Saturday, January 7, 2017

NO SOLO DE PAN VIVE EL HOMBRE



REFLEXIONES LIBERTARIAS
Ricardo Valenzuela 
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 “No por la benevolencia del carnicero, del panadero o del lechero es que tengo la cena sobre mi mesa. Sino por su deseo de obtener una ganancia y motivados por esa ambición, sin proponérselo, guiados por esa mano invisible contribuyen al beneficio de la comunidad.” Es esta la cita más poderosa de la magna obra de Adam Smith, “La Riqueza De Las Naciones.” Sin embargo, ahí brota la fuente de los enfrentamientos de religiones con el liberalismo cuando siempre han considerado la ambición uno de los pecados capitales, el egoísmo diabólico y altruismo el pase al paraíso.


Como es natural en análisis económicos, cuando comparamos a México con su “abusivo” vecino, surge como primer punto de la orden señalar el que, aunque parezca increíble, la economía de nuestro país representa solamente el 5% de la de EU. Sin embargo, este argumento lejos de ser motivo de reflexión, de aliciente o preocupación, por el contrario, de inmediato se toma como un insulto y las respuestas son tan similares que se pueden adivinar y, llegan como la que cito de uno de mis lectores:

“Habría que diferenciar entre los ciudadanos trabajadores, es decir el norteamericano promedio que sufre y se esfuerza por sacar a su familia adelante con responsabilidad y, a los poderosos dueños del capital cuya única bandera que reconocen es el billete verde y a los cuales no les importa si mueren niños jóvenes o ancianos con tal de que su producto se venda y además, no importa que país o nación se tiene que sacrificar con tal de que sus ganancias se eleven para mantener sus cotos de poder.”

Ricardo Medina Macias, en su excelente columna Ideas al Vuelo escribe: “La semana pasada hubo una reunión de teólogos en Guadalajara. En algún diario se publicó que ahí el presidente del Consejo Pontificio Pastoral de la salud, el cardenal Javier Lozano, dijo que la globalización se está haciendo solamente económica y por lo tanto es una globalización idolátrica.” Y cierra preguntando. “¿Qué pasa con los teólogos y obispos católicos? ¿Dónde extraviaron la brújula?” Yo le agregaría ¿Donde la extraviamos todos los mexicanos?

Desde el reinado de Paulo VI la semilla colectivista de la iglesia católica germinaba con su encíclica; “Populorum Progressio” en la cual, la iglesia finalmente se definía afirmando: “Es desafortunado que las nuevas condiciones de la sociedad se hayan diseñado sobre un sistema que considera las ganancias como el motor clave para el progreso económico, competencia como la suprema ley de la economía, y la propiedad privada de los medios de producción, como un derecho absoluto sin responsabilidad social.”

Pero el mexicano tiene su propia religión. Es heterogénea y modificable. No tiene incomodidades y carece de ayunos, sacrificios, remordimientos. No existen ritos que requieran de su presencia, siempre atareado con las causas nacionales. Cuando peca, existe la confesión que todo lo lava, si fue demasiado lejos, tiene el infalible recurso de las indulgencias y es el gran especialista en la paja en el ojo ajeno como instrumento de su penitencia.

Anuncia su alma le pertenece a Dios y a la santa iglesia. Desde su pecho hasta el carro está tapizado de siglas. Su tiempo pertenece al Club de la Vela. Y durante la única hora que trabaja robándosela a la oración, gana para vivir el resto del año y le da gracias a Dios por esas bendiciones gubernamentales. Finge no ver las viudas, huérfanos e ignorantes que después de su hora de trabajo, son crucificados en donde acompañan a quien abandonaron en el Gólgota. 

Parte de esa religión es el odiar al gringo. Le critica lo que roba al mundo, pero olvida lo sustraído a él que empezó siendo territorio, geografía; y ahora es también voluntad, esfuerzo, capacidad para ser grande. Si sube el precio del petróleo, ellos tienen la culpa. Si no llueve en verano, ellos son culpables. Si el gobierno estimula la agitación es consigna de los gringos. Si la primavera es corta y el invierno más crudo: los gringos están atrás de estos sucesos.

De todo lo cruel resultan culpables en la mentalidad del mexicano enano de Monroy, empequeñecido por odios que fundamenta en la historia y que no está dispuesto a olvidar. Vigilante eterno de todos los errores y deficiencias de su vecino; porque no tiene fuerzas para admitir la autentica grandeza de ese pueblo. Por estarlo vigilando, no repara que tiene desolado su territorio y sin animo el corazón de su gente. Pero para él no existe tal, porque en la encogida retina de sus ojos, sólo los errores del vecino están presentes. Por ello no capta la grandeza indiscutible.

A ese mexicano le molestan las ciudades limpias de EU, su alto nivel de vida, sus adelantos tecnológicos, y para todo ello tiene una explicación: “No es una sociedad ordenada sino neurótica, no son ricos sino explotadores cuyo único Dios es el oro del mundo, no son creativos sino ladrones de cerebros, son ricos pero ignorantes, y sobre todo, a pesar de sus riquezas son una sociedad en decadencia moral.”

He ahí el gran dilema. Nuestra cultura dicta que las ganancias son bandera del materialismo y corrompen al espíritu. Pero por otro lado, son elemento esencial en la eficiencia económica de las sociedades y sus niveles de vida. Pero la iglesia católica llegó a condenar como grave pecado cualquier tipo de ganancia (turpe lucrum). Entonces, para el mexicano esa maquina de crear riqueza inventada por el liberalismo de Jefferson, es despreciable puesto que la pobreza es una bendición, pero constantemente busca esa pecaminosa riqueza, sin crearla, a través del esquema de rentas garantizadas por el estado.

No entiende el secreto lo que Aristóteles llamaba “el espíritu que alienta nuestras leyes.” En todos los países desarrollados del mundo la energía competitiva y combativa de su gente, su deseo de ganar, incluso su codicia y ambición, se canalizan a través de un régimen jurídico íntegro y eficiente que, marca caminos para que la libre creatividad del individuo se desarrolle sin “daños impunes” a sus semejantes, en provecho de él mismo y la sociedad. La ley para el mundo civilizado no es mas que la fuerza común organizada para actuar como obstáculo a la injusticia, entonces, la ley es justicia.

Mientras los mexicanos no revisemos los conceptos originales de altruismo y egoísmo pensando que cualquier acción en beneficio de otros, es el bien, y acciones para nuestro beneficio son diabólicas, tendremos solo “prospectos de repartidores” y no creadores de riqueza. Cuando podamos distinguir a los verdaderos empresarios de los depredadores—y una señal es que en México a los contados empresarios los discriminan los rentistas— habremos encontrado el camino. No solo de pan vive el hombre, pero sin él, no hay doctrina que lo mantenga vivo para recibir el almacén de valores.



Aclaración: Soy católico pero libertario.

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