Wednesday, May 10, 2017

El relato tupamaro se está haciendo añicos

El relato tupamaro se está haciendo añicos

Hana Fischer dice que el grupo guerrillero que se alzó en armas en 1962 cuando Uruguay vivía en democracia, los tupamaros, no fue tan heroico y fracasó
Carl von Clausewitz —prestigioso militar prusiano del siglo XIX— afirmó que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Para el bando perdedor, la política podría constituir la prolongación de la lucha mediante otras herramientas.
Con respecto a los tupamaros, va quedando cada vez más claro que la segunda postura es la que adoptaron tras el retorno de la democracia en Uruguay.
Como se recordará, ese grupo guerrillero se alzó en armas en 1962, cuando en el país regía la democracia más plena. Tanto era así que incluso Ernesto “Che” Guevara, que visitó Uruguay por aquella época, expresó que aquí no se justificaba hacer una revolución porque los ciudadanos gozaban de amplia libertad. Por consiguiente, era posible realizar los cambios en forma pacífica y consensuada mediante el voto popular.



A pesar de los consejos de una figura que tanto admiraban, los tupamaros emprendieron el camino de la violencia: robos, secuestros, torturas y asesinatos a sangre fría. El país se tiñó de sangre, miedo y dolor. Su objetivo era imponer una tiranía totalitaria al estilo de la cubana. Por cierto que no eran ningunos angelitos a pesar de que pretendían presentarse como “Robin Hoods” modernos.
Ante la inseguridad reinante, los gobernantes les otorgaron a los militares la misión de luchar contra las guerrillas. Fueron exitosos y en poco tiempo fueron derrotadas: los sediciosos fueron encarcelados o marcharon al exilio.
Una vez obtenida la victoria bélica, lo militares no regresaron a los cuarteles sino que propiciaron un golpe de Estado. Entre 1973 y 1985, impusieron una cruel dictadura. Durante ese período, los principales líderes tupamaros estuvieron recluidos en condiciones muy penosas.
En 1985 regresó la democracia. Todos los uruguayos habían padecido los atropellos, excesos e injusticias cometidos por la dictadura militar. De una u otra forma, todos  tenían heridas. Eso provocó que  la gente estuviera muy sensibilizada frente al sufrimiento ajeno. Por consiguiente, sintiendo empatía hacia los tupamaros estuvo de acuerdo en que fueran amnistiados, a pesar de los graves delitos que habían cometido. En aquel entonces se pensó —quizás ingenuamente— que de una manera dolorosa todos habían aprendido la lección.
Pero no se dio la situación inversa porque muchos tupamaros no son empáticos. Eso quedó demostrado en 1996, cuando la televisión alemana realizó un documental sobre ellos. La esposa y la cuñada del expresidente José Mujica —Lucía y María Topolansky— fueron entrevistadas para que explicaran cómo el grupo escogía a sus víctimas y las ejecutaban. Sin el menor atisbo de remordimiento, dieron a conocer los macabros detalles con voz calma meciéndose en una hamaca paraguaya.
En 1985 al ser puestos en libertad, los tupamaros comienzan programar la forma de “hacer la guerra por otros medios”. Por consiguiente, decidieron recurrir a la política para alcanzar los objetivos que perseguían desde 1960. Eso queda de manifiesto porque en el documental alemán Mujica afirma: “Participar en el juego de la democracia liberal no significa estar de acuerdo con ella”.
Lo más urgente era “lavar” su imagen, lo que originó la necesidad del “relato”. Para ello era ineludible desvirtuar la realidad. O sea, trasformar la mentira en “verdad”. Era esencial convertir a terroristas en “héroes”, con todas las virtudes que se les atribuyen: valentía, ética, luchadores por la libertad y preocupación por los que sufren injusticia.
Por otra parte, era relevante hacer creer que realmente se habían convertido en demócratas y personas honestas porque de lo contrario, jamás obtendrían el poder mediante el voto popular. Esa tarea se vio favorecida por el carisma de Mujica y la habilidad escritora de Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof (todos ellos ocuparon importantes cargos en el Estado durante los gobiernos frentistas).
Lo primero, era explicar las razones de su derrota militar de forma tal, que se los mostrara heroicos a pesar del fracaso. Era imprescindible presentar una imagen viril de los líderes tupamaros, un modelo digno de admiración. Para lograrlo, recurrieron a la figura del “traidor”. El escogido para ocupar ese triste papel fue Héctor Amodio Pérez, quien se había refugiado en España y no se sabía nada más de él.
En el “relato”, fue señalado como “el mayor traidor que tuvo el movimiento guerrillero”. Por eso Amodio Pérez, con su vil actitud, habría sido el causante de la derrota que sufrieron.
Sin embargo, a raíz del libro de María Urruzola de reciente aparición, se ha descubierto que eso era una enorme patraña. Además, que no hubo tanta “firmeza de carácter” entre los tupamaros apresados. La mencionada obra reproduce un documento militar que registra cómo Fernández Huidobro delató a varios compañeros. Allí aparecen sus declaraciones dando pelos y señales de 41 de sus compañeros. De Rosencof se han marcado pecados similares. En cambio con respecto a Pérez, solo se han probado unas 6 delaciones.
O sea que el “máximo traidor” Pérez resultó un aprendiz, en comparación con los que habrían sido “maestros de la felonía”: Fernández Huidobro y Rosencof. Asimismo, quedó demostrado que los tupamaros fueron derrotados debido a sus propias fallas internas y no a factores externos.
Por otra parte, son cada vez más las voces de ex tupamaros que acusan a la cúpula —principalmente a  Mujica y Fernández Huidobro— de haber continuado con prácticas oscuras  tras el retorno de la democracia. Desde ese punto de vista, se menciona que siguieron estrechamente ligados a grupos terroristas.
Jorge Zabalza —ex jefe tupamaro— afirmó en una entrevista publicada en 2008, que “hasta 1995 y en plena democracia el MLN organizó y ejecutó atracos a punta de pistola y mantuvo a la vista ‘el horizonte insurreccional´ ”. O sea, que no descartaron el retorno a la lucha armada. Por su parte en el libro de Urruzola se asevera, que mediante esos robos los tupamaros financiaron su campaña electoral. Es decir, que estaban activos simultáneamente en ambos planos.
Habiendo sido exitosos en la primera parte de su estrategia —conquistar el poder mediante las urnas— los tupamaros pasaron a ejecutar la segunda. En palabras de von Clausewitz: “el propósito del acto de guerra es desarmar al oponente". La mejor forma de lograrlo es adulterando a la historia porque como señala George Orwell, “quien controla el presente controla el pasado, y quien controla el pasado controlará el futuro”.
En consecuencia, a los estudiantes se les “enseña” que los tupamaros lucharon por la democracia y en contra la dictadura militar.
A eso hay que sumarle la exposición mediática de Mujica mediante la cual, está embaucando a propios y extraños. Se suele pensar que él es espontáneo y natural al hablar, cuando lo cierto es que aprendió el arte de la declamación con el profesor Francisco Espínola. Su forma de expresarse es muy estudiada: está calculada para causar en el público la impresión deseada.
Sin embargo, da la impresión que los nuevos vientos que están soplando sobre América Latina, están barriendo con el “relato” tupamaro. En rigor, no resultaron ser tan duros ni valientes ni justicieros ni demócratas como habían hecho creer. Y, aparentemente, tampoco habrían dejado por completo las viejas mañas del pasado.

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