Monday, March 6, 2017

La desmaterialización de la economía


Estos días de Navidad, tan propicios para elevar asuntos espirituales y “consumistas”, que a priori combinan como el agua y el aceite, me llevan a poner sobre la mesa algunas cuestiones relativas al mercado. Me abstendré en todo caso de repetir lo más que consabido entre quienes, desde una perspectiva liberal, estudian esta materia.
Uno de los problemas que tratan de entender y mitigar quienes hacen filosofía política o moral es el conflicto. Las facciones y su convivencia pacífica en entornos de justicia y libertad son de la máxima preocupación entre estos pensadores.



Cuando se trata de aportar soluciones, incluso entre gente bienintencionada (que no aspira a subyugar a otros o a imponer su propia visión del mundo), las diferencias, cómo no, emergen: de un lado, están aquellos que temen que una cercanía entre facciones en mismos entornos de convivencia, máxime cuando de base no se comparten los mismos valores, puede conllevar un peligro claro para la libertad, la paz y el desarrollo; del otro, aquellos que entienden que un marco institucional adecuado, que no privilegie ni penalice por pertenencia a un grupo, permite extraer grandiosos frutos de esta mezcolanza de razas, etnias, religiones como ejemplo de convivencia y mayor aportación a la creación empresarial y cultural por partir de puntos de vista heterogéneos.
Lo que prima de fondo en la primera de las tesis es que las personas cambian los marcos institucionales y en la segunda, que los marcos institucionales modelan a las personas. Ambas afirmaciones llevan su parte de verdad, en un grado u otro, según sean de fuertes las instituciones o los valores de los grupos humanos, y lo compatibles que sean con la libertad. Por eso, en mi modesto entender, el proceso histórico nunca ha de perderse de vista. Las matizaciones (quizás mal entendidas a veces como relativismo) no caben en 140 caracteres. Invasiones de hordas extranjeras, persecuciones a minorías (como chivos expiatorios ante la incompetencia propia) o caída de civilizaciones por la insostenibilidad del sistema político y redistributivo, o incluso todo junto al mismo tiempo, siempre las ha habido.
El contexto actual me produce cierto desasosiego. Ahora que entramos en nuevo año, quizás haya que achacarlo a la mella psicológica que nos deja el paso de los años. Tampoco hay que descartarlo. El proteccionismo, los nacionalismos en Europa y EEUU, el odio a la tecnología, al creador de riqueza o al extranjero son claros ejemplos de peligros políticos y sociales latentes. El terrorismo islamista, por su parte, se ocupa de echar más gasolina al fuego a un Occidente que ha visto cómo prendía la llama populista a raíz de las crisis económicas y políticas con origen en la Gran Recesión.
El asunto es complejo. No se trata de caer en simplificaciones con tintes pueblerinos por miedo a todo lo desconocido ni en papanatismos que puedan suponer un coladero de difícil digestión a posteriori.
Llama la atención, en este sentido, la tesis que sostenía el profesor de Columbia especializado en economía e inversión en valor, Bruce Greenwald (autor de Competition Demystified), en un vídeo de Columbia Business School titulado Globalization in Retreat. Afirmaba que la globalización se iba a ver en retroceso en un futuro próximo como consecuencia del impulso del sector servicios y la pérdida de importancia de la manufactura en la economía global. Obviamente, no se refería a los esfuerzos de políticos como Trump por popularizar medidas proteccionistas, nacionalistas y mercantilistas entre sus electores a golpe de amenaza a las empresas, sino a un fenómeno que sería resultado del propio proceso de mercado. La idea de fondo es que lo material (materias primas, manufactura) va en franco retroceso en favor de la economía del conocimiento y el sector servicios (personales, información, hogar). Si, por un lado, el factor de producción fundamental hoy es el conocimiento y la información fluye sin cortapisas, y, por el otro, los servicios, sobre todo los personales y del hogar, son difícilmente deslocalizables, esto significaría, según el autor, que la dependencia internacional geográfica de ciertos materiales o de la manufactura (en sus distintas fases) por la lógica de la división del trabajo internacional iría disminuyendo.
