Monday, April 17, 2017

Lula, el saldo moral del populismo

Lula, el saldo moral del populismo

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Por Álvaro Vargas Llosa
No hay nada más fácil, en política, que enviar al infierno a un político de derecha (real o percibido) sobre cuya cabeza revolotean denuncias de corrupción. En cambio, una dispensa moral nimba la cabeza de los políticos de izquierda (reales o autodefinidos) acusados de lo mismo.
Acaba de revelarse la enésima información que implica a Lula da Silva, el mítico ex Presidente brasileño, esta vez por filtraciones a la prensa de la declaración judicial del ex jefazo de Odebrecht en el marco de la causa conocida como “Lava Jato”. Desde la cárcel, Marcelo Odebrecht afirma haber pagado el equivalente a varios millones de dólares a Lula y a su partido. ¿Dónde está la indignación moral de la izquierda latinoamericana, estadounidense y europea que convirtió a ese mismo líder en el “más popular del mundo” en la primera década del siglo 21?


 
No sólo no hay tal cosa, sino que todavía se tiene, en círculos de izquierda, la expectativa de que Lula vuelva al poder tras las próximas elecciones y se cobre la venganza por el “golpe” contra Dilma Rousseff, bajo la cual, tanto como Presidenta de Petrobas como en su condición, luego, de jefa de Estado, se produjo gran parte de la podredumbre del caso citado.
Ser un ex tornero, ex sindicalista y ex pobre de Pernambuco es una credencial gloriosa si lo que de allí surge es un hombre hecho a sí mismo en los valores del esfuerzo y el logro bien habido, y el susodicho se transforma por eso mismo en referencia pública. Pero si esos orígenes sirven, después de una primera etapa meritoria y exitosa, como coartada para perpetuar las peores costumbres de la vida republicana latinoamericana, pierden todo valor de referencia.
La corrupción del llamado “lulapetismo” tiene un doble ángulo. Uno es el ideológico: esa inmoral confusión de intereses privados e intereses públicos que entraña en sí mismo el sistema populista, en el que se concentra más poder del necesario (y por tanto se debilitan los contrapesos) y en el que se adormece la conciencia productiva de la sociedad con el arrullo del dinero del Estado o del dinero privado que el Estado dirige hacia fines políticos. El otro ángulo es el estrictamente individual y tiene que ver con el uso del poder como vehículo de enriquecimiento personal (a veces como vehículo de ascenso social, algo muy visible en lo que se conoce como la “boliburguesía” en Venezuela).
Lula estableció un sistema corrupto y todo indica que fue, él mismo, un individuo corrupto. De lo primero hubo evidencias desde su primer gobierno, cuando salió a la luz el famoso “mensalão”, mediante el cual su partido compró votos parlamentarios sistemáticamente. De lo segundo no las hubo hasta que estalló “Lava Jato”. Desde entonces, se acumulan mes a mes, semana a semana. En el caso de su sucesora, Dilma Rousseff, en cambio, todavía no hay elementos que permitan afirmar que la corrupción fue personal, aunque sí son apabullantes las pruebas de corrupción ideológica, es decir del sistema ilegal que operó bajo su gobierno.
Un mínimo de coherencia y sentido de lo que es realmente importante habría llevado a la izquierda latinoamericana (para no hablar de las otras) a tratar al PT brasileño y sus líderes emblemáticos con el mismo escarnio con que son tratados los políticos de derecha a la menor denuncia. La corrupción derivada de instituciones débiles y Estados populistas es un mal demasiado inveterado en la vida republicana, y un problema demasiado grave, como para permitir que la ideología difumine la frontera entre lo permisible y lo censurable.

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