Tuesday, April 4, 2017

LUIS FOIX Europa, entre Putin y Trump






Si llegara a cerrarse el ciclo de las complicidades entre Donald Trump y Vladímir Putin que pudieron influir en el resultado de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, se abriría un nuevo periodo de las relaciones internacionales.


Un comité del Senado ha pedido interrogar al yerno de Trump, Jared Kushner, por los vínculos establecidos con autoridades rusas antes y después de las elecciones de noviembre.
El general Michael Flynn, el más breve consejero de Seguridad Nacional de la historia, tuvo que dimitir al revelarse sus relaciones personales con Putin y sus entrevistas con el embajador ruso en Washington. La Administración Trump tiene buenas relaciones con el Kremlin. Los rusos supuestamente intervinieron en los sistemas informáticos norteamericanos a lo largo de la campaña. Trump ha dicho que Putin es persona de fiar, lo que ha alarmado a los varios servicios de inteligencia que trabajan en las inmediaciones de la capital americana.



Trump se alegró del resultado del Brexit después de ser elegido presidente. No es un entusiasta de la Unión Europea y ha dicho que la OTAN es obsoleta. En cualquier caso, el aumento del 9,27 por ciento en su presupuesto de defensa no tiene como destinatario la Alianza Atlántica, sino el fortalecimiento de la hegemonía militar de Estados Unidos.
La economía rusa es la décima parte de la de Estados Unidos y los gastos de defensa del Kremlin son un 11 por ciento del presupuesto norteamericano. Rusia no es hoy una amenaza ideológica ni lidera un sistema alternativo. Es una autocracia corrupta, sin oposición y sin libertades.
Donald Trump empieza a experimentar la complejidad de ser el líder de la primera ­potencia del mundo. A sus primeros reveses en la política interior hay que añadir el desconcierto que sus apresurados comentarios tuiteros están causando en el mundo entero. En el universo mental de Trump se sitúan dos adversarios de primera magnitud: China y Alemania, como principal potencia de la Unión Europea.
En los dos objetivos puede coincidir con Putin, que acaba de recibir con todos los honores a Marine Le Pen a tres semanas de la primera vuelta de las elecciones en Francia. No se habló de campaña electoral, decía el comunicado del Kremlin, una afirmación muy poco creíble. Las buenas relaciones entre Putin y el candidato de la derecha republicana, François Fillon, indican el interés de Rusia por la política europea. La sospecha de que los hackers al servicio de Moscú interfieran en las elecciones francesas y alemanas ha sido aireada por portavoces oficiosos de París y Berlín. Rusia quiere recuperar la influencia perdida después de la desintegración de la Unión Soviética. Putin repre­senta la humillación sufrida por la pérdida de 14 repúblicas que habían formado parte de Rusia desde los tiempos remotos de los zares.
En una cena en Barcelona con Borís Yeltsin le pregunté si facilitaría la indepen­­dencia de los tres países bálticos. Me dijo que Letonia, Lituania y Estonia podrían irse. ¿Y Ucrania? También, contestó. No entendí absolutamente nada en aquel mes de marzo de 1994 cuando Gorbachov ya era con­siderado un traidor a la Rusia eterna.
Putin dio un zarpazo a Crimea en marzo del 2014 y se la quedó ante la sorpresa y descreimiento de Occidente. Se acordaron unas sanciones que todavía siguen vigentes. Pero Putin plantaba cara a Ucrania y a Europa, que habían acordado prematuramente establecer alianzas económicas, políticas y militares con países que formaron parte de su imperio. Los rusos saben que Napoleón llegó a Moscú y que Hitler penetró con sus ejércitos, que se estrellaron en ­Stalingrado y Leningrado. Rusia no ha empezado nunca una guerra al este del río Vístula. Siempre se ha defendido. Putin y Trump pueden coincidir en debilitar la Unión Europea por motivaciones distintas. En unos tiempos en que lo más insos­pechado acaba ocurriendo, no hay que descartar que el factor Putin ejerza un papel clave promocionando los populismos y nacionalismos que están al alza en toda Europa.
No hay evidencias de complicidades explícitas entre el Kremlin y la Casa Blanca para inmiscuirse conjuntamente en los asuntos internos europeos. La intromisión en los sistemas informáticos es tan eficaz como el despliegue de columnas militares. Putin ha recibido este año en el Kremlin al rey de Jordania, al presidente Erdogan y al primer ministro Netanyahu. Eran adversarios y ahora son amigos.
La Unión Europea debe tomar todas las precauciones y actuar con inteligencia ante un corrimiento de tierras tectónico en la política internacional. Es cierto que Putin detiene y encarcela al líder de la oposición en una de las manifestaciones de protesta más potentes de los últimos años. Y que Trump no consigue aprobar leyes que son tumbadas por sus propios congresistas republicanos. Europa parece no saberlo pero estorba en el tablero internacional.

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