Thursday, April 6, 2017

Trump ordena atacar con misiles al régimen sirio

Estados Unidos lanza 59 misiles de crucero contra un campo aéreo sirio como represalia por el ataque químico. Es la primera intervención directa de Washington contra el régimen de Bachar el Asad

Lanzamiento de uno de los misiles estadounidenses.
Estados Unidos lanzó la noche del jueves un ataque por sorpresa contra el régimen sirio. 59 misiles Tomahawk alcanzaron el campo aéreo de Shayrat (Homs) en represalia por el bombardeo de armas químicas que el martes pasado acabó con 86 muertos, 30 de ellos niños. La decisión de abrir fuego contra las tropas de Bachar el Asad, una opción rechazada hasta hace pocos días por el presidente Donald Trump, supone un giro radical en la política de Washington en Siria y abre una posible vía de conflicto con Moscú, principal valedor del régimen. Pero también lanza una advertencia a Irán y Corea del Norte: Estados Unidos, con Trump a la cabeza, está dispuesta a disparar contra quien cruce sus líneas rojas.

  Trump ha hecho de la imprevisibilidad un arma. Durante años rechazó cualquier ataque a El Asad. “¡No ganamos nada y solo nos ocurrirán cosas malas!”, llegó a tuitear en 2013 cuando Barack Obama sopesaba una acción militar en Siria tras el ataque químico que sesgó la vida a 1.400 civiles. Fue una posición que mantuvo en campaña. Y esta misma semana, su Administración insistía en evitar el choque con el régimen. “Uno escoge sus batallas; en este caso nuestra prioridad ya no radica en sentarnos y expulsar a El Asad”, dijo la embajadora ante la ONU, Nikki Haley.
Monolítica y reiterada, nada parecía poder cambiar esta estrategia hasta que el pasado martes el horror llamó a las puertas de la Casa Blanca. El bestial ataque lanzado por aviones sirios contra población civil en Jan Sheijun golpeó al propio presidente. Las imágenes de los niños fulminados por el gas tóxico le llevaron, confesó, a cambiar su actitud con El Asad. “Ha cruzado muchas líneas rojas”, proclamó.

