Monday, May 1, 2017

El próximo debate sobre políticas tecnológicas

Michael J. Boskin is Professor of Economics at Stanford University and Senior Fellow at the Hoover Institution. He was Chairman of George H. W. Bush’s Council of Economic Advisers from 1989 to 1993, and headed the so-called Boskin Commission, a congressional advisory body that highlighted errors in … read more

STANFORD – ¿Qué tienen en común las filtraciones de correos electrónicos poco favorecedores desde los servidores pirateados del Comité Nacional Demócrata durante la campaña presidencial del año 2016 en Estados Unidos y la ensordecedora sirena de alarma que resonó durante una hora en Dallas, Texas? Lo que tienen en común es lo mismo que vincula la amenaza nuclear de Corea del Norte con los ataques terroristas en Europa y Estados Unidos: todos estos eventos representan desventajas de distintas tecnologías que, a su vez, son extremadamente beneficiosas – estas desventajas son riesgos que exigen, cada vez con mayor intensidad, respuestas en la forma de políticas sólidas.


La disputa creciente sobre la tecnología se ejemplifica en los debates acerca de la llamada neutralidad de la red y la disputa entre Apple y el FBI sobre el desbloqueo de los iPhones de presuntos terroristas. Esto no es de extrañar: a medida que la tecnología acarrea más consecuencias – que afectan a todo lo que nos rodea, desde nuestra seguridad (armas nucleares y ciberguerra) hasta nuestros trabajos (alteraciones en el mercado de trabajo causadas por la robótica y el software avanzado) – el impacto de dicha tecnología ha sido bueno, malo y potencialmente feo.
En primer lugar, el impacto bueno. La tecnología eliminó enfermedades como la viruela y está muy cerca de erradicar otras, como la polio; facilitó la exploración espacial; aceleró el transporte; y, abrió nuevos horizontes de oportunidades para las finanzas, el entretenimiento y mucho más. La telefonía celular, por sí sola, libró a la gran mayoría de la población mundial de experimentar restricciones de comunicación.
Los avances técnicos también han aumentado la productividad económica. La invención de la rotación de cultivos y del equipo mecanizado aumentó dramáticamente la productividad agrícola y permitió que la civilización humana se desplazara desde las granjas a las ciudades. En el año 1900, un tercio de los estadounidenses vivían en granjas; hoy, esa cifra es sólo del 2%.  
Del mismo modo, la electrificación, la automatización, el software y, más recientemente, la robótica trajeron consigo grandes avances para la productividad de la manufactura. Mi colega Larry Lau y yo estimamos que el cambio técnico da cuenta de aproximadamente la mitad del crecimiento económico de las economías del G7 en las últimas décadas.
Los pesimistas temen que los beneficios de la tecnología que mejora la productividad estén menguándose y que es improbable que se recuperen. Ellos afirman que las tecnologías como ser las búsquedas en Internet y las redes sociales no pueden mejorar la productividad en la misma medida que lo hicieron la electrificación y el ascenso del automóvil.
Los optimistas, por el contrario, creen que avances como Big Data, la nanotecnología y la inteligencia artificial son los mensajeros que anuncian la llegada de una nueva era de mejoras impulsadas por la tecnología. Si bien es imposible predecir cuál será la próxima “aplicación asesina” que surja de estas tecnologías, esa no es razón, argumentan, para asumir que no exista una. Al fin y al cabo, las tecnologías importantes a veces derivan su principal valor comercial de usos muy distintos de los que el inventor tenía en mente.
Por ejemplo, la máquina de vapor de James Watt fue creada para bombear agua de las minas de carbón, no para abastecer de energía a ferrocarriles o barcos. Del mismo modo, el trabajo de Guglielmo Marconi sobre la transmisión de radio de larga distancia tenía por objeto simplemente crear una forma de competencia para el telégrafo; Marconi nunca se imaginó la existencia de las emisoras de radiodifusión o de la comunicación inalámbrica moderna.
