Friday, May 19, 2017

Estoy herido pero todavía puedo pelear (VIII)



Bienvenidos a la Zona Rosa
Ricardo Valenzuela
Image may contain: 1 person

Iniciaron la entrada a la ciudad de México una noche de viernes. El tráfico de inmediato los desconcierta. El anillo periférico de la ciudad se encontraba plagado de automóviles que circulaban en ambas direcciones en una marcha frenética y anárquica. Después de casi media hora en esa vía, logran salir en una de sus escapatorias para de lleno entrar a la avenida Reforma a la altura del bosque de Chapultepec. Los jóvenes se quedan atónitos con la belleza del lugar. El clima era frío en esa noche de Enero y el lago emitía una pequeña bruma que hacía el panorama aun más bello. Aun cuando ambos jóvenes en otras ocasiones habían tenido la oportunidad de visitar brevemente la ciudad, nunca la habían apreciado con tal esplendor. Al llegar al monumento de la  Diana, de nuevo se miran uno al otro para afirmar; México, agárrate que aquí vengo con la rienda floja. 


Se dirigían ahora a la zona rosa en donde dos de sus buenos amigos; Hector Dávila de Hermosillo, y Fernando Noriega de Mexicali, ya se encontraban establecidos en un confortable apartamento de cuatro recamaras, y a donde habían sido invitados para compartirlo. La zona rosa esa noche de viernes se confundía con un manicomio; automóviles circulando por las pequeñas avenidas a velocidades indescriptibles, infinidad de gentes tanto turistas como nacionales, caminado desordenadamente al dirigirse a los restaurantes, bares, boutiques, hoteles, y todo tipo de comercios. Después de recorrer las diferentes calles aledañas a su destino, identifican un espacio para estacionar el auto, y se dirigen a la dirección escrita en un pequeño papel que Ernesto había recabado de Hector en Hermosillo. Ernesto le dice a Ricardo; “oye Chabelo, vamos a estar en el corazón del desmadre en esta ciudad, ve nomas el cuererío por todos lados, y muchas cantinas. ” (Los amigos mas íntimos de Ricardo lo llamaban Chabelo, haciendo referencia al famoso cómico de esa época, ya que Ricardo desde los 15 años de edad media casi 1.90 y pesaba cerca de 100Kg.)

Luego de algunas vueltas, finalmente encuentran la pequeña callecita en la que se ubicaba el departamento. Se quedan admirados de la infinidad de gente caminando por tan pequeño callejón, pero sobre todo, la infinidad de hermosas mujeres que se dirigen a uno de los lugares más populares de la calle; el café del Gatolote, un agradable café—bar cuya propietaria era la esposa de Manolo Fabregas y popular centro de reunión de muchos actores. La pequeña calle era hermosa; Llena de boutiques, comercios, galerías de arte, restaurantes, hoteles, y mucha gente distinguida. Finalmente encuentran la dirección, trepan por una vieja escalera hasta el tercer piso, para ahí ser recibidos por sus viejos amigos y ex compañeros del Tecnológico de Monterrey, que ya se encontraban trabajando en la ciudad. Después de los clásicos abrazos y saludos, Hector desenfunda una botella de escocés etiqueta negra, y propone un brindis por la buenaventura de los recién llegados. 

Luego de tomarse un par de copas, todos deciden descansar un rato pues era todavía temprano, darse un buen baño, y salir a celebrar la llegada de los dos amigos al escenario de su nueva aventura. Ricardo entra a la pequeña habitación que sería se recamara, se recuesta en una sencilla cama, cierra los ojos y respira profundamente. La ansiedad y el nerviosismo todavía lo acompañaban, pues a pesar del inventario de su famoso arsenal para conquistar el mundo, no dejaba de ser un muchacho de 23 años, tímido, inseguro y podríamos decir con una serie de problemas de auto estima, producto de una muy mala relación con sus padres, y muy particularmente con su padre. Ricardo muy en el fondo de su ser, no sentía que tener las “verdaderas” herramientas para la conquista que tanto anunció a sus amigos, pero estaba decidido de morir en la batalla. No había más, la alternativa de arrendarse, no existía en su menú.

