Tuesday, May 16, 2017

Estoy herido pero todavía puedo pelear (quinta parte)



Ricardo Valenzuela

Era ya finales de Agosto y sentía me aproximaba al cadalso. Ese día aparece en el rancho uno de los choferes de Almacenes Laval, la empresa nacida de una sociedad entre las familias Valenzuela y Laborín. Al bajar de del auto sonriendo me dice: “Me manda tu papá para llevarte a Hermosillo y, palabras textuales, si no quiere, pide ayuda a los vaqueros para que lo lacen, lo pialen, y te lo traigas empalmado”. Era Pedro Córdova, un muchacho originario de Cobachi, un pueblo cercano al rancho a quien yo conocía desde hacía años. Lo había frecuentado mucho cuando, en una ocasión en la secundaria que reprobara física, mi castigo fue no dejarme ir al rancho durante las primeras semanas de vacaciones, para tomar clases especiales con el Prof. Peterson de 7 a 9 de la mañana. Durante el resto del día debía trabajar en el Laval, normalmente cargando el pick up que piloteaba Pedro, para luego acompañarlo en las entregas a domicilio por toda la ciudad.

Recojo mis pertenencias, las subo al auto tripulado por Pedro y, cuando me dispongo al abordaje, aparece El Churi, el viejo mayordomo del rancho, el hombre que me enseñara todos los artes de la vaquereada desde que tengo uso de razón. Un hombre que, a pesar de no saber leer ni escribir, era muy sabio al que mucho le aprendí, mucho admiré y lo quise como un padre. Me da un abrazo y me dice:


“No te pongas triste, te llevan ahora a potreros más grandes, con mucho zacate liebrero y pamita pa que puedas retozar sin que tengas que testerear los alambres, y si los tienes que testerear, de una vez túmbalos pa que el potrero se haga más grande. Acuérdate siempre de todo lo que te enseñó tu tata, nunca lo olvides pa que seas un buen hombre como él. Tu tata no tuvo mucha educación y mira todo lo que hizo. Y lo hizo sin echarse enemigos y ayudando siempre a mucha gente. Mantén siempre la rienda corta pa que la vida no se te desgorrete, y si el potro de la vida se te cuelga reparando, clávale las espuelas en las paletas, pégale unos reatazos entre las orejas, dóblalo pa los dos lados y, óyeme muy bien, nunca te apees, porque si te apeeas, ya perdiste, y si te tumba, porque a veces nos tocan potros muy mañosos y de mala sangre, vuélvele a subir, jala juerte la jáquima hasta que agarre el paso y luego la andadura”.

Aparece luego su mujer, la Chu, quien había sido una de mis nanas, y con los ojos llorosos me entrega un clásico envoltorio del “lonchi” que le amarran a los vaqueros si la campeada va a ser larga. Casi llorando me dice; “aquí te amarré de lonchi unos burros de frijoles y cuajada, también unos tamales de elote que te gustan tanto, y pal dulce unos pedazos de panocha con cacahuate y un poco de batarete. La campeada va ser muy larga, pero aquí tienes pa que la empieces sin hambre. Por ultimo mijito, a ti como a tu tata, te gustan mucho las muchachas, ten cuidado con las mulas espantadas de por allá, patalean muy juerte y luego se dejan caí”. Le doy un fuerte abrazo y con los ojos llenos de agua me subo al auto y le grito a Pedro, vámonos guízari, antes de que me arrepienta y agarre monte como los novillos mostrencos alzados que se amogotan en la sierra de Mazatán.

Cuando Pedro acelera el auto, entre la comitiva que salía a despedirme, veo la cara llorosa de una joven muchachita llamada Liba, hija de uno de los vaqueros estacionado en otro de los ranchos de mi abuelo. Ellos vivían en la Cañada de la Tigra, rancho ubicado a unos 15 kilómetros al norte de Las Calaveras. La había conocido a principios del verano en una ocasión que fui a ese rancho llevando vacunas para el ganado. Había que cruzar una puerta de fierro para llegar a las casas y ese día, al ir arribando, en la distancia veo que alguien ya se adelantaba para abrirla. Al llegar me doy cuenta era una hermosa muchacha, muy alta, de piel muy blanca, cabello casi rubio, un cuerpo escultural, y piernas atronconadas. ¿Quién eres? Le pregunto al estar abriendo la puerta. Soy hija de Ramón, me responde. Empieza el coqueteo de inmediato que luego se convertiría en una fogosa relación que me provocara, por lo menos dos veces por semana, cabalgar de noche los 15 Km para que nadie se diera cuenta, la veía en un arroyo cerca de las casas. Dábamos rienda suelta a esa pasión de adolecentes, y casi al amanecer regresaba a Las Calaveras.  

