Thursday, January 19, 2017

La importancia política de Murray Rothbard

 
Una selección de Man, Economy, and Liberty: Essays in Honor of Murray N. Rothbard, de 1988, editado por Walter Block y Llewellyn Rockwell.
Sería difícil exagerar la influencia del profesor Murray Rothbard en el movimiento en pro de la libertad y de los mercados libres. Es el gigante viviente de la economía austriaca y ha liderado el ahora formidable movimiento desde la muerte de su gran maestro, Ludwig von Mises, en 1971. Todos estamos en deuda con él por el vínculo viviente que nos ha provisto con Mises, sobre cuyo trabajo ha construido y lo ha expandido.
Pero hay muchos que son menos conscientes de la influencia política de Rothbard. Algunos dirían que, mientras que es sin lugar a dudas un excelente economista, sus esfuerzos políticos han sido menos que exitosos.



Yo no estoy de acuerdo. Rothbard es el fundador del movimiento libertario moderno y del Partido Libertario, el cual es su encarnación política, y ha, por lo tanto, construido el fundamento necesario para la libertad, inspirando el movimiento de tercer partido más importante jamás. En mi propio trabajo político, he estado profundamente influenciado por los trabajos lúcidos y brillantes de Rothbard.
En su primer intercambio postal conmigo después de que yo fuera electo, Rothbard expresaba su sorpresa y su deleite de encontrar un congresista de verdad que hubiera escrito que “los impuestos son un robo”, y que haya citado favorablemente su artículo “Gold vs. Fluctuating Exchange Rates”. Yo, por supuesto, me sentía emocionado de escuchar acerca de alguien cuyos trabajos yo había estudiado y admirado por tantos años.
El aura que tradicionalmente ha rodeado la política norteamericana en este siglo se ha convertido en sospecha durante la última década. Los escándalos de Watergate (y, esperemos, en Contragate iraní también) convenció al público, por un tiempo, de que es ingenuo confiar en cualquier político de la corriente principal. Rothbard se sentía complacido por ese evento, y había dicho en 1979 que “es Watergate lo que nos da la esperanza más grande de la victoria de corto plazo de la libertad en EE. UU. Porque Watergate, como los políticos han estado advirtiéndonos desde entonces, destruyó la ‘fe del público en el gobierno’— y ya era hora, también”.
Rothbard se regocija diciendo: “el gobierno mismo se ha visto en gran medida desacralizada en EE. UU. Nadie confía ya en los políticos o en los gobiernos; cualquier gobierno es visto con hostilidad sin cesar, volviendo así al sano estado de desconfianza en el gobierno que marcó al público y a los revolucionarios norteamericanos del siglo XVIII.” Por el bien de la libertad, esperemos que esta hostilidad no sea solo una etapa transitoria.
La mayoría comprende que lo que un político diga durante su campaña es rara vez compatible con su desempeño. Aun así, este general — y sano — cinismo no se traduce en un entendimiento público claro de las mentiras del político promedio.
Es increíble cómo puede un político mantener una imagen mientras que los hechos claramente apuntan en la dirección contraria. Muchos ven todavía al presidente Reagan como un reductor del presupuesto al mismo tiempo que él propuso uno de los mayores déficits presupuestarios de nuestra historia.
Mientras que sea tal vez entendible que el público se mantenga ingenuo sobre las realidades de la política, dada la conspiración de los medios del Establishment en esconder la verdad, la tendencia del académico en pasar por alto los hechos y en dar una imagen falsa de los hechos es absolutamente imperdonable. Los académicos tienden a aferrarse a viejas interpretaciones o, peor aún, a viejos ideales estatistas que empañan su visión de la realidad. Y cuando se reta a la ortodoxia histórica prevaleciente, aquellos que tienen un interés en mantener mitos intentan silenciar a sus oponentes. Solo un ejemplo de sus trabajos es el análisis revisionista de Murray Rothbard sobre los años previos a la Depresión de Herbert Hoover. Cuando Rothbard preparó la presentación de la historia de Hoover, considerar contra lo que se enfrentaba. Los republicanos, que en su mayoría se oponían al New Deal de Roosevelt, echaban la culpa del enorme crecimiento del gobierno que ocurrió durante esos años a los demócratas. Por el contrario, los demócratas, quienes se sentían orgullosos del New Deal, se vanagloriaban de él. Por lo tanto, a los republicanos se les enseña que “el único problema de Hoover era que no tenía un congreso republicano”, y a los demócratas se les enseña que el gobierno debería resolver cualquier crisis que “el darwinismo social de los mercados libre inevitablemente causan”, tal como hizo Roosevelt. Y los intelectuales son tan evidentemente testarudos para aceptar nuevas interpretaciones históricas, especialmente si la versión revisionista favorece los mercados libres por encima de la planificación gubernamental.
Es un trabajo difícil el cambio interpretaciones históricas—no importa cuán falsas—que se han solidificado por generaciones en las mentes de partisanos protectores del estado. Sin embargo, Rothbard anunció en 1963: “Herbert Clark Hoover debe ser considerado el fundador del New Deal en EE. UU.” Y de hecho “Franklin D. Roosevelt, en gran parte, solamente elaboró las políticas establecidas por su predecesor”.
