Wednesday, April 19, 2017

En la UE, los mediocres llegan a lo más alto

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Como ciudadano luxemburgués, durante los primeros dieciocho años de mi vida sólo conocí un Primer Ministro: Jean-Claude Juncker, el actual Presidente de la Comisión Europea. Por tanto, hablo con conocimiento de causa cuando digo que la aparente firmeza de Juncker en relación al Brexit no es tan real como los medios nos quieren hacer ver.
Juncker encarna lo peor de la política: licenciado en Derecho que nunca llegó a ejercer, Juncker se convirtió pronto en secretario general del partido de centro-derecha de su país (emparentado ideológicamente con el partido de la Canciller alemana Angela Merkel). Allí encontró el apoyo del antiguo Primer Ministro de Luxemburgo y más tarde Presidente de la Comisión Europea Jacques Santer, permaneciendo en el gobierno luxemburgués durante los siguientes 30 años.



Juncker era, y sigue siendo, extremadamente impopular en su país. Cuando Luxemburgo celebró en 2005 el referéndum sobre la Constitución Europea, Juncker hizo de la campaña un plebiscito sobre su propio mandato al frente del gobierno luxemburgués, amenazando con dimitir si perdía el sí.
Esta actitud podría parecer una respuesta política lógica en el Reino Unido, pero los votantes luxemburgueses estaban atemorizados. Juncker los persuadió de que el país sólo podía alcanzar relevancia internacional si se seguían sus directrices. ¿Qué iban a hacer los ciudadanos si él dejaba el gobierno? Al final, más del 56% del electorado votó a favor de la Constitución Europea como pidió Juncker.
Pensemos por un momento las razones que llevaron a Juncker a dimitir como Primer Ministro. En un escándalo de espionaje sin precedentes, el servicio secreto llevó a cabo operaciones ilegales de forma sistemática y repetida. Juncker no se hizo responsable (recordemos que el servicio secreto depende directamente del Primer Ministro).
Al verse confrontado con un informe de 140 páginas en el que se detallaban sus irregularidades y su incapacidad para hacer frente a la situación, Juncker únicamente hizo referencia a sus dotes de liderazgo. Si no fuera por él, alegó Juncker, nadie conocería Luxemburgo.  En vez de abordar la situación en casa, Juncker abandonó el país para visitar a sus socios en la UE y reafirmar su importancia en el Consejo Europeo.
Huelga decir que su socio de coalición socialista en el gobierno luxemburgués se cansó de él y acabó con la intachable carrera de Juncker.
Suele decirse que un político debe haber perdido al menos una elección antes de incorporarse a la Comisión Europea. Juncker es un buen ejemplo de ello. Sin embargo, Juncker no perdió las elecciones anticipadas que provocaron su dimisión en 2013. Su partido ganó de forma abrumadora, obteniendo más de un tercio de los votos. Pero los tres partidos de la oposición formaron una coalición que expulsó del poder a Juncker y a su partido.
En cualquier caso, su nombramiento como Presidente de la Comisión Europea habría tenido lugar sí o sí.
La mayoría de lo que se ha dicho acerca de las posibles consecuencias del Brexit no influyó en los electores británicos (la mayoría ha demostrado ser falso). De hecho, la mayoría no conocen a Juncker: su atractivo fuera de Luxermburgo es muy limitado.
La realidad política ha rebasado su idealismo con creces. Lo mismo sucederá durante las negociaciones con el nuevo gobierno británico cuando Volkswagen (una empresa alemana) y Stella Artois (una empresa belga) quieran acceder al mercado británico. Esta vez, Juncker no estará negociando con un electorado de 300,000 sino con la quinta economía más grande del mundo
Juncker es un maestro del conocimiento fingido. Pretende equiparar su nombre al de figuras históricas como Jean Monnet o Robert Schuman. Anhela la antigua Unión Europea ante todo, y piensa que la única manera de alcanzar su objetivo es el mismo discurso duro que practicaba en Luxemburgo.
La realidad le quitará la razón.
La renuncia de Juncker como Presidente de la Comisión Europea, tal como ha solicitado el ministro checo de exteriores, no cambiaría el problema fundamental de la centralización de poder en la EU. Más que transformar a las personas, el poder directamente atrae a lo peor de la sociedad.
Friedrich Hayek decía que “las personas desinhibidas y sin escrúpulos tiene más posibilidades de tener éxito”. Nada describe mejor la farsa que representa el salto desde la política nacional de políticos ya retirados hacia puestos de poder y responsabilidad de la UE.
Más que la enfermedad, Jean-Claude Juncker representa el síntoma. La enfermedad es el poder.

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