El camino del rancho a Hermosillo se me hacia eterno y me invadía un sentimiento de pérdida, pero sin saber por qué y, sobre todo, no tenía claro que era lo que perdía. Muchos años después lo entendería perfectamente. Pasaban por mi mente todos los recuerdos de mi niñez, siempre al lado de mi abuelo y en ese bello lugar que tanto representaba para mí. Las cabalgadas a la sierra para traer uvalamas y nadar en las cañadas siempre corriendo. Las aventadas de ganado que hacíamos del represo de la duraznilla hasta Las Calaveras, un tramo de cerca de 20 Km al galope empujando el ganado y sin detenernos.

El día ultimo de ese mes de Agosto, mi padre, mi madre y yo, nos encontrábamos en el aeropuerto de Hermosillo con mi tío, Manuel Torres, su esposa, la tía Eva, y mi primo el Froy Torres. Nuestros padres, considerando estábamos muy chamacos y muy verdes, nos llevaban de la guía a Monterrey para dejarnos instalados. Después de una pernocta en Mazatlán, poco después del medio día abordábamos un viejo DC3 de Aeroméxico con ruta Durango, Torreón y finalmente Monterrey. Como a las 7 de la noche aparecía ante mí la vista de Monterrey, que me provocaba una mezcla de sentimientos. Excitación por una parte, nerviosismo o tal vez temor, ante lo que me esperaba en ese mar de luces que observaba por la ventana del avión. Minutos después aterrizábamos para luego penetrar la vieja terminal aérea.

Ya en la sala de equipaje, un hombre joven y bien plantado aborda a mi padre para decirle; “Licenciado, que gusto tenerlo por aquí”. Se saludan con un genuino afecto y mi padre procede a presentarlo cuando le dice a mi tío, Manuel; te presento a Roberto Gonzales Barrera, es hijo de un buen amigo y proveedor de Almacenes Laval. Ellos son los propietarios de una exitosa  fábrica de harina de maíz llamada, Maseca. Jamás me imaginé tener ante nosotros a quien, en unos años se le llegara a conocer como, El Maseco, uno de los hombres más ricos de Mexico, con inversiones por todo el mundo, y propietario de BANORTE. Le dice a mi tío Manuel, “mucho gusto don Manuel, y además de las flores que nos acaba de echar el Licenciado, voy a ser su guía de turistas durante los días que decidan pasar en Monterrey”.

Después de disfrutar una agradable cena con el Maseco en el famoso restaurante El Tío, nos lleva al hotel y nos informa que un chofer nos llevaría al día siguiente al campus del Tecnológico, para proceder con nuestra inscripción. A las 8 de la mañana abordábamos una elegante camioneta y nos dirigíamos al sureste de la ciudad . Minutos después aparece ante nosotros el impresionante campus que ya hervía con la cantidad de estudiantes inscribiéndose. Seguimos todos los tramites, y después los arreglos para nuestra residencia en los dormitorios del campus.

Días después mis padres y mis tíos parten a la ciudad de Mexico dejándonos bien acomodados en los dormitorios. El día de su partida, el Froy y yo fuimos al hotel a despedirnos. El Maseco los llevaría al aeropuerto y cuando ya estaban por abordar la camioneta, el Maseco viene ante mí y me dice, “aquí está mi tarjeta, cualquier cosa que necesiten llámame. También, yo tengo hijos e hijas casi de sus edades, me gustaría presentárselos para que los relacionen aquí en Monterrey”. Le reviro, gracias don Roberto, y nosotros nos reportamos con usted. Jamás le llamamos y años después alguien me decía, esa ha sido la peor pifia de tu vida. Te podrías haber casado con una de sus hijas.   

