Wednesday, January 18, 2017

Libre Comercio, Medio Libre (Segunda parte)



REFLEXIONES LIBERTARIAS
Ricardo Valenzuela
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Mientras que los defensores del verdadero libre comercio observan  los mercados y al comercio, doméstico o internacional, desde el punto de vista del consumidor, el mercantilista lo observa desde el punto de vista de la élite de poder, las grandes empresas en alianza con el gobierno. Los partidarios del libre comercio genuino, consideran las exportaciones como medios para pagar por importaciones. Pero los mercantilistas quieren privilegiar a la elite de gobernantes y empresas a costa de los consumidores, domésticos o extranjeros. Para dejarlo claro; El mercado libre y el libre comercio, no son pro empresarios, pro trabajadores, pro gobierno, son única y exclusivamente pro consumidores, si no es así, no es libre.


Murray Rothbard se oponía al TLC y demostró que lo que los orwellianos estaban llamando acuerdo de “libre comercio”, en realidad era un medio para incrementar el control estatal sobre las economías, sin lucir tan mal ante los ciudadanos que no se dan cuenta de la trampa que les están tendiendo. Hay muchas señales que nos llevan a la conclusión de que, las políticas proteccionistas a menudo se esconden en la trastienda de acuerdos de libre comercio, pues, como decía el mismo Rothbard hasta el cansancio, “el genuino libre comercio no requiere un tratado, y si es necesario, debe ser unilateral”.

No hay necesidad de tratados ya que lo que tratan de armonizar, se puede armonizar por sí mismo. Esta era la doctrina de J.B. Say y de toda la escuela económica francesa hasta Michel Chevalier. Es el modelo exacto que León Say adoptó en Francia en esos momentos de la historia. Era la doctrina de la escuela económica inglesa hasta Cobden. Cobden, al asumir la responsabilidad del tratado de 1860 entre Francia e Inglaterra, se acercó más a la recuperación de la odiosa política de los tratados de reciprocidad, y coqueteó al olvidar la doctrina de la economía política de la cual, en la primera parte de su vida, había sido un defensor intransigente.

El libre comercio no requiere cooperación interestatal. Por el contrario, el libre comercio, para que funcione, puede y tiene que ser realizado unilateralmente. Igual que la libertad de expresión no necesita cooperación internacional, la libertad de comercio con los extranjeros, no necesita gobiernos ni tratados.

Art Laffer en alguna ocasión explicaba lo que debería ser libre comercio: “Imaginemos que en EU se inventa un medicamento para curar el cáncer. Al mismo tiempo en Japón se inventa una vacuna para prevenir ataques al corazón. Los japoneses inician la venta de su vacuna en EU, y desaparecen los ataques al corazón. Pero cuando nosotros tratamos de vender en Japón nuestro invento para curar el cáncer, el gobierno no lo permite. ¿Qué vamos hacer? ¿Desquitarnos prohibiendo ellos nos vendan su vacuna en EU? Por supuesto que no. Si ellos quieren seguir muriendo de cáncer, su problema. Nosotros no queremos seguir muriendo del corazón”. 

Quien crea en el libre comercio no teme el unilateralismo. El obtuso hecho de que burócratas y políticos no conciban la economía internacional, fuera de un marco legal establecido por acuerdos intergubernamentales, basta para entender la desconfianza que expresan hacia la libertad individual. Esto refuerza la convicción de que estos acuerdos están motivados por las preocupaciones mercantilistas, en lugar de los genuinos objetivos de libre comercio.

En 1859, el economista liberal francés, Michel Chevalier, se reunió con Richard Cobden (padre del libre comercio internacional) para negociar un tratado de libre comercio entre Francia e Inglaterra. Es verdad que este tratado, aprobado en 1860, fue un éxito temporal para los amantes de la libertad. Sin embargo, lo que muy poca gente sabe es que, al principio, Cobden, de acuerdo con la doctrina de libertad, rechazó considerar, negociar o firmar ningún tratado. Su argumento era que el libre comercio debería ser unilateral, que no consiste en tratados, sino en completa y total libertad en el comercio internacional, independientemente de de dónde proceden los productos. Pero ya coqueteaba con la idea de reciprocidad.

Chevalier finalmente tuvo éxito en conseguir el apoyo de Cobden. Pero Cobden expresaba una profunda confusión por el completo secreto que rodeaba las negociaciones y, en una carta a Lord Palmerston, atribuía este secreto a la “falta de coraje” del gobierno francés. Hoy día persiste esa la falta de transparencia con respecto a las negociaciones de libre comercio, lo que provoca una ignorancia peligrosa de sus contenidos, para luego sorprendernos con sus resultados los cuales, algunos no son lo que pensábamos.

En negociaciones con Japón y China, por ejemplo, el que hayan sido conducidas por Reagan o Bush o Clinton, o Bush II, Obama, el objetivo ha sido siempre forzar a esos países a comprar más productos americanos a cambio de lo que el gobierno estadounidense, gentilmente, pero de mala gana, permitiera a los japoneses y chinos vender sus productos a los consumidores americanos. Las importaciones son el precio que los gobiernos pagan para que otras naciones acepten las suyas. Pero además, como afirmaba Adam Smith, la única razón de un país para exportar, es tener las divisas para poder importar.

Otra característica crucial de la política comercial del establishment, fue establecer fuertes subsidios a las exportaciones en nombre del “libre comercio”. Uno de los métodos favoritos para subsidiar, ha sido el popular sistema de ayuda a países extranjeros el cual, bajo el popular disfraz de reconstruir Europa, detener al comunismo, o esparcir la democracia, el proceso se convierte en un fraude mediante el cual se obliga a los contribuyentes a subsidiar a las empresas exportadoras, y a los gobiernos extranjeros que apoyan este sistema. El TLC siempre ha representado la continuación de éste sistema, enlistando al gobierno de los Estados Unidos y sus contribuyentes en ésta causa.

El TLC, fue establecido solamente como un tratado de comercio entre grandes empresas. Es parte de una muy larga campaña para integrar y cartelizar al gobierno, buscando fortalecer la economía mixta intervencionista que ya existe. En Europa, la campaña que culminó en el Tratado de Maastricht, fue la estrategia para imponer una moneda común, un poderoso banco central europeo, y forzar a sus economías, relativamente libres, para avanzar hacia los descarados estadios regulatorios y asistencialistas. Y en estos momentos está a punto de desintegrarse.

Como señalaba Vilfredo Pareto: “Desde el punto de vista del proteccionista, los tratados de comercio son lo más importante para el futuro económico de un país. Pero cada vez que se aprueba uno nuevo, lo que emerge a simple vista, si es la atenuación de las barreras arancelarias, pero lo que no se ve es la agresiva proliferación y armonización de barreras no arancelarias, que impiden la libre empresa y crean monopolios a escala internacional a costa del consumidor. Es la hora del verdadero libre comercio”.

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