Tuesday, April 11, 2017

A la medida

A la medida

Macario Schettino dice que el fin de los medios masivos de comunicación refleja aquel de los medios de producción masiva. Esto, que constituye algo que solía ser un sueño difícil es ahora una obligación para los jóvenes de hoy.
La transformación que ha provocado la tecnología no se reduce a la forma en que nos comunicamos, aunque en mi opinión ese sea el mayor impacto, porque altera nuestra vida en sociedad. La red ha significado el fin de los medios masivos de comunicación. No porque vayan a desaparecer, que eso no ocurre. Ni la escritura terminó con el habla ni la imprenta con la escritura ni los medios masivos con la letra impresa. Pero cada una de esas tecnologías comunicacionales (habla, escritura, imprenta, medios masivos) ha perdido importancia frente a la que la sucede. Y hoy lo que determina es la red.



El fin de los medios masivos coincide con el fin de la producción masiva, aunque eso sea menos evidente. Recuerde que es sólo en el siglo XX que logramos producir mercancías en grandes cantidades a bajo precio. Eso es lo que extendió el bienestar que en el siglo XIX todavía se concentraba en unas pocas regiones de Europa (norte de Italia y Francia, Países Bajos, oeste de Alemania, Nueva Inglaterra, que aunque estuviese en América realmente era parte de Europa). En el siglo XX los países escandinavos, el Mediterráneo, Japón y Corea, enclaves en Latinoamérica, empiezan a ver los frutos de la producción masiva.
Si hoy quisiéramos vivir como vivían las clases pudientes de fines del siglo XVIII, necesitaríamos varios planetas como éste para lograrlo. Por eso aparecen a menudo las amenazas de apocalipsis, porque muchas personas creen que crecimiento significa producir más, pero de la misma forma conocida. Eso es exactamente lo que no pasa. Crecimiento significa producir de una forma diferente. Eso es el cambio tecnológico, y por eso el mundo ni se ha acabado, ni se acabará pronto.
Bueno, pues la gran transformación reciente es que estamos siendo capaces de acercarnos a vivir como se vivía en el siglo XVIII, pero para una población siete veces mayor en número y cien veces superior en ingreso. La producción masiva del siglo XX, que nos permitió tener ropa, casa y comida para seis mil millones de seres humanos (porque mil millones se nos quedaron fuera), empieza a desaparecer. Ahora podemos producir de forma individual lo que el cliente quiere. Y ahora esa es la fuente del sufrimiento.
Si usted nació antes de 1977, su niñez y juventud las pasó comprando lo que vendían. Comíamos más o menos lo mismo todos, y nos vestíamos con las mismas ropas. Veíamos las mismas películas y escuchábamos a los mismos grupos. Si usted ahora tiene hijos, verá que ellos no viven así. Ahora podemos seleccionar lo que comemos de un menú verdaderamente impresionante: verduras asiáticas que jamás habíamos visto, cereales y granos de diversas partes del mundo con propiedades aparentemente milagrosas, bebidas exóticas. A usted, de niño, no le tocó pizza en su casa, ni conocía restaurantes chinos o japoneses (salvo en algunos lugares por razones de migración), ni mucho menos de Indonesia o Malasia. Y ya no se trata de comprar unos pantalones de mezclilla simplemente, ahora hay decenas de opciones diferentes. Usted, cuando salía en taxi, dependía del sitio más cercano; hoy, los taxistas dependen de su celular. A usted le costó trabajo viajar en aviones caros y hoteles escasos. Hoy, entre las líneas baratas y Airbnb y similares, el mundo es, literalmente, un pañuelo.
Y lo que para usted era un sueño difícil de cumplir, es ahora una obligación para sus hijos. Es decir, es fuente de angustia. ¿Cómo podrían vivir comiendo lo que todos comen y vistiendo lo que todos visten? ¿Cómo podrían vivir su vida entera en un solo barrio? Imposible.

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