Tuesday, April 4, 2017

Un siglo, poco cambio

Un siglo, poco cambio

Manuel Suárez-Mier establece similitudes entre Woodrow Wilson y Donald Trump.
El 6 de abril próximo marca el ingreso de EE.UU. en la 1ª Guerra Mundial, conflicto devastador entre las potencias imperiales, que estaba en un impasse en el frente occidental europeo a la mitad de Francia, mientras que Alemania se anotaba la victoria en el frente oriental con la salida de Rusia del conflicto.
¿Cómo explicar que un pacifista Presidente de EE.UU. Woodrow Wilson, recién reelecto en 1916 jurando no involucrarse en esa guerra, cambiara abruptamente de opinión? Un telegrama que le envió el canciller alemán Arthur Zimmermann a su embajador en México.



El famoso telegrama Zimmermann, que el embajador von Eckhardt entregó al Presidente Venustiano Carranza, prometía a México recuperar sus territorios perdidos en las guerras de independencia de Tejas de 1836 y contra EE.UU. diez años después, si nuestro país invadía EE.UU.
Independientemente de lo absurdo de tal propuesta, para un México destrozado por una sangrienta guerra civil y un Presidente Carranza que salió huyendo a Veracruz, adonde nunca llegó, poco después de recibir el telegrama, lo interesante es determinar cómo se logró que su contenido se hiciera público.
La respuesta radica en la destreza del espionaje británico para interceptar y descifrar el telegrama en el famoso “cuarto 40,” cuya creación la ordenó Winston Churchill, a la sazón Primer Lord del Almirantazgo, después que Inglaterra había cortado los cables submarinos de Alemania en el Atlántico.
El telegrama había sido enviado de Berlín a Nueva York, donde la complaciente Casa Blanca permitía a los alemanes transmitir a su antojo mensajes cifrados en los medios de comunicación diplomáticos de EE.UU., en su fallido intento de pretender ser intermediario y pacificador, y “confiando en la buena fe de los alemanes.”  
El problema para los ingleses era cómo revelar el contenido del telegrama sin que los alemanes se percataran que habían penetrado sus códigos, lo que se consiguió  inventado que el texto se filtró en México, cubriendo así el rastro del decodificador.
Cuando su contenido se hizo público, la presión del Congreso, y de los medios de comunicación en EE.UU. para declarar la guerra a Alemania, se hizo irresistible por lo que Wilson se vio forzado a movilizar a las fuerzas armadas.
Hay muchos similitudes entre lo ocurrido hace un siglo y lo que sucede hoy. Los electores de Wilson y Trump exigen que su país evite involucrarse con el resto del mundo y encerrase tras sus fronteras. A pesar de sus diferencias ideológicas, ambos promueven más gasto público deficitario para impulsar sus proyectos.
Los dos son elitistas, racistas y presumen de su intelecto, aunque Wilson tenía más sustento para ello que lo llevó a la rectoría de Princeton, mientras que Trump, que ha escrito muchos más libros de los que ha leído, es de una ignorancia e incultura no vistos en la Casa Blanca desde que la ocupara su nuevo héroe, Andrew Jackson.
Pero al igual que la realidad, en el caso de Wilson el famoso telegrama, lo forzó a abandonar sus promesas de campaña, no es inverosímil idear escenarios en los que Trump se vea obligado por las circunstancias a abandonar las suyas y adoptar nuevas estrategias, ¿lo entenderá?.
La frágil personalidad de Trump no admite derrotas, y ante la colosal que tuvo en su fallido intento por cancelar Obamacare la semana pasada, que ni siquiera concitó los votos necesarios de los diputados de su partido, procedió, como siempre, a proclamar victoria y acusar a otros de su fracaso, igual que Wilson hizo con los fiascos del Tratado de Versalles y la Liga de las Naciones, sus proyectos favoritos.
Ya veremos qué otras semejanzas aparecen con el tiempo entre estos siniestros personajes pero, por lo pronto, es posible que la presidencia de Trump termine tan mal como la de Wilson.      

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