Saturday, April 15, 2017

El mayor opositor de los keynesianos

Por Ricardo Crespo 

El caso de Keynes es un ejemplo de construcción social de una realidad ficticia. "La palabra Keynes -dijo su discípulo y amigo Richard Kahn- se ha transformado en un término de abuso", y ha quedado asociada, por la acción de malos políticos, a facilistas y falaces soluciones inflacionarias a los problemas de la desocupación y a una fuerte intervención del Estado en la economía. Keynes sólo con importantes restricciones y matices y en determinadas circunstancias hubiera estado de acuerdo con algo de esto. Por eso habría afirmado el año de su muerte (1946): "Yo no soy keynesiano". En efecto, Terence Hutchison escribió un célebre artículo con el título de "Keynes vs. keynesianos": allí muestra cómo estos tergiversaron las ideas del maestro y cómo, por lo tanto, se las ha usado ilegítimamente o acusado injustamente. 


Entonces, ¿cuál es la esencia del pensamiento de Keynes? Debemos buscarla en sus ideas filosóficas porque su formación y actitud fueron original y principalmente tales. Esta es la puerta de acceso al núcleo profundo del pensamiento económico y político keynesiano. Keynes estudió y discutió con sus amigos de la sociedad de los apóstoles y Bloomsbury cuestiones de metafísica, lógica, matemáticas, filosofía moral, tales como el acceso a la verdad, el bien, lo correcto y la belleza. Keynes y sus amigos tenían una preocupación esencialmente moral: ¿cómo reemplazar la decadente e hipócrita ética victoriana por una opción más auténtica? Keynes comienza sus investigaciones de lógica inductiva por una motivación ética. Estos darán origen a su tesis y primer libro teórico importante, el "Tratado sobre la probabilidad", que constituye uno de los hitos en la historia de las ideas sobre ésta.
Keynes rechaza la ética utilitarista del cálculo de consecuencias, y piensa que la búsqueda constante e insegura de la verdad esencial de fenómenos complejos e inciertos como los morales, debe encararse de otro modo. Pensaba que, a pesar de estas dificultades, podemos manejarnos razonablemente en esta tormenta de contingencia que es la vida humana. Para ello, asigna un rol particular a la intuición, teórica y práctica, y a la convención. A medida que transcurre su vida y se enfrenta con realidades diversas, el énfasis se pone más en una u otra. Pero la constante es la creencia de que podemos tratar de descubrir lo esencial, dentro de un margen de duda razonable, y actuar. Por supuesto, no es fácil, sobre todo en algunos campos. Entonces necesitamos la convención para salir del estado de incertidumbre.
El año de su muerte, Keynes dijo: "Yo no soy keynesiano"
El año de su muerte, Keynes dijo: "Yo no soy keynesiano". Foto: Archivo

El punto débil

Sólo ahora contamos con el marco en el que, según Keynes, en situaciones de crisis e incertidumbre, las convenciones o las reacciones de los empresarios, son deficientes para impulsar una inversión que conduzca a una ocupación plena. Aparecen entonces otros tipos de hombres que tienen la sabiduría de calcular la eficacia marginal social del capital e impulsar la inversión. Las reacciones negativas frente a las crisis son más extremadas que las positivas frente a los auges. Por eso, parece conveniente fomentar una inversión autónoma y ahorrar en tiempos de auge. En este marco, se entienden también sus propuestas de formación de corporaciones semipúblicas.
Ahora bien, ¿quiénes son esos hombres probos, de espíritu público, que saben calcular la eficiencia marginal social del capital y administrar correctamente esas corporaciones semipúblicas? Keynes creía en su existencia. Sin duda, se consideraría a sí mismo como uno de ellos. En efecto, en muchos aspectos probablemente lo fue. Quizás éste sea su punto más débil, utópico, a la vez que profundamente aristocrático. Pero, ¿será quizás también realista o al menos posible?
El autor es secretario académico de la Universidad Austral

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