Sin embargo, el alcohol como siempre lo había reconfortado, lo hacia olvidar sus temores e inseguridades, lo hacia sentirse “bien.” Como se había adueñado de la botella, le da un fuerte sorbo a pico y sin agua, respira de nuevo profundamente. El alcohol de inmediato hace su efecto, se siente motivado, eufórico, lleno de energía, se levanta ágilmente para de inmediato meterse a la ducha. Los cuatro amigos se dedican a recorrer los mejores lugares de la zona rosa consumiendo tragos y cigarros al por mayor. Escuchan los mariachis del bar en el Hotel Aristos, coquetean con hermosas mujeres en el Hotel María Isabel, y finalmente se dirigen al bar del Hotel Presidente para escuchar a Cuco Sánchez. Ricardo, como siempre le sucede, alimenta su hambriento ego con la infinidad de mujeres que le coquetean, pues es de todos sabido su éxito con ellas. Finalmente ya a altas horas de la madrugada, todos se retiran al apartamento.

El resto del fin de semana transcurre igual, pero con escenarios diferentes en medio de celebraciones, bares, copas, brindis, y ya el contacto con algunas guapas muchachas que habitaban ese mismo entorno de superficial parranda. Finalmente, el primer lunes en la gran ciudad es para Ricardo una premonición de muchos otros que vendrán. Se despierta a temprana hora con un terrible malestar producto de la cruda luego de tres días de intensa parranda. Como siempre, se siente terriblemente culpable, sentimiento que no lo abandonaría durante muchos años y, sin duda, la fuente de graves conflictos que lo arrastrarían a navegar aguas por demás borrascosas en los siguientes años de una vida que, al iniciarse, ya estaba destinada a llevar a este joven inquieto y aventurero, por los senderos del alcoholismo, las adicciones, y desesperación. 

Ricardo y Ernesto se preparan para iniciar el plan que los deba de establecer en la gran ciudad como dos de los nuevos jóvenes ejecutivos, recién graduados, y demandados por infinidad de empresas en busca de talento. Ricardo siempre había manifestado su intención de convertirse en un gran banquero. A futuro, inclusive, se veía trabajando en Nueva York, la capital financiera del mundo.    

Tanto Banamex como Bancomer tenían lo que a Ricardo le parecía un sueño; los famosos grupos de desarrollo de ejecutivos, en donde se reclutaban a jóvenes prospectos graduados de las mejores Universidades del país y del extranjero, para someterlos a un entrenamiento intensivo de casi dos años recorriendo todo el sistema, y al final ofrecerles una posición ya de cierto nivel. El joven profesionista soñaba cada noche con esa oportunidad, pero estaba seguro que el resultado de sus pruebas—sobre todo, las de inteligencia—se la negarían. Desde que tenía uso de razón, siempre había estado convencido de que él era de una inteligencia mediocre, y en algunas ocasiones inclusive llegó a pensar que era tonto. Eso había provocado que en la escuela primero, y en la Universidad después, al enfrentar una materia difícil y creyéndose incapaz de entenderla, simplemente no le prestara atención con sus consecuentes resultados al pasar de panzazo.

Durante los primeros días de su estancia en el departamento, Ricardo conoce a una bella muchacha quien era la dueña de la boutique a un costado del edificio de apartamentos. Una tarde al estar esperando a sus compañeros de vivienda, puesto que había olvidado la llave, Rosalía—que era el nombre de la chica—al verlo afuera le pregunta que hacía ahí. Después de explicarle el problema, ella le invita un café y esperarlos dentro del local, pues la tarde era fría. Platican largo y tendido solo interrumpidos cuando entraba algún cliente. Ella queda realmente impresionada con los antecedentes del joven. A la hora del cierre del establecimiento, ella le pregunta si le apetecía un brandy. Cierra la puerta principal, prepara un par de brandis que vierte de una botella de Terry español. Brinda ella por el éxito del muchacho en su nueva aventura. Después de la tercera copa, ya despojados de sus inhibiciones, casi sin darse cuenta se revolcaban entre las finas piezas que la boutique exhibía. Ese fue el inicio de una aventura para Ricardo que duró los primeros tres meses, y le fuera bastante conveniente aunque después, no hallaba como salir de esa situación.  

