Tuesday, March 7, 2017

Democracia, el dios que está fracasando


ballot box
Cuando el profesor Hans-Hermann Hoppe presentó su famoso argumento contra la democracia en 2001, la idea de que votar era una mala manera de organizar la sociedad seguía siendo radical incluso entre muchos libertarios prácticamente cualquiera criado en un país occidental a lo largo del siglo pasado crecido oyendo usar “democracia” como un sinónimo de maravilloso, bueno, justo o y válido. Hace falta una gran cantidad de D es aprendizaje para superar esto como adulto y para cuestionar la sabiduría del gobierno representativo instaurado a través de mecanismos democráticos.



Sin embargo, avancemos hasta 2017 y el alegato contra la democracia se está produciendo delante de nuestros ojos. Ved a Hillary Clinton, que no hace mucho hablaba con entusiasmo acerca del derecho “sagrado” al voto, esto es, hasta su formidable derrota ante Trump. Hoy se aferra a la engañosa tontería de que los rusos de alguna manera influyeron en nuestras elecciones inventando historias y utilizando las redes sociales, lo que sí fuera verdad sería un excelente argumento en contra del derecho a voto. Si los nativos son engañados tan fácilmente con unos pocos posts tontos en sus cuentas de Facebook, ¿por qué demonios su voto es sensato o sagrado?
Otros progresistas como Michael Moore reclaman que se arreste a Trump, supuestamente por traición. Los expertos de las televisiones izquierdistas por cable reclaman abiertamente que Trump dimita o sea enjuiciado. Los principales periódicos se preguntan incluso si terminará su mandato de cuatro años. El mensaje abrumador de los medios es que Trump es un desastre, una amenaza existencial que debe detenerse.
Pero no son solo los progresistas los que cuestionan los resultados democráticos. El neoconservador Bill Kristol publicó un twit en el que decía que prefería estar gobernado por un estado profundamente irresponsable que por Trump. El apacible moralista conservador Dennis Prager, un derechista razonable y agradable mi opinión, argumenta muy seriamente por qué estamos en medio de una segunda guerra civil con aquellos que sencillamente rechazan su derrota electoral. Y el jurista de inclinaciones libertarias Richard Epstein, escribiendo para la sonámbula Institución Hoover, desarrolla una letanía de agravios contra Trump que haría ruborizarse a Bill Maher.
Debemos recordar que en lo que respecta a la democracia de las elecciones, la victoria de Trump fue perfectamente legítima. Nadie discute seriamente sus márgenes de victoria en los estados claves de Ohio, Pennsylvania, Wisconsin y Florida. Los lamentos acerca de que Clinton ganara el llamado voto popular son irrelevantes y descaradamente partidistas: el colegio electoral es tan parte de las “normas” como tener dos senadores por estado.
Mientras tanto en Reino Unido, el exprimer ministro Tony Blair emplea el lenguaje la revolución al pedir a las fuerzas a favor de la permanencia a “levantarse” contra el Bréxit y anular el referéndum en el Parlamento. No importa que Blair ya no sería un cargo electo ni tenga ningún puesto público, no importa qué tanto el proceso del referéndum como la votación del Bréxit fueran perfectamente válidos: sencillamente no le gustan los resultados. Su argumento de que los votantes a favor del abandono tenían un “conocimiento imperfecto” es al tiempo hilarante e hipócrita: los votantes siempre han tenido un conocimiento imperfecto acerca de candidatos y políticas antes de las elecciones; la nueva información pertinente siempre sale a la luz después de las elecciones. Si Blair cree en que puede empezar a anular elecciones basándose en algún grado de ignorancia del votante, debo sugerir que empiece con el voto en la Cámara de los Comunes que le hizo primer ministro. ¿Y por qué él, un demócrata, imagina tener algún derecho a anular los resultados electorales en absoluto?
Es hora de llamar a las cosas por su nombre. Toda esta preocupación difícilmente se corresponde con nuestra supuesta reverencia por la democracia. Repito, Trump ganó cómoda y justamente unas elecciones democráticas hace solo tres meses. Si es el mal, una bola de demolición que no puede ser detenida por los demás poderes del estado, entonces todo nuestro sistema constitucional y sus mecanismos democráticos son defectuosos. ¿Por qué el movimiento #neverTrump no lleva sus argumentos a su conclusión lógica que insiste en que a un electorado que eligiera a Donald Trump no se le debería permitir votar de nuevo por tener ninguna voz a la hora de organizar la sociedad?
La realidad está quedando clara, aunque resulte incómoda para muchos: la democracia es un engaño al que deberían oponerse todas las personas amantes de la libertad. Las votaciones y las elecciones no confieren ninguna legitimidad a ningún gobierno y en la medida en que el proceso político democrático reemplaza a la guerra abierta debería considerarse como solo ligeramente menos horrible.

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