Wednesday, May 17, 2017

Estoy herido pero todavía puedo pelear (sexta parte)



Ricardo Valenzuela

Mi primer semestre había iniciado y velozmente navegaba hacia mi futuro. Pero para mi sorpresa, se develaba como un reto mucho pesado de lo que hubiera imaginado. Tenía claro que el Tec no era la UNAM ni cualquier otra universidad de pueblo escupíendo “profesionistas” que, como dicen en mi tierra, no saben ni quien capó al Apache. Las clases se iniciaban a las 7 AM, y normalmente terminaban a las 2 PM, regresábamos a los dormitorios cargados de asignaturas que deberíamos presentar resueltas al día siguiente. Mi nostalgia rápidamente se disipaba, en especial, cuando el Froy y yo nos diéramos cuenta que en el mismo piso del enorme dormitorio, se alojaban buenos amigos sonorenses como, José Luis González Iñigo que compartía el cuarto con, Alberto el Lilo Miranda, el Buby Mazón y el Tingas Corella, Carlos el chapo Acosta y Ricardo Salido. Esto facilitaba nuestras reuniones cada noche en alguna de las habitaciones para, desde platicar, estudiar, hasta organizar funciones de box que ya eran muy populares.

Sin embargo, con el transcurso de los días me empezaba asaltar, no por primera vez, uno de los pensamientos más destructivos que el ser humano pueda cobijar. Siempre al despertar me preguntaba a mí mismo ¿Qué estoy haciendo en esta universidad elite? Y me respondía, yo no tengo la capacidad intelectual para navegar estos mares. Nunca debería de haber salido del rancho. Y continuaba afirmándome; los únicos activos con los que cuento, es tal vez mi apariencia física pues, a donde quiera que vaya las mujeres siempre agresivamente me abordan. Soy muy bueno en el arte del boxeo pues el Chucho siempre me lo repetía, y hasta mi compadre Tony Pérez le sacaba a tirar guantes conmigo. Y sin duda soy un gran vaquero pues siempre lo demostré en las tareas del rancho, y en los rodeos que antes se hacían en Hermosillo en unas instalaciones enfrente del Café Combate. 


Años después me diagnosticaran ser víctima de un padecimiento conocido como Dislexia, que se manifiesta como problemática en el aprendizaje, problemas con la lectura, ortografía, matemáticas. No es un problema de inteligencia puesto que, normalmente es sufrido por gentes de inteligencia superior. La gravedad de esto es que si al niño o niña no se le detecta a tiempo, puede ser confundido por padres y maestros precisamente como eso, falta de inteligencia, pereza, irresponsabilidad, y más grave, si la reacción de padres y maestros es en contra de lo que ellos perciben, puede causar serios problemas en la formación de los hijos, generando infinidad de inseguridades y falta de autoestima. Muchos años después me consolaría al enterarme que hombres como John Kennedy, el Gral. Patton, Steve Jobs y el mismo Einstein, sufrieron de la misma condición.

En mi caso sin ese diagnóstico y tratamiento a tiempo, tendría que sufrir las consecuencias que me asomaran al filo del precipicio pasaporte a un infierno que solamente los que hemos cargado esa cruz, sabemos es muy pesada. Siempre recuerdo el suplicio al entregar las calificaciones a mi padre y su repetida reacción que provocara mi especial rebeldía que crecía día a día. Desde mi infancia cortesía de esa condición, además de inseguridades, se me desarrollaba una personalidad introvertida, una gran timidez, temores, sin poder identificar sus causas y, lo verdaderamente grave, un sentimiento de culpa que, cuando fuera acorralado por una persona muy cercana a mí para responder al ¿culpa de qué? Dese mi profundo interior brotara la dolorosa respuesta; “De haber nacido”.

Semanas después del inicio del semestre, un viernes por la tarde todo el grupo de sonorenses nos dirigíamos al centro de la ciudad. Alguien un poco mas corrido propone; vamos a El Imperial a tomarnos unas cervezas. Invadimos el bar, sin que ninguno tuviéramos la edad para consumir bebidas alcohólicas. Rápidamente ordenamos la primera ronda. Yo había pedido una bohemia y al tenerla frente a mí, con algún nerviosismo la levanto para consumirla casi de una sola empinada. Ordeno la segunda y le doy el mismo trato. Minutos después empiezo a sentir un agradable ardor en el estómago y una euforia difícil de describir. Mis temores e inseguridades empiezan a desaparecer y, por primera vez en mi vida, me transformo en lo que ansiaba ser: Un tipo seguro de sí mismo, agresivo, en el buen sentido de la palabra, asertivo, audaz, extrovertido, valiente. Horas después regresábamos a los dormitorios y montado en la camioneta que daba el servicio a los internos, todavía siento la euforia del alcohol, y es cuando me digo a mi mismo; Así me quiero sentir por el resto de mi vida.