Habiendo naufragado los planes de mi abuelo para mi, a mis 16 años me inscribía en la rama de contabilidad, economía y administración, en donde los primeros 5 semestres eran iguales, para ya en el sexto iniciar la separación de las tres carreras. De seguro no sería contador, se me hacía muy cuadriculado, por eso me debatía entre economía o administración. Pero tenía 5 semestres para tomar esa decisión. Era la primera noche que el Froy y yo pasábamos en el dormitorio, y nos invadía cierta nostalgia. Después de todo, éramos solo un par de chamacos de 16 y 17 años de edad.

Al día siguiente se iniciaban las clases y puntualmente invadíamos el salón indicado en el programa. Ello sería también el inicio de grandes amistades que hasta la fecha perduran. Ahí se encontraban Alejandro Canelos de Culiacán, Eugenio Elorduy de Mexicali, el Lico Gallego también de Mexicali, el bigotón Arroyo de Guadalajara, su familia era propietaria de la cadena de Farmacias Guadalajara, Nicolás Madauar de Mérida, Carlos el chapo Acosta de Huatabampo, Arturo Ortega de Hermosillo. El profesor de la primera asignatura, con el propósito de conocernos mejor, procede a preguntarnos el nombre, procedencia y edad. Al final de este ejercicio el Cano Canelos emergía como el más viejo del grupo con 21 años de edad, y yo me llevaba el título del más joven a mis 16 años.

Iniciábamos nuestra educación universitaria en un Mexico en el cual se le presagiaban graves problemas. Se le presentaban las facturas por sus males comportamientos del pasado. El camino que seguía el país, aunque oculto en la demagogia, era muy claro, especialmente en el manejo de sus políticas fiscales. Desde finales de la segunda guerra mundial, Mexico establecía políticas impositivas repelentes incrementando impuestos en todos los niveles y actividades. Sin embargo, cada vez que se establecía un aumento de impuestos, eran correspondidos con fugas de capital que presionaban el valor del peso, e incrementaban la dependencia del endeudamiento externo.

Nuestros líderes no entendían que las fugas de capital son causadas por impuestos abusivos sobre dividendos, ingresos por intereses cobrados, otros ingresos corrientes, ganancias de capital, especialmente cuando los niveles de inflación ubican a la gente en niveles más altos de ingresos para ser ejecutados con la guadaña de Hacienda. Esas medidas son siempre golpes mortales para dos de los conceptos más importantes en economía, creación de riqueza y formación de capital. Sin ellos, no hay prosperidad, no hay oportunidades, ni futuro para nadie.

 Incertidumbre en el valor de la moneda, abusivas políticas fiscales y económicas en general, también promueven esas fugas, y era lo que Mexico estaba practicando. En 1965, cuando EU reducía impuestos para competir con Alemania y Japón, el nuevo presidente de México, Díaz Ordaz, reducía el impuesto más alto del país a un 35%, tratando de curar el daño del 50% establecido en 1960. A partir de ese momento, el crecimiento económico se aceleró y la naturaleza de ese crecimiento, realmente  fue transformada. En lugar de tratar activar la economía a base del gasto del gobierno en obras públicas, financiadas con deuda externa, hubo un robusto surgimiento de la  inversión privada, algo sin precedentes.

Pero en el momento que nosotros vivíamos al inicio de nuestros estudios, una serie de crecientes inseguridades creaban gran preocupación en el sector privado, eran ya las premoniciones de una grave crisis de la economía. El gobierno se encontraba en el proceso de implementar una serie de cambios en las políticas impositivas que abrian las puertas a medidas de corte socialista, especialmente en el tratamiento del impuesto sobre ingresos personales. Solamente esas medidas eran suficientes para generar masivas fugas de capital en busca de oportunidades más atractivas y seguras en el extranjero. Pero los “políticos” permanecían ciegos ante ese panorama.

Nos esperaría un triste horizonte cuando, al terminar nuestros estudios profesionales nos darían una tétrica bienvenida al mundo empresarial, que era el destino hacia donde nos dirigíamos. En 1972 el promedio impositivo se incrementaría un 42%, en 1975 se llevaría a 50%, y para cerrar con broche la docena trágica, en 1979 se incrementaría a un 55%, y además un impuesto adicional de un 10% para causantes con altos ingresos. El estado llegaría a controlar el 60% de la economia, y los mexicanos viajaban hacia el norte.

Se sentaban las bases del peor ataque a la economía de México, tal vez en su historia.  

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