Pero, el cambio tecnológico también ha provocado un considerable desplazamiento laboral, perjudicando a muchos a lo largo del camino. A principios del siglo XIX, el temor a tal desplazamiento llevó a los trabajadores textiles de Yorkshire y Lancashire – a los denominados “luditas” –  a destrozar máquinas nuevas, como ser telares automatizados y máquinas de tejido.
El desplazamiento laboral de los trabajadores continúa hoy en día, ya que la robótica desplaza algunos empleos manufactureros en las economías más avanzadas. Muchos temen que la inteligencia artificial traiga consigo más desplazamiento, aunque la situación puede no ser tan funesta como algunos esperan que sea. En la década de 1960 y principios de 1970, muchos creían que las computadoras y la automatización conducirían a un desempleo estructural generalizado. Eso nunca sucedió, porque surgieron nuevos tipos de empleos para compensar el desplazamiento laboral ocurrido.
En cualquier caso, el desplazamiento de puestos de trabajo no es el único efecto secundario negativo de la nueva tecnología. El automóvil avanzó enormemente la movilidad, pero logró eso a costa de una contaminación no saludable del aire. La TV por cable, la red de Internet y las redes sociales brindaron a las personas un poder sin precedentes sobre la información que comparten y reciben; pero, también contribuyeron a la balcanización de la información y de la interacción social, ya que las personas eligen las fuentes y las redes que usan, lo que refuerza sus propios sesgos.
La moderna tecnología de la información, por otra parte, tiende a estar dominada por unas cuantas empresas: Google, por ejemplo, es literalmente sinónimo de búsqueda en Internet. Históricamente, se hizo retroceder a ese tipo de concentración de poder económico, por temor al monopolio. Y, de hecho, estas firmas están empezando a enfrentarse al escrutinio de los funcionarios antimonopolio, especialmente en Europa. Queda por verse si las actitudes, generalmente tolerantes de los consumidores con respecto a estas compañías serán suficientes para compensar las preocupaciones históricas sobre el tamaño del mercado y el abuso del poder de mercado.
Sin embargo, las desventajas de la tecnología se han tornado muchísimo más oscuras, ya que los enemigos de las sociedades libres pueden comunicarse, planificar y llevar a cabo actos destructivos con mayor facilidad. El Estado Islámico y al-Qaeda reclutan en línea y proporcionan una guía virtual sobre cómo causar estragos; a menudo, tales grupos ni siquiera tienen que comunicarse directamente con los individuos para “inspirarlos” a perpetrar un ataque terrorista. Y, por supuesto, la tecnología nuclear proporciona no sólo electricidad libre de emisiones, sino también armas masivamente destructivas.
Todas estas amenazas y consecuencias exigen respuestas en la forma de políticas claras que no sólo se centren en el pasado y el presente, sino también en el futuro. Con demasiada frecuencia, los gobiernos se enredan en disputas estrechas e inmediatas, como la disputa entre el FBI y Apple, y pierden de vista los riesgos y desafíos futuros. Estas disputas estrechas e inmediatistas pueden crear el espacio para que algo realmente feo ocurra, como ser, digamos, un ataque cibernético que haga caer una red eléctrica. Más allá de las consecuencias inmediatas, tal incidente podría estimular a los ciudadanos a exigir restricciones a las tecnologías que sean excesivamente estrictas, poniendo en riesgo la libertad y la prosperidad a cambio de ir tras la búsqueda de seguridad.
Lo que realmente se necesita son instituciones y políticas nuevas y mejoradas, y cooperación entre las fuerzas del orden público y las empresas privadas, así como con los gobiernos. Dichos esfuerzos no deben limitarse a reaccionar ante los acontecimientos, sino también deben anticiparlos. Únicamente cuando ello ocurra podremos mitigar los riesgos futuros, mientras continuamos aprovechando el potencial de las nuevas tecnologías con el propósito de mejorar la vida de las personas.

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