Wednesday, April 19, 2017

¿Trump, el presidente de la guerra?

Ian Buruma is Professor of Democracy, Human Rights, and Journalism at Bard College. He is the author of numerous books, including Murder in Amsterdam: The Death of Theo Van Gogh and the Limits of Tolerance and Year Zero: A History of 1945.
 
NUEVA YORK – Nada parecía estar saliéndole bien a Donald Trump en las primeras 11 semanas de su presidencia. Las cortes federales bloquearon sus intentos de prohibirles el ingreso a Estados Unidos a ciudadanos de seis países de mayoría musulmana. No logró derogar la legislación de atención médica rubricada por el ex presidente Barack Obama ("Obamacare"), porque los llamados moderados en el Partido Republicano pensaron que el reemplazo que él propuso era demasiado duro, y los extremistas creyeron que no lo era lo suficiente.
Es más, el asesor de seguridad nacional de Trump, el general Michael Flynn, tuvo que renunciar por acuerdos sospechosos con los rusos y miembros de su círculo íntimo en la Casa Blanca se están peleando como perros y gatos. El New York Times y el Washington Post han acusado a Trump de mentiroso. Sus índices de aprobación estaban cayendo al 35%, el porcentaje más bajo que haya tenido alguna vez un presidente nuevo.
Entonces, aparentemente de improviso, Trump ordenó un ataque con 59 misiles Tomahawk a una base aérea siria. Después de años de tortura y bombardeos horrendos por parte de las fuerzas del presidente sirio, Bashar al-Assad, después de negarse obstinadamente a permitir que los sirios escaparan de la carnicería y buscaran refugio en Estados Unidos y después de dejar en claro la mismísima semana pasada que Estados Unidos no haría nada para derrocar a Assad, Trump vio fotos de niños echando espuma por la boca después de otro ataque con gases químicos y cambió de opinión.
De repente Obamacare, el caos en la Casa Blanca, los tuits salvajes y la incoherencia política, así como una cumbre con el presidente chino, Xi Jinping, para la cual Trump al parecer no se había preparado lo suficiente, pasaron totalmente al olvido. El mismo New York Times que había montado en cólera con el presidente desde el momento en que asumió el poder ahora dedicaba casi todas las líneas de sus columnas a la resolución del comandante en jefe, que había actuado para enseñarle al mundo (vale decir, China, Rusia y Corea del Norte) una buena lección.
Y no sólo el New York Times. El Wall Street Journal elogió el accionar de Trump, por supuesto, pero también lo hizo David Ignatius del Washington Post, quien sostuvo que "las dimensiones morales de liderazgo" ahora habían encontrado su camino en la Casa Blanca de Trump. Brian Williams, conductor de MSNBC, estaba tan emocionado antes las imágenes del ataque con misiles que sólo pudo encontrar una palabra para describirlas: "¡Hermoso!"
Uno tendría que tener un corazón de piedra para no disfrutar de ver que a Assad le sangrara la nariz. Bombardear a tus propios ciudadanos, o en verdad a cualquiera, con gas venenoso es un crimen de guerra abominable. Pero atacar una base aérea no es una estrategia y no servirá de mucho para terminar con la guerra civil de Siria.
Esos ataques con Tomahawks, sin embargo, han distraído la atención de los problemas políticos de Trump. Y eso, más que un corazón que de repente comenzó a sangrar, debe ser al menos parte de la explicación de su accionar.
Trump tal vez no sepa mucho del mundo, y su ignorancia de la política exterior puede no tener límites, pero ha sido un maestro de un arte en particular: la autopromoción a través de la manipulación de los medios tradicionales y las redes sociales. Sabe cómo acaparar las noticias. Su objetivo, como estrella de la televisión realidad, promotor de su marca y político ha sido coherente: el reconocimiento de su persona como el hombre más grande, más duro, más poderoso y más querido del mundo.
Una manera de apelar a los miedos y resentimientos de millones de norteamericanos, que estaban desilusionados con las guerras interminables, fue la promesa de poner a Estados Unidos antes que nada, retirándolo de enredos extranjeros -en materia de comercio, instituciones multinacionales y especialmente conflictos militares-. Como dijo recientemente: "No soy, y no quiero ser, el presidente del mundo".
Pero ahora se ha tropezado con la mejor manera de alcanzar su objetivo de ser aplaudido como un hombre duro: la acción militar. Sus esfuerzos de retratarse a sí mismo como un gran presidente han fracasado, pero como comandante en jefe parece haber asestado una gran victoria donde realmente le importa: los medios de comunicación masivos.
La gente puede haberse hartado de las guerras desatadas por George W. Bush, pero la reacción ante los Tomahawks de Trump inclusive en el prestigioso New York Times dejó algo en claro: cuando el comandante en jefe se enfrenta a un enemigo en el exterior, la gente lo respaldará, como si fuera su deber patriótico. Y si bombardear una base aérea es una marca de liderazgo moral, cuestionarlo no sólo es antipatriótico, sino también inmoral, como si uno no quisiera hacer algo por esos pobres niños víctimas del gas venenoso de Assad.
Aunque los Tomahawks de Trump no resuelvan los conflictos en Oriente Medio, y aunque en realidad empeoren las cosas, él ha logrado una importante victoria en casa. A los ojos de muchos críticos, ahora parece presidencial. Y puede haber reparado, aunque más no sea temporariamente, una grieta entre los republicanos.
En efecto, algunos de los más feroces oponentes de Trump han sido los neoconservadores, los mismos que promovieron la guerra de Bush en Irak. Odiaban sus promesas de retirarse de los conflictos exteriores. Ahora probablemente se unan para brindarle apoyo.
Trump todavía no tiene estrategia, ni en Oriente Medio ni en Asia, donde el dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, está haciendo lo mejor posible para acaparar las noticias y provocar a Trump probando dispositivos nucleares y misiles de largo alcance. Pero Trump ahora sabe qué hacer para ser admirado como un gran líder. Un grupo de ataque de portaaviones de Estados Unidos ya está en camino hacia la Península de Corea. Un ataque a Corea del Norte, a diferencia de una pista aérea en Siria, en verdad podría derivar en una guerra nuclear. Pero la dimensión moral de Trump se ha recuperado. Será hermoso

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