Wednesday, April 5, 2017

Una crítica al utilitarismo


El utilitarismo es una teoría ética que puede resumirse como “hacer el mayor bien posible al mayor número de personas”. Su misión se basa en satisfacer preferencias (en economía) o producir felicidad (en filosofía moral). A priori, y partiendo solo de su definición, parece un sistema ético aceptable e, incluso, deseable. Pero si lo analizamos más de cerca veremos que no solo no es deseable, sino que además es inaceptable desde un punto de vista ético. Incluso se puede refutar desde una perspectiva lógica y argumentativa.
La mayoría de economistas hacen uso de este sistema ético a la hora de posicionarse en sus ideas o teorías económicas. Analizan siempre el impacto de unas posibles medidas en relación a las consecuencias que tendría implantarlas. Se posicionan a favor de las medidas con un impacto más positivo sobre la mayoría de la población. Siempre que nos intentan demostrar por qué apoyan unas determinadas medidas lo hacen comparándolo con sus posibles consecuencias. Veremos que este sistema es profundamente ilegítimo (atenta directamente contra los derechos básicos del ser humano) y, además, es totalmente contradictorio.



Para que el utilitarismo fuera un sistema ético racional, tendríamos qué definir qué es felicidad y qué es satisfacción de preferencias. Si lo hacemos nos daremos cuenta que son conceptos totalmente subjetivos que varían de un sujeto a otro. Lo que produce felicidad a una persona puede producir tristeza a otra, y viceversa. Además de que son conceptos que no se pueden cuantificar ni medir de un modo racional ni exacto.
Y aún así, aunque pudiésemos medir de manera racional y exacta estos conceptos (felicidad y satisfacción) nos encontramos que el sistema presenta otros problemas -incluso más graves-.
Supongamos que en un pequeño pueblo aislado hay 500 habitantes, entre los cuales hay 450 de pelo moreno y 50 personas de pelo rubio. Supongamos, además, que los morenos (sin excepción) odian profundamente a los rubios (la razón es irrelevante, pero si el lector lo desea puede asignarlo a la envidia). En consecuencia, y basándonos en las preferencias de los morenos, si los rubios no existieran, los morenos serían mucho más felices. El solo hecho de aniquilar (véase matar) a todos los rubios del pueblo, daría una satisfacción enorme a los morenos. Y, como los morenos son mayoría, esta acción sería la que “produciría el mayor bien al mayor número de personas”. Desde un punto de vista utilitarista esta medida no se podría refutar. Es más, esta acción sería la que se tendría que hacer si fuésemos unos utilitaristas consecuentes.
Vemos, pues, que el sistema utilitarista, usando su propia base filosófica, se puede cargar un derecho básico del ser humano como es el derecho a la autoposesión -y que de éste se deriva el derecho a la vida-.
Por otra parte, el sistema ético utilitarista nos anuncia que siempre debemos hacer “el mayor bien al mayor número”. Y rechaza completamente hacer cualquier otra cosa que no sea hacer el mayor bien. El utilitarista consecuente siempre debe basar sus acciones en producir el mayor bien posible. Pero aquí es donde incurren en una contradicción lógica. A priori no se puede saber qué “felicidad”, “bienestar” o “satisfacción” producirá una determinada acción. Tenemos que probarla y luego ver sus consecuencias para poder analizarla. Pero haciendo esto, probando dicha acción, nos estamos saltando los principios del utilitarismo -que es hacer siempre lo que produzca mayor bien-. Puede que apoyemos una medida que no es la mejor y, en consecuencia, estemos contradiciendo al propio sistema.
Es decir, como a priori no sabemos qué satisfacción producirá una determinada acción, no sabemos si ésta es la mejor (la que produce mayor bien). Y como el sistema utilitarista nos obliga a realizar siempre la acción de mayor bien, nos contradecimos de manera lógica si realizamos cualquier acción.
También se podría pensar que la única manera de ser consecuente con el sistema utilitarista sería no haciendo nada. Pero incurriríamos en otra contradicción; ya que no hacer nada, es hacer algo -y, además, es dejar de hacer otras cosas-. Con lo cual, solo podríamos no hacer nada si esto fuera lo que produciera mayor bien. Pero, tal y como se ha comentado antes, esta es una suposición que, a priori, no sabemos. Solo conocemos las consecuencias de las acciones a posteriori.
El utilitarismo es, pues, un sistema contradictorio en sus propias bases que se refuta solo. 
En cambio, un libertario consecuente es aquél que basa su teoría ética en la legitimidad o no de sus acciones. No analiza si una determinada acción producirá el mayor bien posible -o, incluso, si producirá satisfacción alguna-. Primero, porque las satisfacciones y preferencias personales son subjetivas y no se pueden medir. Y, segundo, porque con esto nos podríamos saltar principios éticos básicos. El libertario solo mira si lo que hace es legítimo o ilegítimo. Él jamás pedirá aniquilar a 50 rubios porque sabe que hacerlo es ilegítimo -se salta el axioma de no-agresión-, aunque dicha acción produzca una felicidad enorme a 450 individuos.
El único sistema válido -y que, además, es el único compatible con el ser humano- es el principio en el que descansa la teoría ética libertaria o anarcocapitalista: el axioma de no-agresión. De este axioma ya hablaremos en una próxima entrada. Este axioma unido a la ética de propiedad privada, descansa toda la teoría libertaria del anarcocapitalismo.

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