Monday, April 3, 2017

El gran igualador

Carlos Elizondo Mayer-Serra 
 
Sólo las guerras de gran alcance, las revoluciones comunistas, los colapsos de los Estados y las pandemias han logrado igualar el ingreso de la población de un país de forma significativa. Esto se ha conseguido empobreciendo a todos, aunque proporcionalmente pierden más los más ricos. Por el contrario, los periodos de paz y estabilidad conducen a la desigualdad económica.

Quienes acumulan ingresos pueden incrementar su patrimonio más rápido que el resto de la población, ya que acumulan también herramientas políticas, sociales, legales y financieras con las cuales pueden generar más dinero. Éste es el principal argumento de The Great Leveler, escrito por Walter Scheidel, profesor de la Universidad de Stanford, publicado este año.
El argumento del libro es desarrollado con ejemplos de cada uno de estos cuatro jinetes del Apocalipsis. Todos son dramáticos, pero quizás el jinete más eficaz, porque es el resultado de buscar igualar, es la revolución comunista.



El caso extremo es el del Khmer Rouge en Camboya. Tomó el poder en 1975. Gobernó cuatro años. En la búsqueda del comunismo rural, el gobierno decretó como enemigo del pueblo a todo aquel que tuviera estudios superiores y en general a quienes vivieran en las ciudades. Hubo una emigración forzada de las ciudades hacia el campo. Logró aniquilar a un cuarto de la población del país y hundir a quienes sobrevivieron en una igualitaria pobreza.
El caso más reciente de un esfuerzo igualador en América Latina es Venezuela. Sucedió en medio de un boom petrolero. Éste le generó ingresos por 960 mil millones de dólares durante el periodo de 1999 a 2014. Fue tal la mala administración y corrupción, que hoy el venezolano promedio pasa el día tratando de conseguir comida. Mejoró la desigualdad, pero ahora la población está hundida en la pobreza.
El venezolano logra comer si evita la violencia criminal. Para quienes creen que el neoliberalismo es el culpable de la alta violencia en México, conviene darse una vuelta por Venezuela, donde hay una tasa de homicidios cinco o seis veces superior a la de México.
En Venezuela no ha habido una revolución socialista que elimine la propiedad privada. Por ello, a diferencia de lo que ocurrió en las revoluciones comunistas, donde si bien el líder máximo tenía todo tipo de privilegios, no había un grupo cercano a él enriqueciéndose, mientras que una parte de la élite política vinculada a Chávez ha acumulado enormes fortunas. El silencio de la izquierda mexicana con respecto a lo que pasa en Venezuela es revelador de sus ambigüedades morales.
La conclusión más importante del libro de Scheidel es desesperanzadora. Como es indeseable igualar el ingreso por vía de alguno de esos cuatro jinetes del Apocalipsis y, además, en cuanto los jinetes pasan, la desigualdad vuelve a reaparecer, pareciera que no hay mucho que hacer.
Sin embargo, incluso dentro de un largo periodo de paz, como el que viven los países desarrollados desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, hay países más desiguales que otros. Estados Unidos lo es mucho más que Canadá. Una mayor igualdad requiere un Estado que intervenga con eficacia donde se necesita.
La izquierda mexicana no tiene una estrategia realista para enfrentar la desigualdad. Basta con ver las propuestas de López Obrador en su libro 2018, la salida. Decadencia y renacimiento de México y las de Cárdenas en su programa de país presentado el fin de semana pasado.
Están obsesionados por regresar a México al mundo del monopolio energético del Estado, con lo cual presionarían aún más las finanzas públicas. Creer que el Estado puede ampliar la capacidad de refinación del petróleo del país es no conocer la historia de esta industria en México, donde cada año se pierden unos cien mil millones de pesos. Es no haber entendido que los estados socialdemócratas eficaces son los que concentran su atención en lo que el mercado no puede hacer.
Tanto López Obrador como Cárdenas son incapaces de entender el sindicalismo como una forma de proteger los intereses de los trabajadores, pero no a costa de que no hagan su trabajo, como sucede en general en el sector público. Ahí, quienes lo desean, pueden no trabajar gran cosa y mantener su empleo e incluso, en ocasiones, heredarlo. Sin un cambio de fondo en esta perversa lógica no se podrán construir instituciones públicas efectivas. La defensa de la CNTE por parte de López Obrador y su rechazo a la Reforma Educativa hablan por sí solos.
Sin embargo, no importa tener propuestas creíbles. Trump demostró que se puede ganar prometiendo acabar con los privilegios de la élite, a la que él mismo pertenece, sin decir cómo lograrlo. Tal como lo ha analizado Simon Kuper, estamos en un fértil terreno para populismos de derecha o de izquierda porque grandes segmentos de la población están enojados con las élites de sus países (https://goo.gl/Upn0c8). Lo que quieren es que la élite pague y sufra, lo cual sería una forma de paliar la desigualdad, aunque no lleve a un crecimiento generalizado.

Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey

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