Sunday, May 14, 2017

Estoy herido, pero todavía puedo pelear (tercera parte)



Ricardo Valenzuela

Finalmente, a mis 16 años de edad, terminaba la preparatoria y, como siempre, me iba a pasar todo el verano al rancho. Sin embargo, a pesar de todo lo que me ofrecía ese maravilloso lugar de mis sueños, ya no era lo mismo. Mi amado abuelo había sufrido un derrame cerebral que lo imposibilitaba para continuar viviendo en el rancho, y el era el almade ese lugar. Ahora extrañaba aquel hombre extraordinario que representaba tanto para mí. Aquel hombre de un valor indomable que lo llevara a combatir a los feroces yaquis y apaches que merodeaban por todo el estado hasta la primera década del siglo 20. Aquel hombre que, por su gran amistad y apoyo para con Álvaro Obregón, estuviera cerca de ser fusilado cuando explotaba el Plan de Agua Prieta, y la hegemonía sonorense marchaba contra Venustiano Carranza.



Un hombre que se había iniciado como minero en La Colorada y platicaba, eran tan ricas las minas de oro, que cada día al terminar su jornada, fabricaba lodo y se lo untaba en todo el cuerpo. Al llegar a su casa, se duchaba para luego colarlo y apareciera ese preciado metal, el oro. Con eso se haría de hasta 20 carros de mulas jaladas por 6 caballos cada una, y lograr el contrato para surtir de leña a las minas. Trabajando y ahorrando, compraría se primer rancho ganadero; Las Calaveras, y continuando con ese ritmo, llegara a ser propietario de 15 ranchos y una superficie de 100,000 hectáreas. Uno de los ganaderos más importantes del país, fundador y segundo presidente de la Unión Ganadera Regional de Sonora. Fundador del Banco Ganadero y Agrícola y consejero hasta su muerte. Accionista de los proyectos más importantes de esa era. Pero sobre todo, un hombre que siempre tendía la mano a los más necesitados por lo cual era enormemente respetado, admirado y querido.

Ese verano prácticamente lo pasé solo en la vieja casona. Una hermosa casa con más de 100 años de antigüedad, con una huerta de por lo menos media hectárea con frondosos árboles de Zapote, yucatecos, naranjos, ubalamas, grandes higueras y en cierta época del año, hasta uvas nos daba. Una casona tipo hacienda con techos muy altos, arcos, pisos de madera, gruesas paredes de adobe que todavía mostraban las troneras (agujeros para apuntar los rifles a los apaches, yaquis y cualquier tipo de asaltantes. La casa no tenía electricidad, nos alumbrábamos con lámparas de petróleo, obviamente no había teléfono, ni televisión. Al arribar me sentía transportado al siglo 19 y me encantaba.

Muy seguido caminaba por la huerta de noche, sintiendo transitaba en al mismo edén y me transportaba a la vieja época que tan bien llegara a conocer de boca de mi abuelo, y algunas de boca de su novia y algunos de los viejos vaqueros. La compañera de mi abuelo, era una hermosa mujer más de 30 años menor que él, era alta, muy blanca, de cabello muy negro y hermosos ojos verdes. Se llamaba Esperanza y realmente cuidaba a mi abuelo y, creo yo, lo hacía feliz porque, a pesar de la diferencia de edades, lo amaba. Ella era una buena mujer y sería una segunda madre para mí. Pero ella estaba en Hermosillo por la enfermedad de mi abuelo, y su familia, su madre y tres hermanas que formaban el personal de la casona, se habían regresado a su pueblo y yo las extrañaba. Y aunque había nuevo personal, tres mujeres para mi desconocidas, de edad madura no muy atractivas, no lograban disipar mi nostalgia recordando cuando mi abuelo, al regresar con los vaqueros de una larga campeada, me esperaba en el porche con una cerveza hight life bien helada, para que luego le platicara de la cabalgada.

Extrañaba la rica cena que cocinaba la Perfeta, madre de la Esperanza, después servida por la Francisca, hermana de la Esperanza, una muchacha joven y casi tan bella como su hermana mayor con la cual, a pesar de solo tener 12 o 13 años, coqueteaba con ella y de vez en cuando le daba sus nalgaditas sin que protestara. Procedíamos a cenar en un largo y bello comedor con una enorme ventana, a través de la cual se podía disfrutar la vista de la sierra de Mazatan. Como mi abuelo cenaba ligero pero sus nietos éramos bien tragones, terminaba rápido y aprovechaba para leernos obras de Thomas Paine, John Locke, Alexis de Tocqueville y otros de sus autores preferidos. Al principio pensábamos; ya va a empezar mi tata con sus lecturas enfadosas. Pero después de un tiempo, cuando menos yo, esperaba con ansias que se iniciara ese rito.

