Friday, February 17, 2017

Aires tóxicos en EE.UU.

Aires tóxicos en EE.UU.

Manuel Suárez-Mier considera que Donald Trump constituye una amenaza al sistema de pesos y contrapesos que ha regido a EE.UU. desde su fundación.
Miasmas nada saludables se respiran en Washington conforme el circo caótico de Donald Trump sigue adelante con su peculiar mezcla de acciones autoritarias con órdenes ejecutivas de dudosa legalidad, a las que se oponen en las cortes grupos diversos, resultando en suspensiones ordenadas por los jueces.



Se empieza a ver operar el famoso sistema de pesos y contrapesos del que dotaron a la república sus fundadores mediante una magnífica constitución —a diferencia de las pésimas que recién celebramos en México—, diseñada para garantizar los derechos individuales de potenciales abusos de sus gobernantes mediante una efectiva división de poderes que se neutralizan y supervisan entre sí.
Sin embargo, existe grave preocupación sobre si un sistema constitucional que ha sido la envidia de muchas otras naciones, resistirá los embates del codicioso Trump, cuyas apetencias autoritarias son evidentes.
Acaba de publicarse un perspicaz ensayo que discute cómo es que Trump podría ir consolidando un estado autoritario en EE.UU., como ha venido sucediendo en países tan disímbolos como la Hungría de Orbán, la Venezuela de Chávez/Maduro y la Turquía de Erdogán, entre otros casos de democracias pervertidas por populistas autócratas.
Primero, está la tendencia a “normalizar” a Trump por parte de sus correligionarios en el partido Republicano, a pesar que él no es ciertamente uno de ellos y tomó al partido como el vehículo para acceder a la Presidencia, como Fox lo hizo con el PAN.
Ello se debe a que en menos de dos años habrá elecciones en las que se enfrentarán a los votantes la totalidad de los diputados y la tercera parte del Senado, y los más fanáticos seguidores de Trump tienen un peso desmedido en las elecciones primarias para elegir candidatos, por lo que criticar al líder es veneno puro.
Los legisladores Republicanos quieren usar a Trump para pasar la agenda legislativa que se quedó atorada durante ocho años por los reiterados vetos de Obama, pero la otra cara de esa moneda es su aquiescencia y silencio ante los caprichos del Ejecutivo con los que están en desacuerdo, como construir el muro y cancelar el TLC.
Además, la Presidencia de EE.UU. tiene enorme poder lo que hace vulnerable al sistema y que hasta ahora, con pocas excepciones en su historia, ha dependido de la prudencia de quien ocupe el cargo. Tal virtud estuvo ausente al invadir Afganistán e Irak y en las numerosas órdenes ejecutivas de Obama, pero Trump se cuece aparte.
Representa una reto al sistema mucho más radical: alguien que probablemente deba su triunfo electoral a la intromisión clandestina de Rusia; que no deja de usar la plataforma presidencial para ataques personales; que crea fideicomisos “ciegos” que todos ven, para “separar” sus intereses personales de los públicos; e incluye a su familia, “el orgullo de su nepotismo”, a participar activamente en el gobierno.
Después de todo, como afirmó James Lowell, fundador de la revista The Atlantic en 1888 cuando cuestionó la ingenua suposición que la Constitución era una “maquinaria que marcharía por sí sola”, cuando escribió que “lo de los pesos y contrapesos (en la Constitución) es sólo una metáfora no una maquinaria (infalible)”.
Con la extrema polarización política que es tangible en EE.UU., la mayoría en el Congreso sólo actúa como freno ante Presidentes de la oposición, pero no con sus correligionarios, como ocurrió con George W. Bush y Obama cuando tuvieron mayoría en ambas cámaras del Congreso. Pero en el caso de Trump su agenda y forma de actuar exigen una sumisión total a su mando personal.
En tales circunstancias, cabe preguntase si resistirá el régimen o si volará el sistema de pesos y contrapesos, pavimentando el arribo del autoritarismo autocrático en EE.UU.

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