El análisis de Rothbard es brillante y exhaustivo. Él se dispuso a probar su postura y lo hizo sin lugar a dudas. Hoover era un intervencionista. Él estaba comprometido filosóficamente a usar la maquinaria coactiva del gobierno para lograr el pleno empleo, asegurar la sobrevivencia e influencia de los sindicatos laborales, para manipular el nivel de precio para beneficio de los granjeros, mantener los niveles de salarios y deportar inmigrantes, prevenir quiebras y, sobre todo, inflar la oferta de dinero. Hoover lo hizo por encima de los “liquidacionistas en pro de los finales amargos”, quienes enseñaban que la Depresión representaba la corrección necesaria de las malas inversiones de la década anterior.
Y, de hecho, contra todas las probabilidades, Rothbard ha hecho incursiones en cambiar el modo en que la historia trata a Hoover. El eminente historiador británico, Paul Johnson, quien llegó a ser el favorito del movimiento conservador con su estudio masivo de la historia de la cristiandad y su estudio de la historia del mundo en el siglo veinte, Modern Times, se vio influenciado directamente por la reconstrucción que Rothbard hizo de Hoover. En Modern Times, Johnson llama a las políticas fiscales y monetarias de Hoover como “keynesianismo vulgar”, un punto que Rothbard había desarrollado con anterioridad.
Idols for Destruction, un trabajo académico de Herbert Schlossberg que ahora ha dado mucho de qué hablar en círculos conservadores y evangélicos, da eco de manera entusiasta la revisión histórica que Rothbard hace de Hoover. “Hebert Hoover, a quien sorprendentemente se hace referencia, incluso por historiadores, como partidario del laissez-faire, dio su apoyo enérgicamente… a un estado central poderoso, que coordinara los esfuerzos de los negocios”.
El New Deal no tenía nada de nuevo, después de todo. Se gestó en la década anterior al ascenso de Roosevelt al poder. El análisis de Rothbard, directa e indirectamente, ha llevado a muchos ser más objetivos al analizar políticas partidistas, ahora y en el pasado.
Años antes de siquiera pensar en postularme al Congreso, me encontré con America’s Great Depression de Rothbard. Antes de leerlo, mi pensamiento se veía empañado por la tentación de dividir estas cuestiones e ideas en términos partidistas. Rothbard lo corrigió. America’s Great Depression fue un libro clave en mi conversión al pensamiento libertario del libre mercado puro. La confianza que he adquirido con la munición suministrada por Rothbard me animó a entrar a la política, ya que necesitaba la tranquilidad de que mi lealtad intuitiva a la libertad fuera compartida por los grandes pensadores. Rothbard me enseñó a mantener siempre la distinción en mi mente entre la actividad pacífica del mercado y la coerción estatal. Sirvió como una guía constante una vez que estaba en el cargo. Quería ver los escritos brillantes de teóricos como Rothbard traducidos a la acción política práctica. Para mi sorpresa, había un fuerte apoyo para estos puntos de vista, y me eligieron para cuatro periodos. Incluso una persona familiarizada con solo una pequeña parte de la vasta obra que Rothbard ha producido durante su carrera conoce su actitud hacia la política. Como Mises, que él llama el Estado el “aparato social de opresión violenta.”
¿Cómo minimizar el rol del estado? Para traer cambio radical y permanente a cualquier sociedad, nuestro foco principal debe ser la conversión de las mentes a través de la educación. Esta es la tarea a la que Rothbard ha dedicado su vida. Por eso es que ha sido en tantas ocasiones un participante tan entusiasta en funciones educativas que he tenido para pasantes, personal y miembros del congreso. Después de hablar en un seminario que tuve, le expresé mi deleite por la amplia participación, diciéndole que “mostraba el grado en que nuestras ideas han permeado la política y la opinión pública, mucho más de lo que esperaba o creía”.
Pero, porque Rothbard ves la educación como el vehículo primario del cambio, eso no quiere decir, por supuesto, que se oponga a involucrarse directamente en la acción política para lograr una sociedad libertaria. Como dijo, “como el estado no se quitará generosamente poder, son necesarios otros medios además de la educación, medios de presión deberán usarse”.
Es por eso que le pedí que me ayudara cuando fui nominado para la U.S. Gold Commission, y Rothbard produjo material brillante sobre la historia monetaria de EE. UU. en el siglo XIX, especialmente relacionada con el oro y los peligros de la banca central. Son asuntos en los que Rothbard ha rechazado ceder, a pesar de la enorme presión desde dentro y desde fuera del movimiento. A la fecha, permanece como el teorista monetario y como el consistente crítico de la inflación y del dinero fiduciario más persuasivo. Cuando se restablezca el oro en un lugar central de nuestro sistema monetario, le deberemos una deuda gigantesca al trabajo de Rothbard.
De hecho, el trabajo de Rothbard con la Gold Commission nos ha ayudado a estar en el camino de un estándar de monedas de oro, porque de la Gold Commission salió el apoyo a mi legislación para acuñar la moneda del águila dorada de EE. UU. Y su apoyo y aliento me ayudaron para cambiar mi forma de pensar con respecto a postularme a la presidencia de los EE. UU. por el partido libertario.
En múltiples formas, el trabajo de Rothbard nos ha otorgado, no solo a mí sino a todos, de las municiones que necesitamos para pelear por el sueño estadounidense de libertad y prosperidad para toda la humanidad.

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