Saturday, May 13, 2017

Estoy herido, pero todavía puedo pelear (segunda parte)



 REFLEXIONES LIBERTARIAS
Ricardo Valenzuela

Nací en Hermosillo Sonora un 23 de Diciembre al final de la segunda guerra mundial. Soy entonces de la generación que en los EU se le llama “baby boomers,” es decir, los nacidos entre el final de la segunda guerra mundial hasta aproximadamente 1960. Nací en lo que en esa época se podría considerar una familia de clase alta. Mi padre, originario de Sahuaripa, Sonora, un hombre sumamente culto y educado, hizo la mayor parte de sus estudios en Europa, entre Bruselas e Inglaterra, en donde vivió más de 15 años. En la Universidad Libre de Bruselas obtuvo Doctorados en Leyes, y Filosofía y Letras, en el London School of Economics hizo estudios de economía y ciencias políticas en donde fuera alumno del gran Hayek. Mi madre, originaria de La Colorada Sonora, hija de uno de los más importantes ganaderos y empresarios de la época, hizo solamente estudios comerciales que era la costumbre y el destino para las mujeres en los años 40. Pero era una mujer muy inteligente, y portadora de una personalidad y un carácter que provocara yo la llamara, doña Bárbara, haciendo referencia a la película de María Félix.
                                                                                                     

Nací en una época en la que México trataba de sanar las heridas de su revolución, y se debatía entre el socialismo implantado por Lázaro Cárdenas que lo hundía en lo más profundo de la pobreza, lo aislaba de la comunidad internacional debido a las expropiaciones tan bárbaras e ilegales de parte de su gobierno de empresas y activos de inversionistas extranjeros—entre los que se contaba el petróleo, los ferrocarriles, explotaciones agrícolas en La Laguna, el Valle del Yaqui, Michoacán etc-- lo había ahora empujado al país a involucrarse en una conflagración mundial afortunadamente del lado de los vencedores, y el nuevo estilo moderador del Presidente Ávila Camacho quien tenía ante su vista esa neurálgica tarea de desactivar todo el aparato nacionalista, colectivista, corporativista y, sobre todo, el desmembrar el sistema de educación socialista recién implantado por Tata Lázaro, que desafortunadamente ya había sembrado la semilla cultural que cosecharíamos las generaciones que en esos años nacíamos, y mantendría al país estancado durante muchos años.

Mis padres eran famosos en Hermosillo de los 40s, 50s y 60s--como alguien que los conoció en esa época me lo decía muchos años después—por varias cosas; me decía esta persona que ambos eran miembros de las familias más distinguidas de Sonora, la pareja más bonita de la ciudad, ante los ojos de la sociedad tenían un matrimonio perfecto y, sobre todo, sus diarias largas caminatas después de la cena cuyo itinerario era la calle Juarez, la calle Serdan hasta llegar al Hotel San Alberto, luego la Plaza Zaragoza y de ahí regresar por el mismo sendero. Efectivamente, mis padres físicamente eran bellos. Mi padre un hombre alto, muy blanco de facciones casi perfectas y aspecto distinguido—tanto que cuando hacíamos viajes a EU, nadie creía que era mexicano. Recuerdo que todavía en sus 60s algunas muchachas jóvenes lo abordaban para decirle lo guapo que era. Mi madre era sin duda también una hermosa mujer; alta, morena clara y de una belleza legendaria. La gente decía que parecía gemela de la Elsa Aguirre.

Tengo realmente muy pocos recuerdos de mi niñez—algunos buenos pero no son abundantes, aunque sí algunos no tan buenos. Recuerdo que vivíamos en la calle Yucatán enfrente del Sanatorio Olivares. Recuerdo también cuando hice mi arribo al kinder del Colegio Lux a los 4 años, y la Chagua, mi nana, tuvo que permanecer conmigo unos días pues no quería quedarme solo. Luego recuerdo vagamente mis primeros años de primaria en el Colegio del padre Javier, que en aquella época se ubicaba enseguida de la vieja cervecería de los Hoeffer cerca de la Plaza Zaragoza. Inicié mi vida estudiantil con un grupo de amigos que lo serían durante el resto de nuestras vidas. De los que más recuerdo; mi primo el Manuel el Froy Torres, el Buby Mazon, el Jayo Acosta, Pepe “Casero,” el Guaty Yberri, Luis Carlos Soto, el Memo Tapia, los cuates Bloch, Nacho Gaxiola, Luis Hoeffer, Alberto Encinas, Manuel Quiroga, los Hnos Iribe etc. 

