Monday, March 27, 2017

6. Conejos empalados y un paraíso socialista



 Fernando Amerlinck
Valle Sagrado, provincia de Cusco - Había que comer en algún momento y al excelente guía que nos acompañó ese día no se le ocurrió mejor idea que presentarnos un delicioso manjar: cuy al palo.

Es decir, conejillo de indias (lo llaman cuy) empalado al estilo del conde Vlad Drakul, señor de Transilvania, que asesinaba a sus enemigos clavándolos en un palo que entraba por quién sabe qué orificio disponible en la parte de atrás del cuerpo, hasta salir por la boca. Los dejaba empalados en un poste clavado en sus terrenos, con sus cuerpos al arbitrio de los buitres y para que se lo pensara diez veces quien quisiera acercarse a sus dominios. Así empalan a esos pobres animalines, aunque supongo que les tuercen el cuello antes de asarlos al carbón con un palo enmedio. Y los sirven en trozos o completitos, de modo que el comensal desprenda la cabeza, o una pata, o sus vísceras, o su magra carne y achicharronado pellejo. Vaya “deleite”, que no ha cambiado desde los antiguos prehispánicos. El vegetarianismo parece más razonable respecto a animales que comparten nuestro entorno natural, a diferencia de los peces y mariscos… en fin.

En ese valle de Lamay, donde asan a los pobres cuys y los venden por 35 soles, hay una alta montaña con ruinas de Huchuy Cosco, ciudad anterior a Machu Picchu probablemente edificada por Viracocha, padre de Pachacútec. Es uno de esos atractivos paraíso de los mochileros, como Choquequirao o Machu Picchu.

Decía antes que en el Valle Sagrado subsiste en casi todo la sombre del gran Pachacútec (cambiador del Mundo, quiere decir). Aparece en las tradiciones el imperio de los incas como una especie de paraíso socialista que habría hecho las delicias del padre de los “intelectuales”, Jean-Jacques Rousseau (espléndidamente caracterizado como tal por Paul Johnson), con su teoría del buen salvaje, no contaminado por las lacras de la civilización.

Hermosa utopía. ¿Será? Pachacútec, nos dicen, abolió eso que según los socialistas es el peor enemigo de la felicidad: la propiedad privada. Toda la producción tenía que ser distribuida entre gente que había trabajado la tierra y conforme a las necesidades de cada quien. La propiedad era nacional (entiéndase por ello el rey, el inca, el faraón, el emperador, el estado, la nación), la tierra era comunal y la única propiedad privada provenía de regalos. Regalos del gobernante, claro; favores a sus aliados o compinches.

Si algo era Pachacútec, era autócrata. No hay manera de conducir un sistema colectivista si no con una autoridad absoluta que dicte la conducta ajena a todo individuo, privándolo de libertad para escoger y actuar e intercambiar. La gente tenía que sujetarse al destino del rebaño, y esto no lo digo yo sino un tratadista (Louis Baudin) que estudió a fondo ese tipo de socialismo: “El régimen peruano era despótico; tanto más razón para afirmar su carácter socialista” y eso puede funcionar por corto tiempo pero no por siempre. Una buena conclusión da Steffen Lescock: “El socialismo no puede funcionar, excepto en el cielo, donde no es necesario, y en el infierno, donde ha existido siempre.”

El mismo Pachacútec era eficaz: logró expandir grandemente su imperio, que llegó a ocupar un montón del territorio de Sudamérica. Y era brutal, como buen autócrata, que maltrataba hasta a aliados como Ollantay y a su propia hija. Después de él el imperio inca sufrió grandes divisiones que ayudaron a Francisco Pizarro a derrotar y conquistar al débil inca Atahualpa, que estaba en pugna por el poder absoluto con su hermano Huáscar Cápac. En Cajamarca 168 españoles derrotaron a base de astucia a 80,000 soldados de Atahualpa en 1532. Atahualpa mandó de plano matar a su hermano, por temor a que se aliara con los españoles, y el brutal Pizarro primero lo utilizó como gobernante títere por unos meses hasta que de plano lo asesinó, en 1533.

Curiosamente, el débil Atahualpa se parece en carácter a Moctezuma, que se dejó engañar por el gran político Cortés y así ayudó a la conquista. Pizarro era tío lejano de Cortes, extremeños ambos, y admiraba a su sobrino. Pero Pizarro fue más sanguinario y mucho menos político que Cortés.

Volviendo al periplo por ese maravilloso valle (y para alegrar a los socialistas, amigos de la producción colectiva dictada por el Estado) llegamos viendo paisajes de la Cordillera por un largo camino de terracería hasta Moray, una poco ruinosa ruina de la cultura incaica. No era ceremonial ni la habitaban sacerdotes o nobles. Es un maravilloso conjunto de terrazas circulares en una hondonada que podría lejanamente recordar el graderío de una plaza de toros, con un ruedo muy pequeño.

Nada de eso. Este lugar a 3,500 m de altitud no sirvió para espectáculos (y en todas las ruinas del Perú no vimos nada parecido a un juego de pelota o una pirámide, sino más bien construcciones utilitarias que han resistido el paso del tiempo). Estas terrazas concéntricas eran un laboratorio de cultivos, con su propio sistema de irrigación. Conforme cada terraza avanza en profundidad, se va generando en cada nivel un microclima. Y hay 16 niveles. La diferencia de temperaturas entre arriba y abajo llega a sólidos 15˚, lo cual permitía a aquellos prácticos agrónomos identificar las mejores variedades de cultivos para consumo humano en distintas regiones de su enorme país. Ayudó eso a que haya unas 3,000 variedades de papas característicamente peruanas. Este país no sólo tiene un mar privilegiado para la pesca, sino también una estupenda agricultura. Vaya ingredientes para sus maravillosos restaurantes.

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