Ahí se gestaba el alcoholismo que azotaría mi vida durante 25 años. A partir de esos momentos, todas las actividades de mi vida desarrollarían una gran dependencia del alcohol. Como en el cine cuando aparecen hombres ordinarios y ante cualquier situación que requiera la presencia de un héroe, solamente bebiendo esa mágica poción, inicia la transformación de ese Juan Pérez en un mítico ser de poderes extraordinarios capaz de enfrentar demonios y salir triunfante. Ese era el caso, cuando al llegar a cualquier lugar de reunión de bellas cuñaditas. Un par de bohemias hacían la magia de mi transformación y emergía el chero simpático, carismático, atrevido. Ayudaba algo que mi estatura ya superaba ampliamente los 6 pies, y portara un cuerpo cincelado en interminables horas de gimnasio. Se iniciaba el nacimiento de una leyenda, pero como la mayoría de las leyendas, construida sobre bases artificiales para satisfacer un mercado igualmente artificial, sediento de productos baratos, el macho mexicano llevado a la modernidad en los corredores del Tec de Monterrey.

Iniciaba el tercer año de mi educación profesional, y un grupo de amigos habíamos decidido dejar los dormitorios y rentar un departamento en el Obispado. Según yo, todo iba muy bien y mi descubrimiento del efecto de las bohemias me daba muy buenos resultados. Una ocasión que caminaba por la calle Hidalgo, veo transitar un elegante auto tripulado por una bella y exótica rubia. Cuando ella me ubica, baja la velocidad para darme una mirada que casi me desnuda, procede luego a dar una vuelta en U para repetir su movimiento y se marcha. Al llegar al departamento lo comento con mis amigos y, según yo, ahí terminaba el asunto.

Unos días después hacíamos presencia en el centro de reunión de las que llamábamos “cuñaditas”, muchachas de la clase alta de Monterrey. Al llegar identifico a la rubia del carro elegante que casi me desnudaba con la mirada, y le digo a Pepe Quiroz, el más relacionado con la realeza de la ciudad. Mira Quiroz, esa es la vieja que casi me secuestra el otro día. Pepe la mira, y con una cara de incredibilidad  me dice. “Estas pendejo ¿Qué no sabes quién es? No, le respondo, pero quien sea casi me rapta. Pepe suelta una carcajada y ahora casi gritando me dice. “Mira, es la Chata Garza T, la cuñadita más bella y popular de Monterrey, todos los cuñaditos andan detrás de ella y tú me dices que casi te rapta, estás pendejo. Serás muy el Chero pero esa vieja le puede tronar el dedo al que ella escoja, y lo tendría de rodillas”. Pues me vale madre, le respondo, pero esa pinche vieja, ese día casi me tiraba con los calzones.

No tuvimos que esperar mucho tiempo para aclarar esta situación. El domingo siguiente había un evento deportivo en el Tec, con la participación del equipo sonorense de béisbol. Esperábamos el arribo de la madrina del equipo, Marcela Madero, una de las cuñaditas más populares de la ciudad. Minutos después aparece Marcela acompañada de un grupo de bellas muchachas, y entre ellas la ya famosa Chata Garza T. De inmediato son rodeadas por un grupo de sonorenses, pero al ver la forma que las abordan, yo me quedo rezagado, me hacía falta la poción mágica de la bohemia. Cuando la chusma acosijaba a las bellas, la rubia voltea y me localiza. Jala de un brazo a Marcela y le pregunta ¿Quién es aquel? Marcela me mira y le responde, no lo conozco. Revira la rubia, como no, si trae un cinto que dice Sonora, lo quiero conocer. Marcela me grita, hey grandote, ven por favor. Me aproximo y me dice, te presento a Sandra Garza T.

A partir de esos momentos mi vida estudiantil y mi vida en general, cambiarían radicalmente. La Chata se deshace de los acosijadores que todavía la siguen, y sin andar con rodeos me dice enfrente de todos: “El sábado entrante es el baile de coronación aquí en el Tec, y yo voy a participar como embajadora del casino de Monterrey ¿Quisieras ser mi chambelán? Surge un sepulcral silencio de parte de los aspirantes a galanes, ante la sorprendente invitación. Le respondo, claro, con mucho gusto. Se iniciaba un periodo en la vida de un chamaco de 17 años, que durante los siguientes 18 meses se codeara con la realeza más rancia de Monterrey, siempre del brazo de la bella rubia que finalmente parecía haberlo atrapado. A mis 17 años, salía en parejas con Eloy Vallina, uno de los hombres más ricos de Mexico, quien era novio de Sonia, hermana de la Chata. Asistiría a fiestas de los Santos, de los Garza Sada, los Garza Laguera, primos de Eloy Vallina, viajaría con ellos a diferentes lugares, y yo solo recibía un semanario de 100 pesos y me movía en el popular raite.

El noviazgo con la Chata y el uso más seguido de mi poción mágica, cuyos efectos ahora mutaban para hacerme pugilístico, me harían famoso no solo en Monterrey, también en Chihuahua por mi novedosa amistad con Eloy Vallina. En esos momentos mi única preocupación era que la Chata no descubriera que su galán solo tenía 17 años, pues de los 100 pesos de semanario, ya lo sabía y ella corría con todos los gastos del noviazgo, y además me prestaba el elegante auto que fuera la envidia de mis amigos. Todo mundo en Monterrey, incluyendo las bellas cuñaditas, preguntaban, ¿quien es el novio de la Chata?   

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