Clinton, partidaria de intervenir

Hillary Clinton AFP
S. P.
Hillary Clinton vuelve a dejarse ver en público cinco meses después de que Donald Trump se impusiera en las presidenciales. Admite que la derrota fue dura de asimilar. Y aunque asegura que personalmente está bien, como americana, reconoce, "hay muchas cosas que me preocupan”. Una de ellas es el conflicto en Siria.
La exsecretaria de Estado con Barack Obama admitió que deberían haber sido más “agresivos” con el régimen de Bachar el Asad. Citó en concreto que se debería haber establecido una zona restringida de vuelos y haber tomado medidas de represalia contra las bases aéreas sirias que usaron armas químicas en el norte del país. “Son la causa de la mayor parte de muertes de civiles”.
“Lo hemos visto durante años y de nuevo hace unos días”, lamentó Clinton, que sigue pensando que la intervención militar es necesaria “para prevenir que sean capaces de usar estas bases aéreas para bombardear a gente inocente y con agentes químicos”. “Esta masacre no puede continuar”, concluyó.
Hillary Clinton hizo estas declaraciones tras conocerse que el Pentágono contempla una respuesta militar, tras el último ataque químico en la provincia de Idlib. Pero cualquier acción en este sentido se ve complicada por la presencia de Rusia, que defiende al régimen sirio. Clinton dice que hay que evitar la confrontación.
Desde aquel momento, la posibilidad de una respuesta militar empezó a ganar puntos. El secretario de Estado, Rex Tillerson, endureció su discurso, el Pentágono admitió que estudiaba una intervención, pero nadie pensó que el ataque fuese a precipitarse tan vertiginosamente. Washington empleó a fondo este elemento sorpresa.
Sin aviso al Congreso, a las 20.40 de Washington, tan solo una hora después de cenar con el presidente chino en su mansión tropical de Mar-a–Lago, Trump dio la orden de disparar. Desde los destructores USS Porter y el USS Ross, en aguas del Mediterráneo oriental, los misiles Tomahawk salieron rumbo a la base aérea de Shayrat. Los proyectiles impactaron en hangares, almacenes de combustible y armas, sistemas de defensa aéreos y radares. La destrucción fue casi completa. Al menos cuatro soldados sirios murieron.
El objetivo había sido elegido por ser la pista de donde partieron los aviones que causaron la matanza de Jan Sheijun. El Pentágono aseguró que se “habían adoptado medidas extraordinarias para evitar bajas civiles” y “rebajar al mínimo los riesgos del personal del campo aéreo”. En este afán, Rusia, con soldados en el lugar, fue alertada antes de la intervención.
Tras hacerse público el ataque, el presidente de Estados Unidos dirigió un mensaje a la nación. En un tono emotivo, responsabilizó directamente al “dictador”: “Usando gas mortal, Asad segó la vida de indefensos hombres, mujeres y niños. Fue una muerte lenta y brutal. Incluso hubo bebés que fueron asesinados cruelmente en este ataque bárbaro. Ningún hijo de Dios debe sufrir tal horror”.
En su alocución, Trump alertó de que no consentirá el empleo de armas químicas, pero fue más allá y marcó las directrices de su futura política en Siria. Tras cargarse de un manotazo la titubeante línea seguida por Obama en el conflicto, afirmó: “Años de intentos para cambiar la conducta de El Asad han fallado de forma drástica. En consecuencia, la crisis de los refugiados se ha ahondado y la región sigue desestabilizada y amenazando a Estados Unidos y sus aliados”. Para concluir, hizo un llamamiento a las “naciones civilizadas” para acabar con el terrorismo y con la "carnicería en Siria".
Esta invocación fue entendida por algunos analistas como un paso previo a una coalición internacional para intervenir en el país. Después de seis años de guerra, 320.000 muertos y 10 millones de desplazados, una acción conjunta representa un anhelo tan compartido como temido. Siria es un polvorín donde cualquier paso en falso puede acarrear consecuencias imprevisibles.
Las implicaciones del operativo se conocerán en los próximos días. En una primera lectura, los misiles marcan un camino de no retorno con el régimen sirio. El Asad ya no es asumido como un mal necesario por la Administración Trump. Ahora ha pasado a ser un dictador y asesino. Y por primera vez en seis años de conflicto, Estados Unidos le ha atacado.
Más confusa es la relación con Moscú. El gran padrino de El Asad ha negado contra toda evidencia la implicación del régimen en el ataque químico. Y aunque horas antes de la intervención estadounidense un portavoz manifestó que su apoyo a El Asad “tiene sus límites”, su retirada del escenario de juego es impensable. Cualquier movimiento en terreno sirio ha de contar con su presencia. Estados Unidos lo sabe y el aviso a Moscú para evitar bajas en sus tropas muestra que la comunicación sigue abierta y es fluida.
El golpe al régimen puede reducirse a una operación quirúrgica destinada a evitar nuevos horrores químicos o puede ser el preludio de mayores hostilidades. El Pentágono se apresuró a señalar que se trataba de un “golpe único”, pero la incógnita está en el aire. Y la respuesta vendrá no solo de lo que ocurra ahora en Siria, donde Washington tiene 900 soldados en misiones antiterroristas, sino también en Estados Unidos.
Con la valoración más baja de un presidente a estas alturas de mandato, Trump ha hecho una jugada de alto riesgo político. Imprevisible, dura y contradictoria con su doctrina oficial. Pero el resultado no parece haber ido en contra. En un principio, tanto republicanos como demócratas, cuestiones formales aparte, validaron el uso de la fuerza y la consideraron proporcional. Incluso senadores tan críticos como  el republicano John McCain, le ofrecieron su apoyo para futuras operaciones. Con solo 78 días en el cargo, Trump ha dado su primer gran golpe. Faltan ver sus consecuencias.

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