Al terminar la cena, el yaqui Rafai y el carebola Julio, los encargados de la huerta y otros menesteres de la casona, sacaban al llano unas sillas para mi abuelo y El Churi, mayordomo de los ranchos, para luego sumergirse en largas pláticas de los asuntos del rancho, y pasar después a invocar recuerdos de historias que me parecían fascinantes. Las diferentes ocasiones que atacaron los yaquis y cómo en uno de esos ataques matarían a un hermano de la Perfeta. Cuando el jefe apache Gerónimo pasara por el rancho perseguido por las tropas federales, después de haber atacado unos ranchos en las cercanías de Soyopa. La llegada de Pancho Villa en su retirada después que Obregón lo derrotara en Hermosillo y, al ver la foto de Porfirio Díaz en la oficina de mi abuelo, sonriendo le dijera; “Torres, usté anda atrasado de noticias”. Las visitas de Lázaro Cárdenas cuando, siendo un joven comandante de un puesto militar cercano al rancho, llegaba sin avisar solo para ver y platicar con mi abuelo. Y apesar de sus ideologías tan diferentes, su amistad duraría toda la vida.

Extrañaba todo eso y a pesar de que pasaba el día entero con los vaqueros en sus menesteres, al llegar a la casona ya casi anocheciendo, me sentía solo, presentía que los tiempos estaban cambiando y aquel mundo en el cual me había creado y no quería abandonar, estaba falleciendo y mi vida estaba a punto de sufrir un cambio radical. Mi abuelo, como gran liberal, siempre había estado en contra de la revolución mexicana. En la inmensidad de terreno en donde desarrollaba su operación ganadera, había construido un paraíso de libertad que casi se podría asimilar a un pequeño país. Era un oasis en medio del desierto, un refugio en medio de una tempestad. Ahí había escuelas, pero no del gobierno, servicios de salud sin costo para las familias, una tienda en donde se les proporcionaban productos abajo del costo de la hacienda, a cada familia se les prestaba tres vacas paridas para que tuvieran leche y fabricaran sus quesos. Cada dos meses se sacrificaba un novillo gordo, para que las familias tuvieran carne en su dieta.

Él nunca quiso que el gobierno contaminara las mentes de la gente que quería, incluyendo los vaqueros y sus familias. Esa estructura protectora del gobierno y al mismo tiempo liberal, la volvería atestiguar, proporción guardada, al llegar al Tecnológico y conocer el Grupo Monterrey y, sobre todo, al conocer a Don Eugenio Garza Sada, quien tuvo conmigo la grandeza de alma, de pacientemente explicarle a un chamaco de 22 años, todo el concepto y filosofía de ese grupo admirable, en los aventones que me daba cada semana cuando el asistía a la junta de consejo del Tec, y yo un travieso estudiante castigado sin carro, requeria de un raite lo que me permitió cabalgar con don Eugenio durante un semestre.

A medida que avanzaba el verano, como la canción de Cantoral, reloj no marques las horas, sentía que ese hermoso capítulo de mi vida estaba terminando y me resistía. Los planes que mi abuelo tenía para mí, ya no se llevarían a cabo. El pretendía al terminar la preparatoria, enviarme a los EEUU para aprender inglés para luego asistir a la Universidad de California a estudiar una carrera relacionada con la ganadería, para regresar y hacerme cargo de toda su operación ganadera. Algo que provocaba celos y preocupación entre la familia y había ya tenciones. “No quiero que seas empleado de nadie”. Me afirmaba, esto es tuyo y lo debes de manejar porque yo ya me estoy haciendo viejo y dentro de poco ya no voy a poder. Pero en el otro oido me hablaba mi padre para asegurarse debería estudiar en la mejor universidad del país, el Tecnologico de Monterrey, y después ir a los EEUU a estudiar una maestría.

Yo ya no tendría la oportunidad de llevar a cabo con mi abuelo, aquellas largas caminatas todas las tardes siguiendo el camino real, escuchando las historias de su vida que me parecían una película de Hollywood dirigida por John Ford. Escuchar sus nítidas ideas liberales que lo llevaran a ser admirador de Porfirio Díaz. Sus agresivas críticas a la revolución y su apasionada defensa de la libertad, de la propiedad privada, del estado de derecho. Su gran frustración y rabia contra uno de los peores abortos de esa fallida revolución; la reforma agraria. Pero el tiempo se me acababa.  

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