Wednesday, April 19, 2017

El detonante norcoreano

El detonante norcoreano

Ian Vásquez analiza la política exterior de Estados Unidos que ahora tiene a Corea del Norte en la mira.
En las últimas dos semanas, Estados Unidos bombardeó Siria con 59 misiles y Afganistán con el explosivo no nuclear más poderoso de su arsenal.
Ahora Corea del Norte se ha vuelto el foco de tensión. EE.UU. ha enviado un portaviones y barcos de guerra hacia la península, a donde viajó el vicepresidente Pence este fin de semana y declaró que Washington no descarta una intervención militar para disuadir al régimen norcoreano de desarrollar armas nucleares.



¿Por qué es de importancia para EE.UU. lo que pase en este país pequeño y extremadamente pobre? Porque tiene 28.500 tropas en Corea del Sur y porque, a pesar de eso, la dictadura norcoreana ha desarrollado un programa nuclear con el que amenaza a sus vecinos coreanos y a la región. El que EE.UU. se esté enfrentando con un país que tiene de aliado al gigante de China hace de este conflicto no solo uno posiblemente nuclear, sino también uno global.
Hace décadas que la península coreana dejó de tener importancia estratégica en la guerra fría entre EE.UU. y Rusia, pero las tropas estadounidenses se quedaron tras el colapso de la Unión Soviética. Siguen allí a pesar de que Corea del Sur –que tiene dos veces la población y 21 veces el ingreso per cápita de Corea del Norte– podría perfectamente defenderse en ausencia de protección estadounidense.
Hay poco que se puede hacer para prevenir el desarrollo de armas nucleares en Corea del Norte. La única manera de asegurarlo es a través de una invasión o intervención militar masiva, opción que no se ha considerado seriamente por sus enormes costos. Según el experto John Muller, el Pentágono ha calculado lo catastrófico que sería una guerra peninsular:
“Podría matar a 1.000.000 de personas, incluyendo 80.000 a 100.000 americanos; costar por encima de US$100.000 millones; y causar una destrucción económica del orden de tres millones de millones de dólares. Un precio considerable, uno podría pensar, para evitar que un régimen patético desarrolle armas con el potencial de matar a algunas decenas de miles –si las armas fueran (a) realmente desarrolladas, y luego (b) detonadas, un acto que seguramente sería suicida para el régimen”.
Entonces, a menos de que se quisiera suicidar, el régimen norcoreano no tiene mucho incentivo para iniciar una guerra. Quizás su meta sea otra, la de coaccionar e intimidar a otros países y permitir una actitud más agresiva. Sin embargo, según el libro nuevo en que Todd Sechser y Matthew Fuhrmann resumen cientos de casos históricos, los estados nucleares no suelen ser más coercitivos o agresivos, o tener más palanca a la hora de resolver conflictos territoriales. Para lo que sí sirve tener armas nucleares es para disuadir la agresión militar externa.
La postura más belicosa de la administración Trump es riesgosa y, si no se modera, podría terminar feo. Washington además presume que la influencia china sobre Corea del Norte es prácticamente ilimitada y por eso demanda de China cambios en la política norcoreana. Pero poner más presión a Corea del Norte no es una opción atractiva para China. Esto podría desestabilizar el régimen y hasta hacerlo colapsar, provocando así olas masivas de refugiados hacia China. Podría incluso terminar en una Corea reunificada con la presencia militar de EE.UU. en la frontera china.
En vez de propinar un ultimátum, sería mejor negociar una solución con China. A cambio de que China ejerza presión sobre Corea del Norte, EE.UU. podría ofrecer retirar sus tropas de una Corea unificada y neutral, por ejemplo. Sería una opción más viable y menos peligrosa para el mundo.

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