Rosalía era una muchacha muy bella, una empresaria exitosa, al parecer, era miembro de la realeza del DF pues claramente se veía en la clientela que tenía, y se había enamorado locamente de Ricardo. Todas las noches, después de cerrar la boutique, Rosalía le llamaba y el bajaba para iniciar le revolcada casi diaria, previa injerencia de algunas copas del excelente brandy español que siempre Rosalía mantenía en su hermosa boutique. El problema se presentaba cuando después de unas semanas, Ricardo y Ernesto entraban al bar del hotel Aristos, y de inmediato ve a una hermosa muchacha en compañía de una señora guapa y distinguida y otra muchacha joven. La hermosa muchacha empieza a coquetearle con el claro permiso y complacencia de sus compañeras. Pero como él arribaba sin el elixir que lo convertía en súper hombre, el alcohol, no se atreve a responder al coqueteo. Para su fortuna les dan una mesa cerca de las damas y, al momento que empiezan hablar, la señora madura casi les grita; “muchachos, ustedes son de Sonora, ¿no?” Así es le responde Ernesto, los invitan a la mesa y es cuando se enteran las chicas eran nietas del Gral. Abelardo Rodríguez, ex presidente de Mexico y originario de Sonora.

Minutos después ya instalados en su mesa, Ricardo se empuja dos escoceses dobles en las rocas y se inicia la magia. Se enteran la señora es la madre de las chicas y también originaria de Sonora, miembro de una distinguida familia, los Platt y, en su juventud, buena amiga de la madre de Ricardo, y su padre, patriarca de los Platt, muy amigo de su abuelo. Al abandonar el bar horas después, Ricardo con su magia había ya conquistado a Fernanda Rodríguez Platt, una de las chicas más populares del DF, e iniciaban un romance que provocara Ricardo, durante los siguientes meses, se dedicara solo a ella, olvidándose de las otras tentaciones y, desafortunadamente, también de Rosalía.

Fernanda llegaría a cimbrar a Ricardo como pocas y Ricardo a ella igual. Lo introduciría, al igual que la Chata en Monterrey, con la realeza del DF frecuentando con ella, bodas, fiestas, exhibiciones de arte, y hasta juegos de Futbol. Algunas veces la pareja de enamorados simplemente se iban a pasar el fin de semana en alguno de esa infinidad de bellos lugares que hay alrededor del DF, como Cuernavaca, Toluca, Puebla. Otras veces los pasaban en Valle de Bravo en una bella cabaña de un amigo de la familia de Fernanda.  Sin embargo, cuando ella se enterara del compromiso de matrimoniarse de su príncipe azul, terminaba la bella relación.

El departamento en donde se habían acomodado estos dos jóvenes, se hacía muy popular entre los sonorenses radicados en el DF, y también de sonorenses que llegaban a la ciudad ya fuera de visita o de negocios. Ahí recalaban desde altos ejecutivos, hasta artistas como Pancho Vega y su hermana la Isela, a veces con algunas de sus amigas en ese mundo del espectáculo como; Emily Cranz, Angélica Chain y muchas otras. Otros visitantes regulares eran Miguel Gállego y su esposa, la famosa actriz, Ariane Welter (hermana de Linda Christian y ex esposa de Tyron Power), quien había bautizado a Ricardo como el Clint Eastwood mexicano, porque ella afirmaba se parecía mucho al actor, a quien ella acababa de conocer puesto que filmaba una película en Puebla. A Miguel lo habían conocido en el Tec en Monterrey y él, aunque bastante menor que Ariane, se había enamorado y se casaron.

Ricardo en lo personal había establecido una linda amistad con Ariane, y años después, al enterarse de su suicidio, había penetrado a un laberinto de tristeza que no pudo abandonar durante un par de años. El ambiente de ese departamento se empezaba a tornar peligroso.

No comments:

Post a Comment