Monday, March 20, 2017

¡Echen balas!



Fernando Amerlinck

  

Antigua Guatemala – Estoy en la muy noble y muy leal ciudad de Santiago de los Caballeros, cabeza del Departamento de San Lucas Zacatepéquez, dignísima capital que fue de la Capitanía de Guatemala mientras no acabaron de destartalarla incontables terremotos y catástrofes originadas por los tres volcanes que la circundan: el Volcán de Agua, cuyo mortal líquido, acompañado de piedras y de lodo, acabó con la primera capital un 11 de septiembre pero de 1543. Ése y los otros dos volcanes —el de Fuego y el Acatenango— se encargaron de producir tantos terremotos que la capital quedó arrasada, con escombros aún visibles en la Catedral, la Recolección, Santa Clara y varios etcéteras que hacen, de las ruinas, unos de los muchos atractivos de esta señera ciudad.




Las ya inexistentes cúpulas de las iglesias dejan ver desde adentro un azulísimo círculo del más azul de los cielos chapines, y así de generosamente penetra a las ruinosas naves una estruendosa profusión de aguaceros tropicales, de los más feroces que yo haya presenciado.



De plano en 1775 un Real Decreto ordenó mudar la capital a un lugar menos sísmico. Allí está hoy la Nueva Guatemala de la Asunción, capital de esta nación centroamericana que sin embargo forma parte geográfica de América del Norte.



Mi abuela paterna vio su primera luz en 1880 en la finca de Patzún, Chimaltenango, no lejos de la capital. Es queridísimo para mí este país preñado además de historia familiar que se añade a las relaciones amistosas que una sociedad así cultiva. Lo dije de corazón y espontáneamente a una las anfitrionas que siempre, a cuerpo de rey, nos atienden al visitar su país: “En Guatemala todo es entrañable”.



Va una anécdota familiar que formó parte de la historia de México. La Nueva España estaba enfrascada en una sangrienta y destructiva guerra iniciada loca e irresponsablemente por Miguel Hidalgo cuando un señorón tomó camino hacia esta tierra, atravesando la zona de Los Altos: la escarpadísima Sierra de los Cuchumatanes. Era él don Antonio Pío González Saravia, Mollinedo y de la Quadra, natural de Salamanca, quien fue Gobernador y Capitán General del Reino de Guatemala, Mariscal de Campo de los Reales Exércitos y del Consejo de Su Majestad, Presidente de la Real Audiencia, etc. etc.



Viajó a lomo de mula tan ilustre personaje para ocupar un alto cargo digno de su alta investidura en el Virreinato de la Nueva España, el de comandante militar general, mientras el virrey Venegas ejercía el mando político. Le impidió llegar a la capital la campaña del sedicente generalísimo y dicente envidia de Napoleón Bonaparte llamado José María Morelos y Pavón; se quedó don Antonio en Antequera de Oaxaca, a cargo de la defensa de la ciudad contra las tropas de Morelos, Hermenegildo Galeana y Mariano Matamoros, sin recibir armas y refuerzos que pedía desesperadamente. Efecto: Oaxaca cayó en noviembre de 1812.



Por tratarse de un teniente general derrotado, de plano Morelos ordenó mandarlo al paredón. Dice de él D. Carlos María de Bustamante: “Era González Saravia un militar honrado, dotado de dulzura, compasivo e incapaz de hacer daño a nadie, y merecía por tanto el aprecio general… la muerte de Saravia fue injusta”. Murió don Antonio González Saravia el 2 de diciembre de 1812, no sin antes —como buen, veterano militar con 53 años de servicio— increpar así al pelotón de fusilamiento: “¡Echen balas, que estoy acostumbrado a recibirlas!”



Cuento esa anécdota, quizá poco veraz, porque es la última narración que oí de boca de don Teodoro Amerlinck y Zirión, Liedekerke y González Saravia, 27 horas antes de que devolviera él su cuerpo a la tierra, y su ser esencial al Creador en quien siempre creyó, confortado desde la víspera con todos los auxilios espirituales (dados por sacerdote un sobrino suyo, a la sazón en México), una noche de febrero de 2007.



Sí es veraz lo que sigue. Le gustó tanto al señor cura Morelos el rico atuendo del fusilado, que se apropió del ropaje del muerto y se hizo pintar al óleo vistiendo tan lucido uniforme militar, no sin antes agregarle un galón. Superó así el grado de aquél a quien quitó la vida, con un galón adicional acorde con su carácter de generalísimo. Se ve así ataviado a Morelos en su más célebre cuadro, fácilmente identificable porque el cuello le llegaba a media cara.



