Thursday, April 13, 2017

Cómo Estonia pasó de satélite soviético a éxito liberal que atrae empresas de todo el mundo

By: Vanesa Vallejo - 

(Orígenes) Estonia
Estonia eliminó todas las aduanas a la importación, el objetivo era volverse una gran zona de libre comercio. (Orígenes)
En 1991 Estonia se liberó del yugo soviético. El socialismo, como siempre lo hace donde se establece, dejó al país en la miseria. Sin embargo, la historia de este país báltico es de esperanza; constituye una muestra más del bienestar que vienen con el liberalismo. Mart Laar llega a la presidencia en 1992 para iniciar el programa promercado más radical que algún país excomunista haya llevado a cabo. Los resultados son simplemente sorprendentes.



Apertura al mundo y bienvenida a la competencia

El gobierno de Laar de tibio tenía muy poco. Estonia eliminó todas las aduanas a la importación, el objetivo era volverse una gran zona de libre comercio. El nuevo presidente admirador de Margaret Tatcher, la dama de hierro, narra en diferentes declaraciones que su plan de liberalizar la economía iba acompañado de una intención pedagógica, de explicarle a la gente que cada quien es responsable de su futuro. En ese sentido puso a las empresas a competir, y les dejó claro que solo triunfarían aquellas que fueran lo suficientemente buenas.
Sumado al desmonte de los aranceles, se eliminaron los subsidios a todas las empresas nacionales. En Estonia la permanencia de una compañía ya no dependería de sus buenas relaciones con el político de turno sino de su capacidad para mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Desregulación de los precios

Es común en el socialismo, ante la escasez que viene de la mano con dicho modelo, que los gobiernos intenten paliar el problema regulando precios. En Venezuela, por ejemplo, Nicolás Maduro, el actual dictador de ese país, tiene regulados los precios de la mayoría de productos. Medida desde luego contraproducente.
Laar, en Estonia, inició la liberación de los precios entendiendo que esa era una medida necesaria para que la producción volviera a florecer. Cuando recibe el país, en Estonia todavía 4 de cada 10 productos estaban regulados por el gobierno. Para 1992 todos los precios de los productos dependían del mercado. Desde luego, que ante tal medida, de inmediato se empezaron a ver los resultados positivos: la escasez empezó a disminuir tan pronto como los empresarios dejaron de ser obligados a vender a los precios que el Gobierno quería.

La privatización y la reprivatización

Se pueden identificar por lo menos dos etapas de privatización durante el mandato de Laar. Las empresas estatales ineficientes y atrofiadas fueron vendidas a empresarios que lograron hacer de ellas compañías realmente productivas y beneficiosas para los ciudadanos estonios.

Bajar impuestos y cobrar un tipo marginal único sobre la renta

En 1992 se sustituyó la fiscalidad progresiva por un impuesto único de modo que se pagara menos y de una forma más rápida. Para la época, de manera innovadora, Estonia consiguió que un ciudadano pudiera declarar renta solo con llenar una hoja y tardando, apenas, un cuarto de hora.
Hasta aquí esta historia ya sería digna de contar, pero hay todavía una segunda parte. Con la recuperación que produjeron las medidas liberales iniciadas por Mart Laar y la bonanza que tuvo el país entre el 2000 y el 2008 con un tasa de crecimiento promedio del 7 %, el gobierno de Estonia parece haberse olvidado de las causas de su recuperación y empezó a descuidar la economía. De nuevo se aumenta el gasto público y con la crisis del 2008 los ciudadanos estonios presenciaron para 2009 una caída del PIB cercana al 14 %.
Sin embargo, Estonia rápidamente corregiría su error. Después de todo, en ese país, la gente entiende que las bases del crecimiento económico están en el liberalismo. En el 2009 se vuelve a las buenas costumbres y se inician de nuevo reformas liberales concentradas en bajar el gasto público y reducir el tamaño Estado. De nuevo, como cada que se avanza hacia la libertad, los resultados son increíbles.
Para muchos la solución a las crisis es subir impuestos y realizar gasto para “impulsar” la economía, pues Estonia salió de su mal momento haciendo todo lo contrario. En promedio, se redujo un 10 % el salario de los trabajadores estatales, se reduce el presupuesto de todos los ministerios en casi un 8 %, cierre de empresas estatales y una nueva ola de privatizaciones, son algunas de las medidas principales que realiza Estonia abrazando de nuevo las ideas que sacaron al país de la miseria en la que lo dejó el socialismo.
Desde el 2009 a la fecha en Estonia los impuestos han ido cayendo. El impuesto a la renta, de 20 % en la actualidad, es único y no depende de los ingresos del ciudadano. De igual manera el impuesto de sociedades, también del 20 %, es único y además se exime del pago a las empresas cuando no se realice distribución de beneficios. Es decir, en Estonia una empresa se quedará con el 100 % de sus beneficios, si decide reinvertirlos.
Estonia se ha empeñado en ser un país atractivo para los empresarios. Tener un flat tax bajo y que además exime a quienes reinviertan sus utilidades es una ventaja que los inversionistas del mundo no van a desaprovechar. Tan solo entre el 2008 y el 2011 el número de compañías en Estonia aumentó en un 40 %. Pero, además, en su segunda ola de reformas liberales, se concentraron en flexibilizar el mercado laboral.
El gobierno afirma que su intención es eliminar la mayor cantidad posible de obstáculos burocráticos que impiden la creación y el crecimiento de las empresas. De ahí que en ese país se pueda crear una empresa en un par de horas, a través de Internet, y sin necesidad de ningún trámite presencial.
Estonia es una historia de esperanza. Ha probado, no solo una sino dos veces ya, que la libertad económica es el camino a la prosperidad. Los cambios no han sido fáciles y el mercado cobra los errores, pero pronto, y de acuerdo a la rapidez y templanza con la que se tomen las decisiones, los buenos resultaron se harán evidentes. Estonia nos deja un mensaje claro: no se trata de aumentar el gasto estatal, ¡sino de disminuirlo!

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