y se encamina pensativo al apartamento sumergido en sus pensamientos. No podía aceptar el que su coeficiente de inteligencia fuera como lo había descrito el Dr. Becerra; “el de punto menos que genio.” Al estar dirigiendo su automóvil sobre la calle Reforma, por primera vez en su vida lo ataca un pensamiento muy especial; “a lo mejor no soy tan pendejo como siempre he creído.”

Esta reflexión tendría, a partir de esos momentos, un efecto sumamente importante en su vida, porque finalmente como él descubriría años después; “el ser humano es solo el resultado de sus creencias y los pensamientos que lo controlan.” También la afirmación de un gran filósofo; “si crees que puedes, o si crees que no puedes, de las dos formas estas bien”.

Envuelto en sus pensamientos llega al departamento ya pasadas las 6 de la tarde, por lo que el resto del grupo ya había arribado de su trabajo. Le informan el haber recibido una llamada, ahora de parte de Bancomer. Como los acontecimientos vividos en Banamex unas horas antes lo confundían profundamente, busca el ordenar sus pensamientos confiando sus inquietudes y sus dudas a su grupo de amigos. Después de escucharlo todos con atención, Héctor, su amigo de toda la vida y compañero de casa en Monterrey, de una manera drástica le afirma: “Mira Pinche Chavelo, ese ha sido tu gran problema de toda la vida, siempre has creído que eres pendejo, pero de pendejo no tienes nada, eres uno de los tipos más inteligentes que yo he conocido.” Ricardo se queda pensativo.  

Para aclarar sus pensamientos y como solía hacerlo para todo, decide salir a tomarse un trago en compañía de sus amigos. Después de recorrer sus bares favoritos, como ya era su costumbre casi diaria, se regresan todos al apartamento y deciden irse temprano a la cama, pues apenas era martes, la semana estaba iniciándose. Ya tendido sobre sus espaldas, de nuevo se zambulle en sus pensamientos de lo ocurrido esa tarde. Trata de recordar desde cuando era que esos pensamientos de escasa inteligencia lo habían acompañado, pero sobre todo y lo más frustrante, en donde se habían originado, cuál era la verdadera causa de tales creencias. Finalmente después de revisar el archivo de sus recuerdos durante casi una hora, el sopor del alcohol le distorsiona su análisis y se queda dormido.

Ese jueves de Febrero, la ciudad de México y todo el Valle amanecían con un gran esplendor, el sol brillaba con intensidad en el horizonte de su nacimiento. Ricardo había dormido mal, el alcohol nunca le había servido como compañero de lecho. Finalmente, haciendo un gran esfuerzo se levanta, recuerda de repente que ese día era su cita en Bancomer, de inmediato se le ilumina la cara, desaparece el sopor del alcohol dejando solo un pequeño malestar de la incipiente cruda. Saborea dos tazas de café muy cargado, salta con alegría a la ducha, y mentalmente empieza a visualizar la entrevista que le esperaba esa mañana (un ejercicio que el solo descubriera y que le serviría infinitamente en el futuro, visualización). Bancomer sin duda era su mejor alternativa. El banco más grande y moderno de América Latina. Se enfunda ágilmente en su mejor traje, escoge bien su corbata, se da un último vistazo en el espejo, queda satisfecho y sale del apartamento con alegría para enfilarse a la cita que cambiaría su vida.

Lo recibe también la plana mayor de la División de Recursos Humanos en las oficinas principales de Bancomer, ubicado en la calle Simón Bolívar en el bello centro histórico de la ciudad. El responsable del Grupo de Desarrollo de Ejecutivos, Enrique Estrada, de inmediato le informa que pretenden contratarlo. El luego pregunta por el resultado de sus exámenes que tanto lo preocupaban. El psicólogo también ahí presente le informa que eran sumamente satisfactorios. No conforme respuesta, específicamente ahora pregunta por el resultado de las pruebas de inteligencia. El psicólogo Pineda le responde que el resultado había sido de Superior +, es decir, confirmaban lo que ya los ejecutivos de Banamex le habían informado. Ricardo piensa unos momentos, suspira profundamente, se dice a sí mismo; “A lo mejor no soy pendejo.” Ahí mismo acepta la oferta de Bancomer para formar parte de su exclusivo grupo de ejecutivos en desarrollo. Un grupo elite que no solo era para muchachos graduados en las mejores universidades, con resultados superiores en sus pruebas, también era refugio de hijos o parientes  de importantes consejeros del banco en todo México, puesto que se consideraba el entrenamiento era tan bueno, que se podía aplicar en cualquier tipo de empresas.

Años después, al leer un hermoso cuento Ricardo entendería su problema. El cuento narraba la aventura de un indio americano que andando de cacería se encuentra un huevo de águila. Lo recoge y lo lleva a su aldea y con cuidado lo acomoda junto con los huevos de una gallina que él tenía. Pasan los días, los huevos se rompen y nace una serie de pollitos y, por supuesto, la pequeña aguilita. Crecen todos juntos y la pequeña águila siempre pensando que también era gallina y así, igual que ellas, se dedicaba a comer gusanos rascando la tierra. Meses después cuando estaban en su diario trabajo de rascar la tierra, la pequeña águila mira al cielo y ve un majestuoso grupo de águilas volando. Le dice a uno de los pollitos; como quisiera ser águila para poder volar a esas bellas alturas. El pollo responde; cállate no seas pendejo, nosotros somos pollos y no podemos volar. El águila agachó la cabeza para seguir rascando la tierra, y jamás hizo ya el intento de volar. Nunca se daría cuenta que siempre había tenido la capacidad de volar hasta la inmensidad de las alturas, pero no lo sabía.

