Tuesday, March 7, 2017

Pancho Villa y el ataque a Columbus: resultados


Pedro Salmerón Sanginés
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Americalatina invade Estados Unidos. Llueve hacia arriba. La gallina muerde al zorro y la liebre fusila al cazador. Por primera y única vez en la historia, soldados mexicanos invaden los Estados Unidos. Así resumió don Eduardo Galeano el evento que mañana cumple cien años: el ataque de unos 600 revolucionarios mexicanos a la población de Columbus, Nuevo México.
Se cuenta que el general Francisco Villa observó el combate desde un cerro cercano. Los villistas fueron rechazados después de seis horas de combate, que causaron grandes destrozos al poblado. Estados Unidos respondió a este ataque enviando a México una expedición punitiva formada por 4 mil 800 soldados, más tarde aumentada hasta 10 mil, que invadió el estado de Chihuahua con la intención de capturar a Villa muerto o vivo, y destruir sus tropas.



La expedición punitiva fue un desastre militar y político para Estados Unidos, porque Pancho Villa no fue capturado ni sus fuerzas destruidas; porque provocó una hostil reacción en el pueblo mexicano y amargó las relaciones con el gobierno de Venustiano Carranza. Finalmente, salió del país 11 meses después de su entrada.
¿Por qué Villa atacó Columbus? A lo largo de 1915 la poderosa División del Norte fue destruida en una serie de terribles batallas libradas contra el Ejército Constitucionalista, que mandaba el general Álvaro Obregón. Antes de que terminaran esas batallas, pero cuando la balanza se inclinaba claramente contra el villismo, Estados Unidos reconoció al gobierno constitucionalista encabezado por Venustiano Carranza, lo que, sumado a otros hechos, convenció a Pancho Villa de que Carranza había firmado un pacto con el gobierno de Estados Unidos que terminaría reduciendo a México de nación soberana a mero protectorado estadunidense, y decidió impedir semejante iniquidad mediante un acto de provocación que causara una guerra que salvara a la patria.
En realidad, no había tal pacto, aunque Villa tenía motivos para creer en su existencia. Y si la reacción del gobierno estadunidense sólo redundó en su propio desprestigio y su alejamiento del gobierno de Carranza, esa misma reacción apuntaló el mito de Pancho Villa, quien quedó ante los ojos de muchos mexicanos y latinoamericanos como el simbólico vengador de la intervención estadunidense de 1846-48 y tantos otros agravios. Tanto o más que el hecho de haber conducido un proceso de auténtica transformación social que se inició con la confiscación de los latifundios de Chihuahua (12 de diciembre de 1913), o mandado al más poderoso ejército revolucionario, Pancho Villa se incrustó en la imaginación colectiva del pueblo mexicano por los hechos de aquellas seis horas de hace cien años… y porque los gringos no lo agarraron.
El ataque a Columbus y la Expedición Punitiva tuvieron otro efecto, trascendente y de larga duración, al fortalecer los sentimientos nacionalistas del pueblo mexicano y del gobierno de Venustiano Carranza. Como escribió Friedrich Katz*:
El gobierno mexicano, al que las grandes potencias veían como un instrumento maleable para sus propias políticas, logró invertir los papeles y explotar en su beneficio las rivalidades de aquellas. Ni los planes norteamericanos, ni los británicos ni los alemanes, dieron los frutos apetecidos. Carranza, sin embargo, obtuvo el retiro de la expedición norteamericana, la abstención de Alemania en cuanto a las actividades de sabotaje, y, por último, la neutralidad de México.
Don Venustiano dejó en herencia a sus sucesores una tradición nacionalista frente a los intereses extranjeros, que se expresaba con claridad en la Doctrina Carranza, que guió nuestra política exterior durante décadas. A partir del fracaso de la Expedición Punitiva y de la presentación de aquella doctrina (1º de septiembre de 1918), los gobernantes estadunidenses debieron aceptar la independencia de los mexicanos en materia de política exterior, lo mismo que la virtual imposibilidad de imponerse a nuestro país por la fuerza de las armas. Así, al diseñar los últimos planes que consideraban seriamente la invasión militar de nuestra república (1926-1927), los mandos militares del país vecino advirtieron que solamente para ocupar la Ciudad de México se necesitarían no menos de cinco divisiones y que eso se lograría a cambio de incalculables pérdidas materiales (la destrucción de las propiedades e intereses estadunidenses en México), apenas para iniciar entonces una larga guerra irregular de imprevisibles resultados.
Nunca más sería opción real la intervención armada. Si no por otro asunto, por esa afirmación de la soberanía nacional debemos recordar la revolución, más allá de que presidentes como Miguel Alemán y todos, a partir de Carlos Salinas de Gortari, lo hayan olvidado.

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