Friday, April 21, 2017

El nuevo Mister Trump

El nuevo Mister Trump

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Por Álvaro Vargas Llosa
En cuestión de una semana, el Presidente Trump ha dado un giro copernicano en parte de su política exterior y política interior.
En siete asuntos, se lo diría irreconocible:
1) El ataque, con 59 misiles Tomahawk lanzados desde el Mediterráneo, contra la base aérea de Shayrat, en Siria, en castigo por el uso de gas sarín por parte de Bashar al Asad contra la población de Khan Sheikhoun. Trump había fustigado insistentemente a los gobiernos anteriores por intervenir militarmente en el Medio Oriente y propugnado un aislacionismo que el eslogan “Estados Unidos, primero” resumía.
2) La imputación de Trump contra Putin por su respaldo a Asad y la insinuación de la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley, de que Moscú tenía información anticipada sobre este uso ilegal de armas químicas contra los propios sirios. Si algo había ofrecido Trump era una alianza con Moscú para hacer frente al terrorismo y dejar atrás la rusofobia tradicional de la política exterior.


3) La decisión norteamericana de no declarar a China “país manipulador de su moneda”, acompañada de un trato amical a Xi Jinping, el Presidente chino, durante su visita a Estados Unidos. Trump hizo de la denuncia de la manipulación monetaria china como instrumento comercial ventajista, un eje de su visión proteccionista.
4) El envío de buques de guerra estadounidenses, un portaaviones incluido, a la península coreana, en desafío al demencial Kim Jong-Un, que no para de hacer alarde de sus ambiciones nucleares. El presidente estadounidense había declarado hasta la saciedad que su prioridad no sería buscar pleitos internacionales ni resolver los problemas del mundo.
5) El respaldo a la OTAN y el recibimiento cálido al secretario general de esa Alianza en la Casa Blanca. Trump había declarado “obsoleta” a la OTAN en más de una ocasión, acusándola de colocar sobre los hombros de Estados Unidos el peso de la defensa de una Europa que no gasta lo suficiente en su propia protección.
6) La admisión presidencial de que Estados Unidos negocia muy cordialmente con México algunos ajustes al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. Nadie olvida que Trump estrenó su mandato, en cumplimiento de una promesa electoral, enfrentándose a México y dando a entender que estaba dispuesto a liquidar ese tratado, que a su juicio se había llevado las fábricas y los empleos al otro lado de la frontera.
7) La prioridad que se da ahora en el entorno del primer mandatario norteamericano al segmento “liberal” del plan económico original y el desplazamiento de la otra dimensión, la proteccionista e intervencionista, a un segundo plano. Junto con la denuncia del “ventajismo” mexicano y chino, la amenaza de oponer barreras arancelarias, castigar a las empresas estadounidenses que invierten en el exterior y usar el dinero fiscal como gran palanca constituían el ABC del “trumpismo” económico. Hoy, todo indica que bajar impuestos y desregular, dos propuestas que siempre estuvieron allí pero eran constantemente opacadas por el acento antiliberal del discurso económico, son la prioridad inmediata.
¿Qué demonios está sucediendo? Nada sorprendente para quien haya estudiado con un poco de curiosidad a esa especie que llamamos los populistas y, en particular, los antecedentes de Trump.
El populista no es un ideólogo. Hay un populismo que, en su versión extrema, se acerca a la ideología, pero hay otra en la que cabe un pragmatismo que tiene que ver con el instinto de supervivencia, la composición de lugar, la correlación de fuerzas. En Trump hubo siempre algunos elementos de convicción populista (por ejemplo, su discurso proteccionista tiene dos décadas) pero también una constante versatilidad o condición camaleónica, de la que es buena prueba el hecho mismo de que se haya hecho republicano.
Cualquiera que eche un vistazo a El arte de negociar, su libro esencial, entenderá que el “trumpismo” es una materia flexible, que se amolda a la necesidad, y que el constante juego de poleas que se desarrolla en su mente entre el objetivo y los medios a menudo lo llevan a hacer concesiones o cambiar de posición. Esta es quizá la principal diferencia con otros líderes de la derecha populista occidental, como la francesa Marine Le Pen o el holandés Geert Wilders, o el propio británico Nigel Farage. En ellos el populismo convive con un “weltanshauung” (forma pedante de decir “cosmovisión” que utilizan los entendidos) más estructurado y rígido que el de Trump. No es difícil de entender: los primeros son animales políticos en la perfecta definición aristotélica, mientras que Trump es un animal negociador.
Si se entiende esto, se entiende con facilidad lo segundo: llegó un momento en que Trump se sintió vulnerable. Derrotado en su intento de eliminar la reforma sanitaria de Obama y sustituirla por una distinta ante la ausencia de votos suficientes de su propio partido en el Congreso, y reducido a una caricatura por su comportamiento y el asedio de la prensa, y humillado por los tribunales de justicia que detuvieron sus órdenes ejecutivas en materia de inmigración, Trump se sintió, por primera vez, muy vulnerable. Su popularidad estaba en niveles tan bajos, que no tenían precedentes a estas alturas del mandato. Planeaba sobre él la amenaza del “impeachment” si las investigaciones por sus conexiones con Rusia durante la campaña electoral y después de ser electo producían pruebas definitivas.
