Saturday, April 15, 2017

Robar sin gobernar




René Delgado

Con tanto candidato a reo, el Partido Revolucionario Institucional debería cambiar de giro, dejar de postularlos a los palacios de gobierno y aprovechar su expertise para, al tiempo de cumplir con su sentencia tras las rejas, intentar la recuperación del control de los penales, donde hace falta tanto gobierno.

Tiene el tricolor a un ex Gobernador preso, a otro detenido, a dos en fuga, a otro señalado, a uno más sujeto a proceso y, en el colmo del cinismo, a otro en rebeldía, buscando fuero a través de otro partido. Aparte de esas celebridades, el tricolor cuenta con un gran elenco de cuadros en funciones y fuera de ellas que, si bien han sido beneficiarios de la decisión de no perseguirlos dentro del País mientras dure el sexenio, tarde que temprano darán de qué hablar. Sea porque, más adelante, afloren las tropelías que cometieron o porque los exhiban o los pesquen fuera.





Como quiera, es menester reconocerlo: aunque la oposición ya le ofrece competencia en la generación de cuadros de esa calaña, el PRI sigue siendo una gran cantera. La canalla política encuentra hogar en él.

Tanto que, en unos días, el 4 de mayo, con la autoridad moral que lo caracteriza y con flamante título de "académico titular", Raúl Salinas de Gortari ofrecerá una conferencia: "Empoderamiento Ciudadano a través de la Tecnología". Habrase visto.

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Desde luego, el priismo rechaza ser una fábrica de maleantes con cargo al Estado o, bien, integrar un cártel del crimen organizado con registro como partido ante el INE. Y, en el gracioso esfuerzo por sacudirse esa fama que, mes a mes, confirma y engrandece alguno de ellos, su dirigente Enrique Ochoa practica el lavado de prestigio.

Poco antes de ser requerido por la justicia el candidato tricolor a reo, sin temblarle la mano, Ochoa alienta el inicio del proceso de expulsión de las filas del partido. Cuadro distinguido o no, el dirigente ordena defenestrarlo con urgencia y, a veces, lleva el deslinde aún más lejos: pide perseguirlo a la autoridad correspondiente.

Con cierta ingenuidad pero sin el menor rubor, Ochoa considera que basta con echar a los malos elementos del Revolucionario Institucional para que el instituto quede impoluto, rechine de limpio y la gente vea en él una opción política aceptable.

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Tan simplón planteamiento pasa por alto varias cuestiones.

Uno. Son ya tantos los malos elementos tricolores, sujetos o no a juicio, que resulta imposible considerarlos meras excepciones. Integran una legión y, con su conducta impune, una cultura. Quizá, por ello, el presidente de la República considera que la corrupción es un fenómeno cultural.

Dos. El partido rechina, pero no de limpio. Rechina porque la corrupción que antes lubricaba su mecanismo y lo hacía funcionar tanto a él como al Gobierno, hoy corroe al régimen en su conjunto. Las oposiciones, lejos de jalar al tricolor a otra cultura en el servicio público, se vieron arrastradas por éste.

Tres. El priismo ya no es una opción política porque si, antes, justificaba robar sin perder las riendas del Gobierno, hoy ya no gobierna. En el mejor de los casos administra problemas, pero no los gobierna, menos aún los resuelve. Por la evidencia, mantiene la práctica del robo aunque su voracidad le ha hecho perder estilo: antes robaba y diluía el vicio en el Gobierno. Entonces, se le toleraba socialmente la corrupción. Hoy sin gobernar, el robo resulta intolerable.

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Quizá, justamente por la conciencia de lo robado a lo largo del sexenio, se explica por qué el grupo tricolor empoderado, con su coro de legisladores y otros cómplices, manifiesta preocupación por tres asuntos, pero sin ocuparse debida y decididamente de ellos: la corrupción, la criminalidad y la compra y coacción del voto.

En el juego de la simulación, el tricolor acepta legislar un complejo sistema anticorrupción, pero posterga o evade nombrar a los funcionarios que serían la bujía del mismo: el fiscal y los magistrados especializados. Al Revolucionario Institucional le fascina reformar leyes, no conductas. No es improbable que pretendan alargar la entrada en función de ese sistema hasta estar seguros de no estar tejiendo la cuerda de su horca. Dado el temor a perder la sucesión presidencial o a que, aun perdiéndola, ésta no recaiga en algún socio-cómplice-opositor, es comprensible su resistencia a echar a andar ese sistema. Un efecto no deseado de la alternancia es que, sin desterrar la corrupción ni asegurar la permanencia en el poder, la voracidad ha aumentado y la complicidad también.

Si bien no escapa a la vista del priismo que la lucha emprendida por el panismo contra el crimen ha fracasado y ensangrentado al País, insiste en la estrategia fallida porque, borrada la frontera entre crimen y política, si en verdad se planteara en otros términos ese combate, se podrían morder la cola. En la cultura de la simulación, los partidos niegan pactar con el crimen pero ocultan formar parte de la asociación con él.

La compra y coacción del voto, cuando la estancia en el poder es ya un asunto de sobrevivencia, es recurso imprescindible. No se trata de convencer para vencer, sino de vencer tanto para prevalecer como para no verse en la circunstancia de rendir cuentas de lo hecho y pagar por ello. Poco importa cuánto cuestan las elecciones, sea dinero limpio, sucio o lavado, el punto es entender esa práctica como una inversión: se requiere de dinero para hacer política y, luego, política para hacer dinero.

Quizá ahí se explica por qué al priismo le preocupa la corrupción y por qué no se ocupa de ella.

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Puede el Revolucionario Institucional postular candidatos a los palacios de gobierno, lo cierto es que muchos de ellos guardan en el clóset un traje a rayas.

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