No paró allí la rama chapina de mi familia. Don Antonio, quinto abuelo mío, había dejado en Guatemala una estirpe que da apellido a dos ramas paternas de mi linaje. Fue tataranieta suya mi abuela, que habría de contraer matrimonio con un ingeniero belga nacido en la flamenca ciudad de Gante, cargado en sus alforjas de experiencia como constructor de ferrocarriles en el Congo Belga, en el puerto chileno de Valparaíso, y en la capital y zona norte de Guatemala. Era mi abuelo José, casado en Guatemala pero luego siguió trabajando en México, donde habría de nacer su único hijo. Y tras enviudar prematuramente, mi abuela se casó con otro descendiente de don Antonio, a quien conocí bien y quise como abuelo.



No para allí la relación con Guatemala. Parientes y amigos se suceden constantemente, con generosas adiciones cada que viajo a ese país, y que han permeado a mis hijos.



Decía que para mí es entrañable ese lugar para muchos desconocido; tanto, que demasiados la prejuzgan como república bananera. Injusta caracterización. Según los mismos estándares, México es peor de bananero.



Por ejemplo, ya quisiéramos algo como la Universidad Francisco Marroquín, institución de clase mundial y fundamentada en la Cultura de la Libertad: defiende ante todo, para sus proyectos y planes de estudio, la libertad individual, y proyecta en sus alumnos la práctica empresarial. Salió de allí Gloria Álvarez, articulada y joven autora de un excelente libro (López Obrador aparece en la portada de la edición mexicana), Los engaños del populismo.



En Guatemala los gasolinazos, desde hace muchos años, son cotidianos. Hay un mercado abierto de marcas de combustibles y los precios, que suben y bajan y no son los mismos en dos gasolinerías aunque estén enfrente, se anuncian, lo mismo que en cualquier país decente donde no se piensa que esos precios los tiene forzosamente que dictar el gobierno.



Y ni hablar de la moneda guatemalteca. El quetzal estaba a la par del dólar en los años 70, cuando el superpeso valía 12.50. Hace 10 años 7.62 quetzales compraban un dólar: hoy la paridad es 7.40. El pobrecito peso brincó en esos años de 11,000 a 19,600 en que esto escribo, sin que al quetzal le mocharan tres ceros.



No ayudan sus nombres a la fama de los países de América Central. Quién sabe si el nombre de Panamá sea eufónico; Honduras recuerda que a Hernán Cortés le fue tan mal en su expedición a las Hibueras que literalmente se metió en honduras. Nicaragua tampoco es muy bonito (quiere decir hasta allí llega Anáhuac: Nic Anahuac). No tienen feo nombre Costa Rica y El Salvador pero Guatemala siempre concita el chiste de Guatepeor. (Se dice que proviene de Cuauhtlemallan, lugar donde abundan los árboles, puesto por tlaxcaltecas que llegaron a esas tierras con el conquistador Pedro de Alvarado.)



La moderna capital de Guatemala, como la de México, tiene partes atractivas, modernas, que nada le piden a zonas residenciales y comerciales excelentes, como las de las grandes ciudades de México. Y como acá, también, las hay que evocan la colonia de los Doctores o la Portales. Sí le gana rotundamente a la ciudad de México en su criterio de orden urbano, por ejemplo. Todas las calles de Guatemala que vi están mejor pavimentadas que la mejor avenida de Bosques de las Lomas, y casi no hay topes (indicador excelente de la calidad de la infraestructura vial). Además, Guatemala tiene la mejor y más lógica nomenclatura de calles de cualquier ciudad que yo conozca. Es casi imposible perderse.



No olvido, hace pocos años, que con la usual hospitalidad chapina fuimos invitados a una finca de café en donde al llegar la noche se oía retumbar al Volcán de Fuego lanzando llamaradas y explosiones en una tarde tan inolvidable como alguna boda de amigos en Ciudad Vieja (la primera capital, aún más antigua que Antigua); proliferaban las conocencias y las buenas relaciones amistosas.



Los chapines suelen ser gente fina (adjetivo que se dicen entre sí), cortés, atenta, solemne, respetuosa y casi cursi. Los hijos hablan de usted a sus padres y a veces éstos lo hacen al revés, con una tradición que recuerda a las antiguos usos de México. Y hay una juventud vigorosa y orgullosa, como en todas partes. Lástima de sus gobiernos, infectados del virus omnipresente de la incompetencia y la corrupción, que no acaban de dar pie con bola en cuestiones de seguridad. Pero al menos aquí hay expresidentes en la cárcel. ¿Por qué no podemos seguir ese ejemplo, ni siquiera con nuestros egregios gobernadores?



Comienzo en este cordial lugar un viaje breve a dos países de Centro y Sudamérica. Como siempre hago, tomo notas en cada sitio y luego, para dar más provecho a mis viajes, y quizá ya de regreso en México, procuro dar forma y contexto a mis notas. A ver si lo logro…


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