Monday, April 3, 2017

¿Qué explica la renuencia, en México, a liberar un mercado? ¿Miedo a ser libres?

Tal cual

Ángel Verdugo 
 
¿Concibe usted una sociedad más renuente a cambiar, y a modernizarse para empezar a construir un mejor futuro para todos, que la nuestra?

El proceso que, de acuerdo con el discurso oficial nos deberá llevar a contar con un mercado de los combustibles, real y efectivamente abierto, ha resultado un verdadero fiasco.
La manipulación de los precios por parte del gobierno federal, mediante la intervención de la Secretaría de Hacienda y la complacencia de la Comisión Reguladora de Energía, lo que deja ver es lo siguiente: Intención de ocultar los montos del IEPS en cada combustible, y la renuencia a dar a conocer al público, las cantidades de cada uno de los seis términos de la fórmula que dan como resultado, éste o aquel precio máximo.



Ante esta realidad más que evidente, imposible de ocultar o siquiera disfrazar —por más intentos que lleven a cabo los funcionarios responsables—, lo que dejamos ver todos los involucrados –directos e indirectos— frente al proceso arriba mencionado, es un miedo que nos aterroriza y pasma, a abrir, real y efectivamente, un mercado cerrado como ha sido, desde hace decenios, el de los combustibles.
¿Por qué es esto? ¿A qué se debe? ¿Qué causas explican ese temor a abrir un mercado? Pienso, espero no estar equivocado, que la respuesta a ésas y otras preguntas de índole similar, es algo tan claro como esto: le tememos a la libertad.
Los privilegios mil que la casi totalidad de los mexicanos disfruta, caerían hechos pedazos —una muy buena parte de ellos—, si le perdiéremos el miedo a la libertad, y empezáremos a dejar de actuar como bebés, como niños de pecho que se resisten a dejar la ubérrima teta que todo lo da, y todo lo resuelve.
Este miedo a la libertad, a ejercerla a plenitud —lo que se traduciría en tomar decisiones soberanamente a favor de nuestros intereses—, no nos es ajeno; es la expresión viva de cómo hemos sido educados desde siempre: para la sumisión, y la aceptación ciega y acrítica de las decisiones que otros toman en nuestro nombre.
De ahí la renuencia a exigir que el gobernante y sus funcionarios nos hablen con la verdad, que sean objetivos y precisos cuando hablan de los problemas que enfrentamos; de ahí el temor a conocer la gravedad de nuestros problemas estructurales y, en consecuencia, el rechazo a que éste o aquel mercado se abra, real y efectivamente.  
Al mismo tiempo, todo eso se conjuga con la anuencia de analistas y expertos quienes, alejados de las tareas obligadas de una actividad de gran responsabilidad social, contemporizamos con el que miente, con el demagogo.
Ahora bien, si usted coincidiere conmigo en lo expuesto en los párrafos anteriores, le pediría me acompañe en los siguientes.
¿Concibe usted un país que, encontrándose en las mismas condiciones de dificultad y estancamiento que el nuestro, actuaría con la misma indecisión, cobardía e hipocresía? ¿Concibe un Congreso o un parlamento, que ante el atraso del andamiaje jurídico como es nuestro caso, sería tan renuente como el nuestro a modificar de raíz tanta ley caduca que, en vez de estímulo al crecimiento, son obstáculo?
¿Concibe usted una sociedad más renuente a cambiar, y a modernizarse para empezar a construir un mejor futuro para todos, que la nuestra? Y como contraparte obligada a una sociedad así de temerosa del cambio, ¿por qué esperar una clase política de avanzada, y visión de futuro?
Por eso nos venden un proceso de liberación que es una farsa; por eso hablan de reformas que en realidad, son una capa más de maquillaje.
¿Por qué criticarlos? ¿Por responder a lo que somos?

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