Sunday, March 5, 2017

Reserva Federal: la criatura de Jekyll Island cumple cien años

Imaginen la siguiente escena propia de una película en blanco y negro de misterio. Una noche fría y oscura de noviembre de 1913, una estación poco

Foto: Ben Bernanke (Reuters)
Ben Bernanke (Reuters)

Imaginen la siguiente escena, propia de una película en blanco y negro de misterio. Una noche fría y oscura de noviembre de 1913, una estación poco concurrida a esas horas, un tren en la vía a punto de salir y, lejos de miradas indiscretas, un lujoso vagón privado aparcado junto a los topes de la estación, que permanece separado hasta que este cierra las puertas y se pone en movimiento, parando y retrocediendo para enganchar secretamente el vagón antes de reanudar su marcha. Justo antes, en el último minuto y sin llamar la atención, se ha subido un misterioso grupo de pasajeros al coche, propiedad de un senador de los Estados Unidos.



Entre los miembros del grupo, que han recibido instrucciones de llegar por separado a la estación y, una vez dentro del coche, dirigirse únicamente por el nombre de pila para que el personal de servicio no pueda conocer sus identidades, se encuentran el senador propietario del vagón, un alto cargo del Gobierno y cinco banqueros que representan los intereses de los conglomerados financieros más importantes del momento. El secretismo se mantiene durante todo el trayecto, desacoplando y cambiando el vagón de tren antes de cada estación y simulando, al llegar al destino, que son un grupo de amigos de la alta sociedad neoyorquina en un inofensivo viaje para cazar patos.
Pues bien, esta escena, que podría haber sido tomada del cine clásico, sucedió en la realidad. El dueño del vagón no era otro que Nelson W. Aldrich, senador de los Estados Unidos y conocido hombre de negocios, relacionado con la elite financiera –estaba asociado con J. P. Morgan y era suegro de John D. Rockefeller, Jr.– y  sus acompañantes representaban al Tesoro de los EEUU y a las fuerzas vivas de Wall Street a principios del siglo pasado: J.P. Morgan, Rockefeller, Kuhn, Loeb & CompanyWarburg, y Rothschild. ¿Saben ustedes a dónde se dirigían con tanto secretismo? A la isla de Jekyll, a redactar la ley de creación de la Reserva Federal, firmada por el presidente Woodrow Wilson, la víspera de Nochebuena hace ahora cien años.
La posibilidad de quiebra establecía implícitamente un límite para incrementar el crédito y seguir multiplicando la creación de dinero de la nada mediante la reserva fraccionaria
Y es que la estructura y los objetivos que dieron lugar a la creación de la Reserva Federal, la misma a la que los amantes del intervencionismo monetario fían la recuperación de la crisis, fueron los característicos de un cártel privado, es decir, un “convenio entre varias empresas similares para evitar la mutua competencia y regular la producción, venta y precios en determinado campo industrial”. Porque, en efecto, en los albores del siglo XX la competencia en el sector financiero se había intensificado. No en vano, el número de bancos en los Estados Unidos se había doblado en la última década, especialmente en el sur y el oeste, captando depósitos y reduciendo la cuota de mercado de los bancos de Nueva York.
Además, los clientes de los bancos tenían la desagradable costumbre de entrar en modo pánico siempre que surgían dudas sobre la solvencia de una entidad, y corrían en masa a retirar sus depósitos, acelerando la quiebra de la misma –acuérdense de aquella escena de la película Mary Poppins o de aquella otra de la navideña Qué bello es vivir–. Otra causa que podía dar lugar a la liquidación de un banco antes de la existencia de los bancos centrales estaba asociada a los movimientos de efectivo entre los bancos como consecuencia de los pagos de sus clientes. Si el cliente del banco A emitía un cheque a favor de un cliente del banco B, y este lo ingresaba, el banco B podía reclamar inmediatamente los fondos al banco A, que se veía en apuros si no disponía de liquidez.
Tales fueron los motivos de las crisis financieras de 1873, 1884, 1893 o 1907, que generaron el clamor entre las familias financieras de la época de contar con un banco central como los de Europa. La gota que colmó el vaso de la paciencia de los banqueros fue la de 1907, en la que el mismo J.P. Morgan tuvo que poner dinero de su propio bolsillo y convencer al resto de banqueros de Nueva York para que le imitaran y evitar un contagio que acabara con todo el sistema. Y es que esta posibilidad de quiebra establecía implícitamente un límite para incrementar el crédito y seguir multiplicando la creación de dinero de la nada mediante la reserva fraccionaria.
Los artífices de la Fed evitaron utilizar el nombre de banco central para sortear las reticencias que el pueblo americano mostraba ante cualquier iniciativa contraria a la libre competencia
De alguna forma, necesitaban un banco central que, en palabras de Huerta de Soto, actuara “dirigiendo, orquestando y organizando la expansión crediticia, vigilando que los bancos expandan más o menos al unísono y que ninguno de ellos se desmarque mucho del ritmo establecido”. Y, llegado el caso, que actuara como prestamista de última instancia, rescatando a los bancos en dificultades con cargo a los contribuyentes.
De ahí que se forzara la creación del banco central. Aunque sus artífices expresamente evitaron utilizar dicho nombre para sortear las reticencias que el pueblo americano mostraba ante cualquier iniciativa contraria a la libre competencia de las empresas. Es decir, tanto el nombre de Sistema de la Reserva Federal, como la estructura de varias Reservas Federales no eran sino una operación de marketing político para hacer más digerible el concepto de banco central al electorado americano.
Para conocer un resumen del resto de la historia, les recomiendo que lean el excelente artículo que firmaba ayer Pedro Calvo en El Confidencial, así como su acompañamiento sobre los cuatro presidentes que más han marcado su actuación. Y para complementar las referencias bibliográficas, permítanme que les recomiende The Case Against the Fed de Murray N. Rothbard (*) donde, aparte de la historia de la creación del banco central, podrán leer acerca del origen del dinero, los efectos de la reserva fraccionaria y el papel de la Fed en la generación de inflación y la ocurrencia de los ciclos económicos.
La Fed fue el resultado de un encuentro secreto de gente poderosa representando al Estado y a la Banca
Por tanto, es un mito que la Fed se creó para estabilizar la economía. Y si así lo fuera, podría decirse que la criatura de Jekyll Island, como la llamara G. Edward Griffin(**), ha fracasado en el supuesto objetivo de estabilización, como corroboran las crisis y recesiones ocurridas en los cien años transcurridos desde su creación: crisis financiera de 1921, crack de 1929, Gran Depresión de 1929-39, recesiones de 1953, 57, 69, 75 y 81, Black Monday de 1987, recesión 1990-91, burbuja dotcom del 2001 y, por supuesto, la Gran Recesión de 2008-?.
Como han podido constatar, los objetivos fueron otros. La Fed fue el resultado de un encuentro secreto de gente poderosa representando al Estado y a la Banca para acordar los mecanismos que les permitieran: (1) detener la creciente influencia de los pequeños bancos locales y mantener el control financiero; (2) hacer más elástica la oferta monetaria vía creación de crédito para contrarrestar la tendencia que favorecía el capital frente a la deuda; (3) mutualizar las reservas individuales de los bancos en un gran fondo central que impulsara a todos los bancos a expandir el crédito a la vez y con los mismos coeficientes de reserva fraccionaria; y (4) trasladar las pérdidas a los contribuyentes en caso de colapso total.
En este sentido, y a la luz de los objetivos no explícitos, podría decirse que la Fed los está cumpliendo con creces. Aunque ello no sea motivo de celebración para los ciudadanos.

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