Ricardo regresa al apartamento ya pasada la tarde, pues había decidido comer con uno de sus amigos quien había sido compañero de estudios en el Tec. de Monterrey, Memo Arana de Torreón, y era ya miembro del grupo de ejecutivos en desarrollo, y de alguna forma lo había orientado para manejar sus entrevistas con las gentes responsables del Grupo. Después de la comida decide visitar algunas librerías del centro de la ciudad, pues la lectura era algo que siempre lo apasionaba. Camina largamente por las calles aledañas al zócalo recordando la primera vez que visitó esta bella ciudad, allá en 1963 durante una semana santa con todo su grupo de amigos sonorenses que estudiaban en el Tecnológico. Su excitación era tal, que no se da cuenta de la hora y casi a las 7 de la noche, con su ego semi reivindicado, con prisa enfila hacia el apartamento ansioso por dar la noticia a sus amigos.

El resto de la semana transcurre entre las celebraciones por la contratación de Ricardo de parte de Bancomer, y la de Ernesto quien había aceptado una oferta de la Ford. En medio de esas celebraciones, Ricardo decide que habiéndose dado cuenta finalmente de que no era el pendejo que siempre había pensado, ahora definitivamente estudiaría su maestría en Finanzas, programa ofrecido por la UNAM. Se antojaba una misión por demás pesada el trabajar en Bancomer, estudiar una maestría y seguir la vida de parranda que no estaba dispuesto a abandonar. Hacia fines de la semana sus compañeros de apartamento deciden abandonar el festejo que ya duraba tres días, por lo que él cierra sábado y domingo sumido en el tequila del Caballo Bayo, ahora acompañado de la modelo Rebeca Mitchell, a quien había conocido en una excursión que esta hizo a Hermosillo para una exhibición de modas en Mazón Hermanos. Una muchacha escultural y que ya había logrado incursionar al cine y, en palabras de nuestro protagonista, uno de los mejores brincos de su vida. Platicaba el mismo que su madre había acudido a la exhibición con su grupo de amigas. Cuando le informaron a Rebeca ahí estaba mi madre, asumía pasos especiales enfrente de ella. Don Pepe Mazon entonces le dice; “mira Celia, esta muchacha es tu nuera”. Mi madre con su conocida franqueza responde: “Todas las cirqueras que llegan a Hermosillo de inmediato se convierten en mis nueras”.

El lunes Ricardo se presenta orgullosamente por primera vez a su nuevo trabajo de Bancomer. Sin embargo, se sentía realmente mal debido a la cruda provocada después de casi una semana de parranda. Atraviesa el largo corredor del octavo piso del bello y moderno edificio del banco, para encontrarse con las miradas inquisidoras de infinidad de ejecutivos con antigüedad que siempre aspiraban incursionar al grupo elite del banco, pero más importante, las coquetas miradas de las cientos de muchachas que laboraban en ese piso. A este joven, el coqueteo de las mujeres siempre le había servido como paliativo para los problemas de inseguridades que durante toda su vida lo habían perseguido como lobos feroces. Su cuerpo alto y atlético, semejante al de muchas luminarias de Hollywood, realmente contrastaba con sus actitudes mentales, sus temores, e inseguridades. Cuando llegaba al pequeño escritorio asignado a los jóvenes ejecutivos en desarrollo para recibir correspondencia, siempre encontraba dos que tres papelitos con números telefónicos.      

Iniciaba así su carrera bancaria en un México que ya se despedía de la década de los 60s, un México en efervescencia por la sucesión presidencial que ese año se debería resolver. Un México que a poco mas de la mitad de ese Siglo XX, ya presentaba las facturas de los conflictos políticos que lo había abrazado durante más de cien años. Aun cuando nos encontrábamos en medio del famoso desarrollo estabilizador, el país se había rezagado y en esos momentos era una parodia de lo que a principios del Siglo llegó a representar. Los EU durante todo el Siglo XX continuaban con esa  metamorfosis que, durante el siglo 19, en tan solo cien años lo habían convertido en la nueva potencia mundial desplazando a Inglaterra y su Reino Unido, del lugar que habían ocupado durante varios siglos. México sin embargo, con la revolución que lo destruyó, y después con sus ensayos socialistas, había enviado el bienestar de sus ciudadanos a niveles de países ya conocidos como tercermundistas.

El ser miembro del grupo de ejecutivos en desarrollo, le daba a Ricardo otra interesante oportunidad en un campo que amaba. Bancomer tenía, sin lugar a dudas, la mejor división de estudios económicos de toda América Latina y, con su compulsivo interés de sumergirse en el estudio de esa ciencia, se las había agenciado para, además de su estancia en esa división como parte de su entrenamiento, le abrieran las puertas ya no como miembro del grupo, sino como un ejecutivo con un interés especial, e inclusive, puerta abierta con su Director, Manuel Sánchez Lugo, para obtener no solo información económica, sino la forma en que se captaba y preparaba esa información. Ese sería la continuación de un idilio con la economía, que se iniciara en la preparatoria del Colegio Regis, con una charla del Licenciado Ramón Corral Delgado, que hasta la fecha continua.   

Desde entonces, a nuestro joven economista lo asaltaría un deseo compulsivo por descifrar ese gran  misterio de la pobreza de Mexico, y la riqueza de EE. UU. Ello lo llevaría a descubrir crueles verdades que los mexicanos siempre han decidido ignorar.

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