No estoy segura de que la afirmación de que la globalización cae en importancia sea la más acertada. Seguramente sea más ajustado hablar de que la globalización cambiará su forma, su manifestación. Al revés, la interdependencia económica no perderá fuerza por lo que se desprende de sus palabras. Con el tiempo y la incorporación de nuevas tecnologías que, a bajo coste, vayan poniendo en la mano de los individuos una autonomía y una potencia creativa antes impensables, la integración puede ser mayor. No se olvide que la transmisión de conocimiento y el transporte de mercancías han de ser fluidos para poner en valor las economías de escala que posibilitan hacer rentable la venta masiva de bienes y servicios muy novedosos con poco margen unitario sobre cada producto. También, lógicamente, las fronteras abiertas permiten incorporar las mejores mentes (conocimiento) para contribuir a esos saltos tecnológicos de gran impacto económico y social.
Lo que puede permitir, y ciertamente creo que lo hará (algo egoístamente, para bien de las personas a las que el bullicio de la ciudad algo nos perturba), es que la necesidad de aglomeraciones masivas no sea tan grande. Ser productivo, poder aportar allá donde estés lo que proviene de tu principal activo (tu mente), estar integrado en el mundo empresarial sin necesidad de desplazarte o asentarte en la gran urbe es algo que favorece la dispersión. Tener un grado de autonomía amplio energética y materialmente, aun cuando se viva en lugares remotos o históricamente poco desarrollados, también aportaría una incalculable fuente de ventajas en ese sentido.
Varias de estas dinámicas ya se empiezan a advertir en las zonas con menor dotación de infraestructuras clásicas, como carreteras, redes eléctricas o bancarización. Se empiezan a sustituir en algún grado por la comunicación vía satélite, el previsible uso de drones, autogeneradores eléctricos de bajo coste, pagos a través de móvil (reemplazando la moneda local), nuevos servicios financieros…
Mark Zuckerberg, creador de Facebook, comentaba tras la lectura del libro Finanzas de los pobres (Portfolios of the Poor), que es “desconcertante que casi la mitad del mundo –casi 3000 millones de personas– viva con dos dólares y medio al día o menos. Más de 1000 millones viven con un dólar o menos. Este libro explica cómo estas familias invierten su dinero para valerse por sí mismas mejor. Espero que leer este libro proporcione algunas perspectivas sobre las formas en que todos podemos trabajar para apoyarles también”.
En eso están innovadores como él mismo.
No deja de ser “política ficción” cualquier aventura predictiva. Lo que podemos llegar a encontrar en este nuevo marco es menos necesidad de migrar físicamente, al menos, para la provisión de servicios de información. Con todo, hoy existiría una salvedad bastante obvia que tendería a revertirse también de producirse las predicciones de muchos futuristas tecnológicos: para servicios personales y del hogar, menos deslocalizables que los servicios de información (más subcontratables), poco deseables en muchos casos por los nacionales (vendedor en cadena de comida rápida, reponedor, trabajo doméstico, por poner algunos ejemplos), y caros para el empleador (costes laborales, sindicatos) y para el consumidor, la idoneidad inmigratoria seguiría presente, al menos, hasta que la robotización sea una realidad más palpable (tendencia lógica siempre que el valor añadido de la aportación humana sea pequeño y fácilmente sustituible por una máquina).
Por supuesto cuando hablamos de lo que nos deparan las innovaciones (el mercado), nos topamos frontalmente con una dura realidad: las fuerzas contrapuestas que surgen del poder político o de la persuasión cuando van encaminadas a propagar alguna ideología liberticida. El azote antiglobalización está cebándose, hoy, desde el propio discurso político y mediático. Y eso enciende mucho el instinto atávico y tribal que, lamentablemente, llevamos dentro. Se está jugando con fuego. Evitar que se impongan estas fuerzas es nuestra misión.

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