Ante esto, lo primero que hizo fue recomponer las jerarquías en su equipo. Hasta ese instante, dominaban sus asesores populistas, entre ellos Steve Bannon, Stephen Miller, Peter Navarro, la propia Kellyanne Conway. El jefe de la Casa Blanca, Reince Priebus, se había plegado a ellos. Con este equipo, del que formaban parte otros colaboradores entusiasmados con la idea de transformar la política interna y exterior a imagen y semejanza del discurso nacionalista y populista, Trump había encallado. No había forma de salir de allí.
El presidente hizo entonces lo mismo que había hecho durante su campaña cuando parecía a punto de naufragar: cambió a su gente cercana, como cuando el CEO de una compañía entiende que si no remueve a figuras clave de la jerarquía corporativa, no hay forma de dar un golpe de timón a la empresa.
Recordemos que, en la campaña, Trump no hizo uno sino dos purgas de mucho impacto que significaron también bandazos ideológicos. Primero, se rodeó de un equipo en el que destacaba Corey Lewandowsky, que representaba una visión muy cercana a la derecha republicana ideológica, enfrentada al partido tradicional. Luego, reemplazó a aquel equipo con los “tradicionalistas”, simbolizados por Paul Manafort, a quien colocó como nuevo jefe de campaña. Finalmente, en agosto del año pasado, echó por la borda a Manafort y llamó a Bannon y Conway, los nacionalistas y proteccionistas que representaban un desafío abierto al partido. El primero había sido el factótum y cerebro de Breitbart News, el medio emblemático de la “derecha alternativa”, y la segunda había sido la colaboradora clave de Ted Cruz, el otro candidato de las primarias republicanas que quería cargarse al partido tradicional.
Estos cambios estuvieron dictados por la necesidad de ganar. Trump no dudó en dar dos vuelcos políticos a su campaña con estas transformaciones operativas e intelectuales de su equipo. Lo esencial era el objetivo.
Ahora, ha ocurrido algo similar, pero no exactamente igual. En este caso, no ha despachado a los asesores que tuvieron enorme influencia en las primeras semanas. Allí siguen Bannon, Miller, Conway y los demás. Lo que ha hecho es reducir su significación, acotar su espacio de maniobra, permitir que la prensa los coloque en la lista de los caídos en desgracia. Pero no los ha despedido aún. Al mismo tiempo, ha dado peso a los ministros (secretarios, en la nomenclatura estadounidense), que antes parecían figuras muy disminuidas. Ahora, los Rex Tillerson (secretario de Estado), James Mattis (secretario de Defensa), H.R. McMaster (consejero de Seguridad Nacional) y otros han pasado a ocupar un espacio preponderante en la jerarquía real del poder. Otros pesos pesados menos visibles, como el asesor económico Kevin Hasset, han desplazado en poder e influencia a los proteccionistas como Peter Navarro. Y así sucesivamente.
Un papel determinante en todo esto lo ha jugado la hija de Trump, Ivanka, junto a su esposo, Jared Kushner. Este último ya tenía oficina en la Casa Blanca pero recientemente Ivanka también asumió una asesoría oficial que le dio oficina en el famoso “West Wing” de la sede del poder, el ala donde está el Salón Oval o despacho presidencial. Exactamente igual que ocurrió con los cambios de la campaña antes mencionados, ante una situación de emergencia política Trump se recostó en su familia y con ella trazó el plan de remodelación de su estructura de poder.
El viaje de Kushner como enviado del Presidente a Irak en misión de reconocimiento pocos días antes del ataque a Siria fue una señal de la autoridad que Trump quiere que su yerno y por tanto su hija asuman de ahora en adelante. No se entiende el desplazamiento del eje del poder de los asesores nacionalistas y populistas a los secretarios, figuras más tradicionalistas en política exterior e interna, sin el rol de salvataje político que la joven pareja ha jugado en estos días por indicación del presidente.
La consecuencia inmediata es un desplazamiento de Trump desde posiciones aislacionistas y proteccionistas hacia algo que se parece mucho más a lo que cabe esperar de un presidente republicano tradicional. Pero cometerían un error grave los observadores de todo esto si concluyeran que Trump ha tenido una epifanía ideológica. No: lo que ha hecho es una negociación al interior de sí mismo entre sus distintos impulsos e inclinaciones para salir del pozo en que había caído su Presidencia.
La pregunta clave es qué sucederá si esto tendrá para él un costo político notorio en la base electoral que lo llevó al poder. O, dicho de otro modo, la “derecha alternativa”, incluyendo Breitbart, desatará una campaña feroz acusándolo de haber traicionado a su pueblo para enfeudarse a ese “establishment” del que dijo que había llegado la hora de liquidarlo (“drenar la ciénaga” es la metáfora que utilizó siempre).
De momento, la transformación de Trump, por la repugnancia moral que ha producido el ataque con armas químicas de Asad contra su propio pueblo ha dado al presidente unos puntos de popularidad oxigenantes y reconfortantes. Pero los nacionalistas se preparan para responder. Por ahora, en parte desde el interior del gobierno, de donde Trump no ha querido expulsarlos aún, pero también, y ya se nota, desde el exterior. Será una lucha sin cuartel por el alma de la derecha estadounidense, del partido y del propio “trumpismo”.

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