Mis verdaderos recuerdos hermosos de la niñez, son aquellos al lado de mi abuelo materno, con quien afortunadamente pasé gran parte de ella. Desde que mis recuerdos asoman, me miro pasando todas las vacaciones, Navidad, semana santa y el verano entero, al lado de mi abuelo en su rancho, Las Calaveras. Y aunque no llevaba su apellido en primera estancia, siempre fui su nieto consentido. El mismo día que se terminaba el año escolar, ya uno de los choferes del rancho esperaba para llevarme a ese paraíso de mi niñez.

Esa cercanía a mi abuelo materno, Manuel P. Torres, provocó que yo me desarrollara de una forma muy especial. Desde le edad de 4 a 5 años yo ya campeaba todos los días con los vaqueros del rancho aprendiendo, desde esa tierna edad, todas las habilidades de esos hombres que yo tanto admiraba, los vaqueros, tanto que, tal vez al inicio de mi segunda década en este mundo, ya era un hábil vaquero que lazaba, pialaba, castraba becerros, curaba animales enfermos y, en su momento, a los 15 años de edad, mi abuelo me permitió amansar mi primer potro salvaje.  Ese amor por la vida de rancho que mi abuelo me instalara, fue lo que años después hizo que mis amigos me bautizaran con el sobre nombre de El Chero, palabra con la que en Sonora, se identifica a los vaqueros salvajes.
                   
En el rancho aprendería muchas cosas, aprendí a bailar con las hijas de los vaqueros, a manejar cuando el mecánico del rancho se convirtiera en mi instructor. En el rancho me dieron mi primer beso, cortesía de una bella muchacha que, debido a la enfermedad de mi abuelo, gran parte de las mujeres que lo atendían en la casona estaban en Hermosillo, por lo que se contrataba a esta bella chamaca llamada Elma, para que nos atendiera a mí y a mis primos, el Froy Torres y el Peque Torres, ese verano. Ella, a los tres nos enseño a besar y tuvimos la primera experiencia sexual. Yo creo tenía 14 años, la Elma debe de haber tenido unos 20, era alta, morena clara, hermosa como igualmente hermosa fue la experiencia. Confieso que la primera vez que sorpresivamente me dio ese dulce beso, entré en pánico y corriendo fui a contarle a mi primo el Peque, y los dos fuimos a la iglesia del rancho a rezar y pedir perdón.

Pero al regresar tristemente a mi casa al final de las vacaciones, ya me esperaba mi padre para proceder a instalarme una mente inquieta por el conocimiento, la cual satisfacía a base de lectura interminable, mi amor por los libros, las ideas, la historia, siempre dirigido por ese hombre de cultura expansiva como él lo era. A veces me parecía que ambos hombres, mi abuelo y mi padre, establecían una competencia en cuanto a mi formación. Yo, desde el primer día de regreso del rancho, ya contaba los que faltaban para las siguiente vacaciones y regresar a ese lugar que tanto amaba, el rancho. Era tanto mi amor por esa vida, que lejos de ofenderme que mis amigos me llamaran El Chero—palabra despectiva de la gente de la ciudad para describir a los vaqueros incultos y salvajes—me sentía realmente orgulloso y era música para mis oídos.

Después mi padre me involucraría en otra actividad que me llegaría a apasionar casi como el rancho, y cambiaria mi vida. El boxeo. Dese los 11 años inicié mi desarrollo como boxeador bajo la tutela de un hombre extraordinario, Chucho Llanes.  Y lo describo como extraordinario porque no solo se ocupaba en enseñarme la técnica física del boxeo, era también un gran motivador que constantemente me cubría con afirmaciones positivas que yo tanto necesitaba y mi padre nunca me diera. Eran tan bueno en esa técnica del boxeo, que durante mi último año en Hermosillo, antes de partir a Monterrey, cambiaba golpes con boxeadores profesionales como Tony Pérez, Pancho Cancio, Federico Payan, que siempre se quejaban que no era parejo pues ellos eran welters y yo, a mis 16 años, era ya peso completo.

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